La ciudad apenas se entera. Stella Monsalve Gaitán murió triste el pasado 5 de septiembre en un ancianato en las afueras de Bogotá, luego de un año de convalecencia por una caída en las calles del barrio en el que transcurrió su vida.
A la mayoría de quienes la conocieron a lo largo de sus 80 años se les presentó feliz, elocuente, cariñosa, ofreciendo un saludo y un volante en el que se leía: Stella Monsalve, cazafantasmas. Stellita era la guía turística más reconocida de La Candelaria por su carisma y porque durante los 60 años que vivió en el centro de la capital reconstruyó la historia de una veintena de fantasmas que rondan las casonas coloniales.
Tan interesantes resultaron sus investigaciones, que el Archivo de Bogotá edita un libro en el que dejará por escrito la tradición oral que esta pequeña mujer se encargó de transmitir a colombianos y extranjeros. Sus amigos y vecinos —cuenta la edil Claudia Rodríguez— preparan un homenaje a “la mujer que simboliza nuestro patrimonio humano”.
Sin embargo, la misma trascendencia debiera tener su carrera política. Fue una de las primeras en estudiar Derecho en Colombia, al comienzo en la Javeriana y luego en el Externado, donde se graduó en 1952 como la única mujer entre 83 hombres.
Nacida en Nemocón, Cundinamarca, hija de un funcionario del Banco de la República y sobrina del senador Diego Monsalve Salazar, se convirtió en una de las líderes de la Organización Femenina Nacional, que en 1954 logró que les fueran reconocidos los derechos civiles a las mujeres.
Con su hablar pausado y contundente, se la veía protagonista en el Club de Abogadas, en el Congreso Nacional o en la plaza pública. Quedó inmortalizada en una foto junto a doña Bertha Hernández de Ospina y a Esmeralda Arboleda, en las barras del Senado a la espera de que los hombres les concedieran el derecho a votar.
Fue concejal y secretaria del alcalde Fernando Mazuera Villegas. Integró los movimientos feministas que estuvieron presentes en eventos históricos como las constituyentes de 1954 y 1991. Incluso estuvo en la Corte Constitucional para los debates previos a la sentencia que despenalizó algunos casos de aborto en 2006. Hizo valer sus derechos y los de los demás.
Era activista social durante la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla y a pesar de eso se hizo amiga de María Eugenia Rojas, La capitana. Trabajaron en política durante 50 años. Su última campaña juntas fue la que permitió la elección de Samuel Moreno como Alcalde de Bogotá.
En la Alcaldía de Lucho Garzón colaboró en la Oficina de Políticas de Mujer y Género. Era miembro permanente del Consejo de Cultura de su localidad, la 17. Incluso, su rostro alegre y sus recordadas trenzas blancas fueron utilizados para una campaña en pro de la tercera edad.
Una rara mezcla de caudillo y poeta le permitió construir la personalidad arrolladora, el discurso que envidiaría cualquier cuentero. Eficaz a la hora de convencer a los turistas de que en una ciudad cercana a los cinco siglos hay que aprender a convivir con la política y con los fantasmas.
Las apariciones
Quienes la frecuentaron durante sus últimos días, dicen que andaba desencantada de la política, especialmente de los “políticos vivos”. Prefería los versos de José Asunción Silva (En De sobremesa noveló sobre cómo el poder corrompe hasta los ideales artísticos) y los de María Mercedes Carranza. Los poetas suicidas del barrio presidían su mesa. La fortalecían en su tarea más importante: desentrañar los misterios de los muertos más cercanos.
Parte de lo que investigó de primera mano quedó consignado en el libro Fantasmas en La Candelaria. Alcanzó a corregir la primera versión luego de ganar la pelea para que los relatos se dejaran en el tono coloquial con el que ella los recreaba.
Sus recorridos eran preferiblemente nocturnos con grupos de turistas, universitarios, colegiales o curiosos que querían ver la ciudad desde una perspectiva siniestra. “Tiempo de locuras”, bautizó un tour que incluía visitas a casas de fantasmas como el del doctor José Raimundo Russi, un millonario que en el siglo XIX ayudaba a los pobres, pero terminó fusilado en la Plaza de Bolívar. Stellita les advertía a sus clientes: “Si ven venir a un ciudadano vestido elegantemente; de pantalón negro, camisa blanca, capa negra y sombrero de copa, con la cara ensangrentada, sin duda es el fantasma de Russi”. Y les mostraba una foto del cráneo baleado que se puede ver en el Museo Nacional.
