Julio César Bernal se salvó el martes sobre el mediodía de un casi seguro linchamiento por una culpa que no era suya, gracias a que todos los cuerpos de la Policía de Zipaquirá ingresaron al local que él cuidaba y dispararon decenas de balas de gases lacrimógenos. En medio de la confusión, Bernal pudo escapar de su “prisión”, escoltado por los agentes, quienes lo guardaron en un camión antimotines en menos de 20 segundos.
Por algo más de 24 horas, el sobrino de doña Olga Lucía Bernal Parra, la máxima deudora del pueblo, había sido secuestrado en su propio reducto por cientos de furibundos ahorradores que se arremolinaron en el lugar, ubicado en el barrio de Villa Rosario, desde antes de las cuatro de la mañana del jueves, llevando consigo la lejana esperanza de que ese día les pagarían lo que habían invertido.
Sin embargo, las horas fueron pasando. Doña Olga no apareció, muy a pesar de que había mandado colgar un letrero en la puerta de su negocio en el que aclaraba que pagaría todas sus deudas a partir del 15 de septiembre, y de que le había prometido al comandante de la Policía, coronel Carlos Alberto Zapata, que estaría en el lugar indicado a las ocho de la mañana. Sus deudas eran de miles de millones de pesos, captados a través de más de 40 mil ahorradores de todo Cundinamarca, que le consignaban dinero a cambio de altísimas utilidades.
Como decía ayer uno de los afectados: “Uno le consignaba un millón de pesos, por ejemplo, y ella a través de su firma HR le devolvía en un mes un millón cien mil. Es decir que en seis meses, ella nos duplicaba nuestra platica”. El negocio de doña Olga comenzó 12 años atrás. Su mayor socio era Hernán Rojas, su marido. No obstante, según los rumores del pueblo, un día de octubre del año pasado Rojas se pegó un tiro en la sien. Según unos, porque el negocio del dinero que multiplicaba con tanta facilidad en el exterior se le había derrumbado. Según otros, por cuestiones de amores e infidelidades.
La muerte de Rojas obligó a su esposa a asumir la empresa, que se vino a pique a principios de este año, porque era él quien manejaba las finanzas. Dicen los estafados del pueblo, que a comienzos de este año doña Olga pagó parte de sus deudas con algunos de los personajes más influyentes de la región, como el Alcalde, algunos investigadores, unos cuantos latifundistas y los policías. A los demás, la gente del común, los fue “paladeando”. “Sí, nadie niega que es una señora de bien, muy bonita y elegante, que nunca nos alzó la voz, pero tampoco podemos engañarnos: nos dio largas y largas y nos timó”, comentaba ayer, en medio de los gritos del pueblo iracundo y de las amenazas, uno de sus clientes.
La última muestra del “paladeo” al que se refería uno de los estafados fue una conversación que sostuvo la señora Bernal con el coronel Zapata, según la cual prometió que hablaría con 10 líderes de la revuelta y les resolvería la situación. “¿Cuáles 10?”, “¿Y los demás qué?”, gritaron unos cuando supieron de la promesa. Fue entonces cuando la voz comenzó a circular y apareció la fuerza antimotines, y los agentes se llevaron a Julio César Bernal.
La turba, enfurecida, entró al local con la intención de arrasarlo todo, de reducirlo todo a escombros. Se abrieron paso con piedras y ladrillos, en medio de los gritos que clamaban justicia. En medio de la algarabía, el pueblo, iracundo, se encontró con los libros contables de la señora Bernal, en donde había cuentas individuales por pagar superiores a 400 millones de pesos.