El miércoles pasado, sólo 24 horas antes de pasar su renuncia como secretario de Gobierno, Antonio Navarro Wolff se paró frente a un auditorio lleno de estudiantes y profesores de la Universidad de los Andes, y se dispuso a presentar una exposición que no había preparado.
No era su culpa. Eran las once de la mañana y su jefe, el alcalde Gustavo Petro, no había llegado al encuentro con cuatro prestigiosos economistas de esta universidad que lo habían invitado a discutir algunos detalles del Plan de Desarrollo para el próximo cuatrienio. Navarro tenía ante sí la presentación en Power Point que le correspondía al alcalde y, sin tener idea exacta de lo que contenía, se paró ante el atril de madera y comenzó una estructurada y sencilla defensa de la ambiciosa revolución urbana que propone Petro para Bogotá.
Navarro apuntaló sus argumentos con cifras. Fue al grano. Y despachó la presentación con brevedad asertiva.
Una hora y media después, llegó el alcalde Petro. Y la misma presentación de Power Point se proyectó sobre la pantalla. Entonces el alcalde comenzó su exposición, de poco más de una hora, con alusiones a la relación entre la economía y las leyes de la termodinámica, así como más largas y profundas reflexiones sobre los ejes que marcan su ambicioso plan: reducir la segregación social, ordenar la ciudad en torno a sus cuerpos de agua y profundizar la participación política de sus ciudadanos.
Para muchos asistentes al evento en el auditorio Alberto Lleras Camargo de la Universidad de los Andes, la jornada sirvió de escenario para evidenciar lo que ya muchos intuían: una marcada diferencia entre el estilo de gobierno del exgobernadorde Nariño y el alcalde de Bogotá. Una diferencia abismal, que para algunos era complementaria y para otros era un sencillo caldo de cultivo para el conflicto.
¿Cómo funcionaron Petro y Navarro durante los 90 días que trabajaron juntos? La única manera de entenderlo es identificando la manera en la que el curtido secretario (exsenador, exgobernador) complementaba a un curtido excongresista sin experiencia en el Ejecutivo.
Carlos Vicente de Roux, vocero de los Progresistas en el Cabildo, enuncia estos elementos. “Tenían una identidad en lo estructural, ahí se entendían”, asegura. Fuera de esos principios, sin embargo, Navarro y Petro parecían comportarse como un yin-yang cuasi perfecto de la administración pública. Dice De Roux: “Petro es repentista, reactivo, hace propuestas antes de que éstas acaben de madurar. Navarro, en cambio, era cerebral y estructuraba sus posiciones antes de plantearlas. Petro tiene el coraje para comprar peleas que hay que dar; Navarro es más mesurado”.
En momentos en que la política bogotana parece apoderarse del debate nacional y un vertiginoso alcalde impone con voracidad la agenda día a día, su secretario de Gobierno era, para muchos, el polo a tierra, “el hombre que le daba a Petro su equilibrio”, según De Roux.
María Victoria Vargas, concejal liberal, asegura que en estos tres meses Navarro “fue capaz de ganarse el respeto del Concejo”. Era “franco, abierto, preciso, concreto”, asegura. Diego Bravo, gerente del Acueducto de Bogotá, resalta “su combinación de inteligencia, formación, rigor, habilidad y laboriosidad”, que se revelaban especialmente en su liderazgo ante el consejo de Gobierno y el Comité de Emergencias.
En suma, Petro pierde a quien más le daba estructura, mientras él le apuesta a una forma de gobierno basada en una constante producción discursiva exacerbada por las nuevas tecnologías.
¿Por qué se fue? Un miembro de Progresistas cercano a Navarro asegura que, en efecto, su retiro se debió a razones eminentemente personales que hay que respetar. Sin embargo, hay quienes aseguran que el asunto podría ir más allá: “El problema es que (Navarro) se cansó de que las actitudes del alcalde le impidieran hacer cosas como lograr la coalición oficialista en el Concejo”, asegura un asesor del alcalde.
Ahora el reto para el alcalde es demostrar que su equipo no depende de una sola persona, y que la estabilidad de su administración no está en juego. Muchos defienden lo hecho hasta ahora por académicos como María Mercedes Maldonado, en la Secretaría de Planeación, o Guillermo Alfonso Jaramillo, en la de Salud.
Sin embargo, con todos sus secretarios dedicados a titánicas tareas, Petro tendrá que ser muy cuidadoso a la hora de llenar la plaza en la Secretaría de Gobierno, que hoy queda en cabeza de Jorge Rojas, su secretario privado.
Mientras siga apostándole a un gobierno en las redes sociales, democratrizando su discurso, debatiendo y peleando espontáneamente, necesitará a un secretario de Gobierno que, como Navarro Wolff, no deje que el globo se eleve demasiado. Petro anda buscando un polo a tierra.