Antes de iniciar la “procesión”, verificaba que no hubiera menores de 12 años y les anunciaba que los iba a introducir “en la cuarta dimensión”, la del “legado intangible” de Bogotá. Les pedía que no tuvieran miedo sino actitud alegre. Que le creyeran o no, lo que ella contaba era el resultado “de haber consultado por décadas a los testigos que dan fe y a los historiadores”. “Les voy a revelar por qué —contaba acentuando en las palabras clave— generaciones completas y sus descendientes jamás volvieron a dormir tranquilos”.
Visitantes como el profesor Ricardo González recuerdan que “la voz y la energía de Stellita transportaban a cualquiera hasta la época de La Colonia”. Creían oír el “llanto moribundo” de Baltazar, el bebé maldito de una madre soltera que tras nacer se ahogó en un aljibe, en una casa en la que todavía nadie se atreve a cortar los árboles de brevo. Se veían a las puertas del Bar Serenata, donde hoy funciona el canal CityTV. Allí todas las noches después de que el local quedaba arreglado para la siguiente jornada un duende dejaba todo “patas arriba”. Percibían el galope eterno de la mula herrada de Álvaro Sánchez, un espíritu asesino que recorre la carrera séptima hasta la plaza de Las Nieves. Dibujaban entre sombras al contador errante, que camina cargando letras y cheques, contando con los dedos hasta el infinito.
Para no aterrorizar a sus “creyentes”, acudía a fantasmas divertidos como “El Carcajeante de la casa de Juan Montúfar”, donde levanta tabletas y fue visto hasta por el arquitecto que reconstruyó el Palacio de Justicia. A tragicómicos como el de Don Afanador, un avaro que el día que se ganó la lotería lo enterraron vivo en el Cementerio Central luego de sufrir un ataque cataléptico producto de la dicha.
Hablando con los vecinos de la inquietante Calle del Farol se hace aún más fidedigno El entierro prematuro de Edgar Allan Poe. Se les ve flotar sobre el torrente de tejados de barro que desemboca en la plaza mayor de Bogotá, hasta donde aseguran que Afanador todavía persigue a quienes se repartieron su fortuna. Aquí cada noche no se olvida la costumbre de “dejarles alimento a las almas sobre las veladoras, hasta que cante el gallo”.
La cazafantasmas pasaba de lo tétrico a lo conmovedor, como el alma del Padre Ricardo, un jesuita a quien quería seducir la bella María Larpí, una amante legendaria en el sector. El religioso “no claudicó en su fe”. Ella le destrozó su iglesia y lo asesinó el 15 de mayo de 1608. Es al que menos temor le tiene la gente porque dicen que “inspira paz y alegría”. Contrario al fantasma amargado de María, que merodea en torno a la Universidad de La Salle, a cuyas espaldas queda la casa de Stella Monsalve.
Con ventanas y puertas de cedro amparadas por cerrojos disuasivos, es una clásica construcción colonial de apariencia pequeña pero laberíntica por dentro. Se respira humedad centenaria, los gatos interpretan un coro de maullidos, hay un óleo de Íngrid Betancourt, a quien Stellita también le ayudó a hacer campaña para el Congreso. Su única herencia material es habitada por su sobrina María del Pilar y por tres estudiantes, ignorantes del histórico refugio que les tocó en arriendo.
“¡No se asusten!”, insistía Stella a los caminantes. “Diviértanse con el alma juguetona del virrey Irse Solís Folch de Cardona, que persigue a ‘las marichuelas’, las mujeres de vida licenciosa”. O con el de ‘La floja Filomena’, una mujer que por no lavar a tiempo su ropa en El Chorro de Padilla, terminó condenada a fregar la de los demás durante dos siglos”.
Si alguien quería aferrarse a sus creencias católicas, oraba hasta por la memoria de Simón Bolívar, insistía en que “sólo por voluntad de Dios se mueve la hoja de un árbol”. Enseguida lo llevaba en busca de Manuela, una niña rubia de 7 años a quien siglos atrás se le apareció la Virgen de La Milagrosa mientras jugaba en su cuarto. Le ordenó plantar un jardín y desde entonces sus descendientes han vivido de la venta de flores.
Sus clientes hiperactivos se identificaban con el fantasma de la casaca verde, que golpea las paredes de la casa de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño en busca de una guaca. Los pasivos con el de la casona donde se rodó la película La estrategia del caracol.
