La primera vez que Clara Eugenia López Obregón se encontró de frente con la fuerza de la Policía tenía 18 años. La década del 60 era casi anciana y en buena parte del mundo los jóvenes, como movidos por una fuerza especial y mágica, ejercían su derecho a protestar. Prohibido prohibir, la utopía. Cualquier día le avisaron que se había armado un ‘boroló’ en el edificio administrativo de la universidad, en pleno centro de un gran patio con puertas. Cuando entró a curiosear, el movimiento estudiantil anunció que se tomaba el lugar y no dejó salir a nadie. Cuando se atrevió a hablar con ellos para averiguar las razones, entró la autoridad. Y ahí conoció la violencia.
Entonces se vestía con jeans, calzaba zapatos planos y usaba peinetas en el cabello largo y castaño. Comenzaba sus estudios de Economía en la Universidad de Harvard —Cambridge, Massachusetts, Estados Unidos— y las acciones más revolucionarias que conocía eran las de su madre, Cecilia, ecologista, quien silenciosamente dedicó su vida al servicio social y a la defensa de los árboles en Bogotá.
Nacida y criada en una familia poderosa y rica, de esas que algunos llaman “de bien”, en la que la vocación política y de debate permanente eran una marca de nacimiento, el destino se encontraba en los clubes y en las gerencias, en los viajes y en los buenos matrimonios, en saber tomar cortés distancia y en lo políticamente correcto. El único que celebraba sus chiquilladas y sus impertinencias era el tío Alfonso, que, como el abuelo, también llamado Alfonso, fue presidente de la República.
Pero eran los maravillosos 60 y los estudiantes querían cambiar el mundo y en la casa le habían enseñado a ser libre, a tomar sus propias decisiones. Incluso, ya lo sabían en la universidad, sus directores, a quienes les escribió en un ensayo sobre cómo percibía su futuro, que su disposición en la vida era la de servir a la gente, a la gente de su país, aunque primero se la jugara en Harvard.
Se vinculó al movimiento estudiantil y sumó su voz a la de quienes exigían que se retirara de la universidad el programa de entrenamiento de militares para la guerra de Vietnam. Se sumergió en la corriente estadounidense contra el racismo. No sólo entre negros y blancos, sino también entre hombres y mujeres. Suscribió el manifiesto contra las inversiones de Harvard en la Sudáfrica del Apartheid. Descubrió a Nelson Mandela. Y también reclamó su libertad. Clara López tuvo su mayo del 68.
Y cuando volvió a Colombia siguió siendo una idiota rematada, según la frase atribuida al escritor René Avilés Fabila, quien dijo que quien a los 20 años no es comunista es un idiota, pero quien a los 30 sigue siéndolo es un idiota rematado. Una idiota rematada, una comunista, que es como ella dice que llaman en Colombia a todo aquel que muestra inconformidad con las divisiones sociales, se atreve a proponer una lucha por la igualdad o cree que la tierra tiene que ser para el que la trabaje.
Ya había muerto el padre, Álvaro López Holguín, reconocido maestro masón que le cambió las órdenes paternas por diálogo y discusión, cuando se sumó activamente a la campaña presidencial del tío y padrino de bautizo Alfonso, Alfonso López Michelsen, o el doctor López, como ella le llamaba, quien la instruyó en ideas liberales, le habló del país y también le enseñó que existía una música llamada vallenato.
— ¿Qué tanto hay de él en usted?
— Muchísimo. Todos los López han sido rebeldes, es tradición familiar. Fue mi segundo padre, siempre me dio un cariño y una mano amiga y sin eso no estaría donde estoy.
Fue secretaria económica de la presidencia de López Michelsen, el recordado Lucas Caballero Calderón (Klim) la llamó en sus columnas “la sobrinita pálida” y apenas terminó el Gobierno siguió su tradición de desobediente al pasarse a las filas del Nuevo Liberalismo, la disidencia que lideró el inmolado Luis Carlos Galán en donde nadie quería a Alfonso López Michelsen. Y cuando Galán (año 86) dejó en libertad a sus copartidarios para votar en las presidenciales, y el grueso del liberalismo se fue con Virgilio Barco Vargas, ella tomó maletas junto con una minoría rumbo a la Unión Patriótica (UP), que bajo la sombra de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) se la jugaba con el asesinado Jaime Pardo Leal.
