Son todo un cúmulo de desechos que bombardean el cauce desde diversos frentes: el mal olor comienza en Villapinzón y Chocontá, muy cerca de donde nace el río y donde los químicos —cromo y mercurio, principalmente— bajan con la corriente como si fueran un ingrediente más del agua. A ellos se suman las aguas negras de cerca de ocho millones de habitantes que viven en su cuenca y los desperdicios materiales de las industrias que la rodean.
Los puntos que conducen toda esa descarga contaminante hacia las aguas ya fueron identificados. En total hay 3.086 vertimientos a lo largo y ancho del río, de los cuales sólo 39 cuentan con el permiso de las autoridades ambientales. El resto emana porquería sin siquiera tratar de paliarla con tratamientos previos. Por eso, y a manera de proyecto estratégico para regular el desenfreno, la CAR lanzó ayer una nueva estrategia para tratar de devolver al cauce un poco de pulcritud.
Con el lema “Démosle al río Bogotá lo que es del río” se dividió la cuenca en siete tramos. En cada uno se establecerán, entre el 18 de junio y el 7 de julio próximos, mesas de trabajo en las que se reunirán las autoridades ambientales con representantes de las industrias y los gobernantes locales.
La intención de estos concilios a pequeña escala es la de lograr una concertación entre las partes para confeccionar alternativas, a mediano y largo plazos, de tratamiento de los desechos, así como tributos, multas y límites en la cantidad de vertimientos. “De los 3.089 puntos que identificamos, aspiramos en una primera etapa entrar a disminuir la contaminación de los 650 que mayor cantidad de desechos producen, para que de aquí a cinco años reducir en 120 toneladas las descargas diarias que llegan al río”, explicó el ingeniero José Miguel Rincón, subdirector de desarrollo ambiental sostenible de la CAR. El proyecto fue formulado para los 30 años venideros con un presupuesto de $7,3 billones.