“No olviden que el bien y el mal la tienen casada”, interrumpía Stellita. Y se cambiaba de cuadra tras el rastro diabólico de Sebastián, un prestigioso abogado en la Colonia que en la calle décima con carrera cuarta construyó un altar en el que hacía ritos satánicos como sacrificar a mujeres vírgenes.
A ella le encantaba la historia de la Calle del Fantasma, donde un antiguo alcalde de Bogotá le encargó al ingeniero Alex Mogollón empedrarla en seis meses y seis días. Como no podía cumplir con la fecha, invocó al diablo para que le ayudara a cambio de entregarle su alma. Así fue. Lo curioso es que en ese lugar sólo permanecen 665 piedras. Coincidencia o no, la sobrina de Stella le dijo a El Espectador, que lo último que recuerda haber oído de labios de su tía postrada fue: “Mijita, no me deje sola con estas piedras”.
La autoridad de esta mujer, en espíritus y en política, nadie la discutía. Gracias a sus conferencias, en la Universidad Autónoma aprendieron a convivir con fantasmas que encienden vitrolas, ocultan documentos, destruyen trofeos, abren y cierran puertas.
Muchos habitantes de La Candelaria acudían a ella cuando un familiar se moría. Querían que le diera la última bendición, a veces antes de que la del párroco local. Cuando iban a votar también la consultaban. Y ella les aconsejaba, así tuviera puesta la camiseta amarilla del Polo Democrático: “Vote por el que le dé la gana, pero vote a conciencia”.
Sus propios fantasmas
Stella Monsalve tenía motivos para morir feliz, para irse por la cuadra de La Plenitud, el nombre que más le gustaba de las calles de La Candelaria. Se había realizado como abogada, como política y como “historiadora empírica”. No le importaba no haberse casado, tampoco no tener hijos. “Tuve muchas nochebuenas”, ironizaba. “Hasta fui promiscua”, contaba entre carcajadas, recordando sus tiempos de jueza promiscua municipal en Engativá y Madrid. También lo fue de Ejecución Fiscal en la Alcaldía Mayor.
Quería ser parte de la memoria de la capital del país y lo logró. Hace tres años se enteró de una convocatoria del Archivo de Bogotá para que los ciudadanos aportaran sus fotos a la historia de la ciudad. Una de las primeras en acercarse fue ella. La recibió Germán Mejía Pavonny, PhD en Historia y el entonces director. Ella sacó un fajo de fotos envueltas en bandas de caucho, que cargaba junto a recortes de prensa donde se registraba su trabajo social y político. Entonces nació la idea del libro que será lanzado en los próximos días.
Stella trabajó allá con investigadores de relatos barriales como Juliana Duque. “Fue bonito aprender de su vida. Era una caminante muy lúcida y muy política. La conocía hasta doña Lina Moreno de Uribe, que le preguntaba por sus fantasmas”. Según Bernardo Vasco, coordinador de publicaciones del Archivo de Bogotá, “no la habíamos visto tan feliz como el día que vino a ver las pruebas del libro y salió con ellas bajo el brazo. Fue la última vez que supimos de ella hasta su muerte hace una semana”. Ahora el Gobierno Nacional y el Distrital también le preparan un homenaje.
Aún así, su sobrina y sus allegados lamentan que se haya ido atemorizada por sus propios fantasmas. No pudo esquivar, como hacía todos los días, la Calle del Calvario. La afectó mucho la muerte previa de su hermana Olga, con quien vivió toda la vida. Con ella había hecho un pacto: “La que se muriera primero regresaba en espíritu para contarle a la otra si existía cielo o infierno”. Hubo días en los que no quiso quedarse en su casa. Deambuló hasta el día que “se fue de narices”, nadie se explica por qué, contra el piso empedrado que no se cansaba de recorrer. Tal vez había llegado a la Calle de La Fatiga. La recogió una ambulancia. Con un aneurisma cerebral, sin habla ni memoria, la desahuciaron en el Hospital Santa Clara y terminó en un ancianato del municipio cundinamarqués de Nazareth. Falleció solitaria. La sepultaron en el cementerio del municipio de Cogua. Ni siquiera donde había nacido.
Aquí en La Candelaria reclaman su exhumación y sepultura en Bogotá, al tiempo que toman fuerza dos versos de los moradores: Se nos fue una mujer admirable. / Con nosotros se queda un espíritu bondadoso.