Se desvió a la clientela a otros municipios vecinos y, sobre todo, se les abrieron las puertas a los narcotraficantes para que ampliaran su nocivo mercado interno entre los jóvenes a través de los after parties y los cientos de sitios clandestinos e ilegales que nacieron después de la prohibición.
El decreto zanahorio pisoteó la autonomía y limitó la libertad. Para contrarrestar el exceso de autoridad y represión, los más estudiosos de la ciudad hicieron en ese momento uso de sus derechos constitucionales de asociación bajo la forma de clubes sociales privados. Actualmente, de acuerdo con las autoridades distritales, entre julio y diciembre de 2008 inspeccionaron 2.303 establecimientos, mientras algunos comentan que existen alrededor de 1.200 clubes privados en Bogotá. Vale la pena confirmar esta cifra con la Cámara de Comercio, ya que constituye un fenómeno social digno de analizar. ¿Será que este número nació del maltrato que recibió la mayoría de los propietarios del comercio nocturno, quienes por mucho tiempo fueron tratados por la policía como empresarios del pecado y a sus clientes como ciudadanos de segunda categoría? ¿Es la evidencia real de la manifestación ciudadana que reacciona ante medidas arcaicas, que la prohibición no es la solución y que el horario de las 3 de la mañana no es suficiente?
El no recorte de las libertades ciudadanas debería ser la línea divisoria que diferencie a una alcaldía del Polo Democrático de cualquier otra.
A la Alcaldía, al Concejo de Bogotá, a las autoridades administrativas, a los partidos políticos, a Fenalco, a la Cámara de Comercio, a los fabricantes y comerciantes de licores les corresponde asimilar estas ideas y decidir sobre unas políticas que hagan de Bogotá la ciudad libre, moderna y competitiva que todos anhelamos.
*Director de Galería Café Libro. Club Social Privado.