Los tiempos de ejecución de la ducha, la elección de la ropa, el pan con café o Milo y la cepillada de los dientes deben ser cronometrados. A las 5:40 de la mañana el cielo todavía está oscuro y los bolsillos son los mejores aliados de las manos que soportan los 8 grados de Bogotá.
Un bus y solo un bus me deja cerca de la universidad: la ruta C-65 de Transportes Fontibón, “La busetica negra” que tomo desde hace cuatro años. ¿Por qué cogerla tan temprano? La respuesta es que después de años de atenta observación y análisis de la evidencia de las puertas cerradas en la nariz llegué a la conclusión de que los conductores no me recogen, en muchas ocasiones, por ser hombre.
A las 6:00 de la mañana ya he tenido que caminar casi medio kilómetro para tener opción de subirme. Pasa la primera buseta negra, llena hasta las puertas; la segunda lleva espacio en sus pasillos, con alegría —porque es tan complicada la cosa— pienso que ya puedo dejar de preocuparme, pero no atiende a mi señal. Veo la tercera venir y, ya estoy arriba, pienso.
Craso error. Le hago una seña al conductor para que me abra la puerta, este, con una mirada distante y una sutil mueca de disgusto, me niega con la cabeza y acelera; unos metros más adelante dos muchachas le hacen la parada y él se cruza de carril para dejarlas subir. ¿Qué podría ser? ¿Por qué no habría de abrirme? Salió mi abuelo interior que preguntó: ¿Es qué mi plata no vale? Un día decidí hacerle esas preguntas a un conductor conocido y me dijo:
—Es que ustedes los hombres ocupan más espacio y son unos estorbosos que les encanta quedarse en las puertas, además que a las niñas uno las puede llevar adelante.
* Las crónicas han sido escritas por estudiantes de la revista Directo Bogotá de la Facultad de Comunicación de la Universidad Javeriana.