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“Algún día quiero estar bajo tierra”: Carolina Porras, minera de carbón

El Espectador estuvo en el municipio de Cucunubá (Cundinamarca) y conoció la historia de Leidy Carolina Porras, una de las tres mujeres que trabaja en la mina de carbón El Curubo, en la vereda El Tablón.

25 de marzo de 2022 - 09:12 p. m.
Leidy Carolina Porras, mujer que trabaja en una mina de carbón en Cucunubá (Cundinamarca)
Foto: El Espectador - Óscar Pérez
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“La minería es dura, pero es bonita. Yo me siento muy orgullosa de ser minera. Este trabajo me gusta, es algo que me llena. Claro que ha habido muchos obstáculos; uno de ellos es haber dejado solos a mis hijos tanto tiempo y no poder compartir con ellos como lo haría cualquier otra mamá, que está lavando, cocinando y planchando. Tenía dos caminos: quedarme en mi casa y que mis hijos se murieran de hambre, o venirme a trabajar y tener cómo llevarles de comer. Elegí el segundo”.

Lo dice Carolina Porras, aguerrida mujer que trabaja como patiera y supervisora de una de las minas de carbón de Cucunubá, Cundinamarca, a 88 kilómetros de Bogotá, en el norte del departamento.

Esta minera de 36 años se levanta antes de las 5 de la mañana para empezar su jornada laboral. A diario, debe hacer un recorrido de 15 minutos en moto desde su casa, en el municipio de Ubaté, hasta el casco urbano de Cucunubá, donde la espera un vehículo de la mina El Curubo que la lleva a la vereda El Tablón. La vía que conduce a la mina no está pavimentada y asciende hasta las áreas montañosas del municipio. Por el camino hay varios terrenos de explotación minera, así como fincas dedicadas a la producción de quesos y yogur, otra de las especialidades de Cucunubá. Años atrás, Porras tenía que salir de su hogar más temprano, ya que debía subir caminando.

De acuerdo con el Departamento Nacional de Planeación (DNP), la minería de carbón es la principal actividad económica de Cucunubá, uno de los diez municipios que conforman la provincia de Ubaté y una de las 15 que integran el departamento de Cundinamarca, principal productor de carbón metalúrgico y coque de Colombia. Cucunubá es el municipio de mayor participación, seguido por Guachetá, Sutatausa y Lenguazaque, y se estima que cerca del 70 % de sus habitantes (7.623) dependen de esta actividad. Aunque genera 1.661 empleos directos, la inclusión de las mujeres ha sido lenta y su contratación se da principalmente en labores de superficie.

Carolina es una de las tres mujeres cabeza de hogar que trabaja en la mina El Curubo, una de las 300 unidades de explotación que hay en Cucunubá. Desde hace 13 años sostiene a una familia de cinco personas: sus tres hijos, de 16, 17 y 18 años; su madre y su tía. “No vengo aquí a cumplir un trabajo, ni por el sueldo; es porque amo lo que hago. A todo lo que uno hace tiene que ponerle amor, o si no nada va a salir bien”, comenta mientras se prepara para explicar en qué consiste su trabajo.

El Curubo es una de las minas más pequeñas del municipio, con una profundidad de 235 metros y una planta de veinte empleados, opera desde hace cuarenta años y tiene una producción que oscila entre las 300 y 400 toneladas de carbón mensuales —hay algunas que alcanzan a extraer hasta 4.000 o 5.000—. Cucunubá tiene 18 veredas, siendo las más destacadas en este rubro Peñas, Aposentos, La Ramada, Hato de Rojas, El Tablón y Pueblo Viejo, donde trabajó Carolina como tierrera en una constructora, que después la recomendó en la minera. Aunque reconoció que le gustaba estar allí, supo que no podía dejar pasar la oportunidad; mucho más, teniendo en cuenta que su hogar dependía de sus ingresos.

