Ya sólo quedaba el desencanto. Las risas que hace unas semanas se habían paseado por Bogotá se las llevaba el frío viento que se colaba en la cancha. Y claro: dos goles que parecían sendas bofetadas. Eran un par de derechazos que estremecían a los espectadores; unos remates que llegaban como punzadas a miles de estómagos. La alegría entonces se diluía. Los segundos corrían y un fútbol jadeante intentaba vencer los malos presagios. Intentaba, a tropezones, que en el Campín irrumpiera la algarabía. Pero no. Ese miércoles de final si acaso se oyeron un par de gritos roncos y ahogados. Era julio y Santa Fe perdía. Nacional, lúcido e ingenioso, derrotaba al mejor equipo del semestre.
Los corazones habían empezado a estrujarse ocho días antes. Se batían de ansiedad cuando Martín Vásquez, el juez, echaba un vistazo al tiempo. Cientos de ojos esperaban que el balón, que brincaba en los linderos del arco de Olimpia, cruzara una vez más la línea de meta. Pero el silbato, agudo e implacable, hizo trizas los sueños súbitamente. “Quién sabe si los rojos –dirían algunos– vuelvan a pisar estas lejanas tierras”. No sabrían del sabor y la placidez de estar en la final; en el último camino de la Libertadores.
En esas dos fechas, muchos, quizás, anhelaron viejos tiempos. Pensaron, tal vez, en el 6 de noviembre del 77. En los últimos minutos de un partido agobiante. El marcador: 2 – 2. El juego: una incansable lucha frente al América por pasar al hexagonal final. Todo parecía derrumbarse hasta que Pandolfi –ese argentino de bigotes caídos– cabeceó al arco y todos, en el estadio, se levantaron. Gritaron, se conmocionaron e invadieron la cancha. A su ídolo eterno lo levantaron en hombros. Y él, muchos años después, seguía sonriendo.
Una hazaña así esperaban las tribunas hace un mes. Pero todo fue desasosiego, amargura. Y sin embargo, hubo aplausos. Hubo palmas que agradecían una nueva era. Esa que había comenzado a tejerse en el primer semestre de 2012 y que rompía de tajo con la escasez de 37 años. Ya la pasión no era sólo añoranzas de 1975, cuando el ‘Maestrico’, con su magia, se clavaba en el recuerdo de Bogotá.
De recuerdos era justamente de lo que vivían los capitalinos. De eso y de nostalgias que servían como el mejor argumento para demostrar la supremacía de alguno de sus equipos. Millonarios, como Santa Fe, desde el 88 también se había acostumbrado a demostrar su grandeza a punta de reminiscencias. Aquel 31 de marzo de 1952, por ejemplo, aún henchía los corazones azules. Un ‘ballet’ que –dijeron unos– era el mejor del mundo. Un 4 – 2 que liderado por Di Stéfano, Rossi y Pedernera, dejaba en España a un Real Madrid avergonzado.
Ellos, que habían llegado en el 48 para darle forma a El Dorado, aún seguían intactos. Era, al igual que aquel título de “el más veces campeón”, como una melancolía lacerante que perduraba ante un fútbol modesto.
Así vivía Bogotá. Atravesada por ese deporte que no sólo por casualidad simbolizaba los colores de la política colombiana. Ese mismo que también era prueba de la cultura de un país, de su historia, del sistema, de la corrupción, de la violencia.
Pero el 2012 era una nueva época. Un sabor dulzarrón rompió con la amargura de casi seis lustros. Al fin de año Millonarios tocaría la 14. Ahora sí, con esa cascada de estrellas, las nuevas generaciones podían volver a presumir. Podían ahogarse en la satisfacción, en la alegría, en lo que llamaron el renacer. Bogotá, gracias al fútbol, era otra. Era una capital festiva repleta de sonrisas. Era, de nuevo, una ciudad rendida al rodar de la pelota.
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