Y en la perseguida UP conoció a su esposo de toda la vida. Un concejal de Bogotá nacido en Santa Marta, pobre, negro y comunista, con quien se vio obligada a exiliarse en Venezuela debido a amenazas. Cualquier día de regreso, su primo Juan Manuel López la sorprendió con la pregunta que seguramente se venía escuchando en más de un club social:
— Oye, ¿tú eres comunista?
Entre Beethoven y los Zuleta
Es posible que el mayor acto de rebeldía en la vida de Clara López Obregón haya sido su matrimonio con el abogado samario Carlos Romero. Nacido en el populoso y caliente barrio Pescaíto de Santa Marta (el mismo en el que se crió el futbolista Carlos El Pibe Valderrama), bachiller del Liceo Celedón (el mismo en el que estudió el maestro vallenato Rafael Escalona) y dueño de una pequeña tienda llamada Para ti, que en su juventud proveyó buena parte del sustento de la familia, el hombre llegó a la vida de la mujer cuando ambos eran concejales de Bogotá —él por la UP, ella por el Nuevo Liberalismo—, hace 28 años.
En un acto de deliberada cursilería, uno podría decir que su historia no tiene nada que envidiarle a cualquier novela mexicana vieja, en la que una rica y un pobre se unen para ser felices para siempre.
Ella vivía en el norte (carrera 1ª con calle 84) y él en el tradicional barrio Palermo. Ella venía de Harvard. Él terminó Derecho en la Universidad Libre. Ella se acababa de separar de su primer esposo y él ya contaba cuatro hijos con su primera mujer. Ella lo invitó a almorzar cualquier tarde en el Jockey Club. Él terminó pagando la cuenta en el restaurante del Hotel Continental, porque ella había olvidado su tarjeta de crédito. Él se declara “vallenatomaniaco” y ella oye música clásica. Juntos descubrieron, sin embargo, que “los bajos de Beethoven se parecen a los bajos del vallenato”.
27 años de matrimonio después, sin hijos, con un perro y dos gatos, ella tararea La gota fría, de autoría del viejo Emiliano Zuleta.
Ella dice que el matrimonio fue recibido entre su gente “con una frialdad social impresionante”. Él dice que la familia de su esposa “no expresaba afinidad conmigo”. Ninguno de los dos menciona a las tías encopetadas que rechazaban su unión entre comentarios en voz baja y risitas disimuladas.
— ¿Cuánto tiempo tardaron para superar aquello?
— Mucho, pero hoy las tías le dicen que ella es de las mejores casadas de la familia.
La nueva alcaldesa
Están las listas, y si de hacer la de los cargos de Clara López se trata tendríamos que decir, primero que todo, que es larga: contralora de Bogotá, concejal, auditora general de la República, asesora de la Presidencia, de dos ministerios, secretaria de Gobierno, presidenta del Polo Democrático (donde lidera junto con su esposo la vertiente llamada ‘El Polo que suma’) y ahora alcaldesa encargada de la capital. Ya había aspirado a ese cargo en 1988 con el Nuevo Liberalismo.
También quiso ser vicepresidenta con el candidato Gustavo Petro. Aunque reconoce que está “académicamente bien preparada”, él dice que el papel de Clara López en la fase contemporánea de la izquierda “fue negativo por su adhesión a algo que no se podía defender”.
Petro se refiere, por supuesto, al apoyo que desde la presidencia del Polo la mujer dio al suspendido alcalde Samuel Moreno, investigado en medio de un escándalo que el periodismo bautizó como el cartel de la contratación en el Distrito.
Ella siempre se ha defendido diciendo que los partidos políticos no son autoridad investigadora y, en su apoyo, el líder de la izquierda, Carlos Gaviria, asegura que Clara López “es una mujer valiente y coherente, que no siente temor ni vergüenza de decir que es de izquierda y del Polo”.
Una desobediente de 62 años que, lejos de Harvard, tendrá que enfrentarse a un nuevo ‘boroló’: el ‘boroló’ de Bogotá.