Carolina empieza su jornada a las 6 a.m. Con un clima aproximado de 14 °C, debe dirigirse junto a sus compañeros al centro de reuniones, donde realizan una oración y se dan algunas instrucciones. Después, cada uno va a su lugar de trabajo: el frentero se prepara para ingresar bajo tierra e iniciar los túneles por donde se saca el carbón; el tamborero lo acompaña para realizar las guías verticales por las que el descuñador desprende el mineral; el cochero lleva el carbón a una tolva dentro de la mina, y finalmente, el embarcador lo deposita en una vagoneta para que salga a superficie, donde está Carolina (en su cargo de patiera), esperando para separarlo del resto de piedras. A las 8:30 a.m. suele salir la primera tanda de carbón.

“Hay cuatro clases de roca: una que es parecida al carbón, pero brilla más y es más delgada; la otra es amarilla; hay otra que es blanca; y la que es el ‘carbón piedro’, que es mitad carbón y mitad roca (…) Cuando comienza a salir el carbón, se va cogiendo uno tras otro para no dejarlos acumular, ya que algunos vienen contaminados”, explica parada en el patio donde se deposita todo el mineral que va saliendo del socavón.

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En la minería de carbón, las mujeres suelen cumplir labores en superficie, no bajo tierra.
Foto: El Espectador - Óscar Pérez

Carolina también cumple la labor de supervisión y delega oficios como la reforestación, la limpieza de sedimentos y la entrega de los elementos de protección personal (EPP). Cuando no sale carga, se ocupa recogiendo papeles, haciendo aseo a la oficina, barriendo patios y recogiendo madera. “A ningún hombre aquí le gusta que los mande una mujer, pero uno siempre se tiene que dar el lugar que se merece y debe hacerse respetar. Siempre he sentido que nos ven como menos, pero estoy convencida de que podemos hacer lo que nos propongamos”, contó, aunque dijo que trata de no prestar atención a actitudes machistas. Carolina suele terminar su jornada a las 2 p.m. pero los turnos son rotativos; en ocasiones le toca estar hasta las 10 p.m.

Vivian González, geóloga de la mina El Curubo, precisa que poco a poco se va abriendo espacio a las mujeres en labores de supervisión y control de calidad, aunque reconoció que todavía falta tiempo para eliminar el tabú. Añade que los problemas en contratación de mujeres están relacionados con las lógicas estrictas de producción que rigen en la minería de carbón. “Lastimosamente, una mujer es más propensa a tener calamidades domésticas o a presentar situaciones en las que deba pedir permisos, como reuniones de colegio, embarazos y situaciones familiares”.

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En ese contexto, Carolina Porras dice sentirse frustrada por no tener espacio ni oportunidad en otras labores. “Yo sé que las mujeres nunca vamos a hacer eso porque no es permitido; a menos de que usted tenga un cartón de ingeniera o de técnica en salud ocupacional, no puede ingresar bajo tierra. Los hombres sí pueden, pero porque son hombres. La diferencia es que somos nosotras las que parimos. Supongo que la lógica es que si a una mujer le pasa algo deja huérfanos a los hijos, pero es lo mismo que pasa con los papás. Yo sería feliz si existiera una mina de mujeres, pero sé que no va a pasar”.

Por ahora, el mayor logro de Carolina como minera es haber terminado su bachillerato, que suspendió en algún momento para trabajar desde muy joven. Su sueño es seguir estudiando para ser técnica en labores mineras y subterráneas y poder ingresar al socavón. “Algún día quiero estar bajo tierra y no solo en la superficie”, sentenció.

Por Carlos Eduardo Díaz Rincón

Periodista y politólogo de la Universidad Javeriana. Amante de la cultura y del análisis de la política nacional e internacional. Principales intereses: resolución de conflictos, saberes comunitarios, política pública y cultura Hip Hop. Apasionado por la literatura sobre populismo, movimientos sociales e investigación de medios. carlosdiazr4 cediaz@elespectador.com
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