Katherine Jiménez dice que lo que la salvó del COVID-19 fueron la disciplina y el autocuidado. El diagnóstico lo recibió el 15 de junio, y a pesar de que los síntomas parecían desaparecer con los días, el 2 de julio regresaron con mayor intensidad. “Mi miedo era dormirme y no despertar, sentí que se me olvidó respirar”, agrega Katherine. Los primeros días de junio, antes de recibir el resultado de la prueba, fueron los más difíciles: tuvo fiebre, debilidad, pérdida del olfato, dolor de cabeza y náuseas.
También le puede interesar: El mundo supera los 15 millones de contagios por coronavirus
“Me levantaba y no tenía fuerzas. Sentía que las piernas no me respondían. Además, cuando quería acostarme por completo, sentía que me ahogaba”, cuenta la barranquillera. Por la presión en el pecho y la dificultad para respirar, el 2 de julio Katherine decidió ir a la EPS.
La médica que la atendió le explicó que sus síntomas eran de urgencia, por lo que debía realizarse una radiografía de tórax. La preocupación no era cualquiera; más aun cuando ella tenía enfermedades traslapadas: luchó contra el COVID-19 teniendo asma.
El asma es una enfermedad que afecta los pulmones, y aunque es más común en niños, los adultos también pueden padecerla. Causa opresión en el pecho y tos frecuente. Los síntomas se pueden manifestar varias veces al día y en algunos casos empeoran durante la actividad física. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2016 había más de 339 millones de personas con asma en todo el mundo.
También le puede interesar: Las claves de Argentina para que el coronavirus no cause tantas muertes
De hecho, según las estimaciones de la OMS, en ese mismo año el asma causó en todo el mundo 417.918 fallecimientos”. La enfermedad, sin embargo, tiene una baja tasa de letalidad en comparación con otras enfermedades crónicas.
Ante el auge del COVID-19, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) señaló, en junio pasado, que a escala mundial sigue el debate sobre la relación entre el coronavirus y el asma. “En los informes más recientes de Estados Unidos se ha indicado que aproximadamente el 25 % de los adultos con COVID-19 hospitalizados tenían antecedentes de asma”, se lee en el documento.
Pese a la incertidumbre de saber qué podría pasar al tener ambas enfermedades, Katherine fue rigurosa con los cuidados en casa: continuó con los tratamientos recomendados por su médico y evitó al máximo el contacto con cualquier persona. A pesar de los cuidados, tuvo que recibir asistencia médica.
También le puede interesar: Así son las nuevas pruebas para detectar el COVID-19
“Fui a urgencias con miedo. Yo no quería contagiar a nadie. Allí me encontré con muchas personas que me dieron la mano. Desde el vigilante hasta el médico que te atiende te dicen con la mirada que hay esperanza para salir adelante. Incluso, desde que estuve la primera vez en la EPS sentí que la médica que me atendió me dio la calma para seguir con esta lucha”.
En urgencias, le practicaron los exámenes pertinentes y Katherine regresó a su casa; solo quedaba esperar. “Fue un mes en el que me encerré y no volví a ver a mi familia. Uno siente miedo de contagiarse, pero cuando ya tienes el virus, el miedo crece muchísimo más al pensar que puedes propagarlo”, agrega.
Y comenta que la salud mental es un factor crucial para la recuperación. “Tu mente empieza a jugar contigo. Todos viven su vida, siguen con su trabajo y yo sentía que me iba a morir y nadie me iba a recordar. Sin embargo, la fuerza para sobrellevar todo esto fue la fe y la esperanza de volver a ver a todos los que amo”, agrega.
También le puede interesar: Vacuna para COVID-19: una promesa a medio camino
La batalla de Katherine —y la de miles de barranquilleros— ocurre en un panorama regional donde los contagios crecen de manera acelerada. Después de Bogotá, la capital del Atlántico es la ciudad con más casos de COVID-19 en Colombia: hasta el 26 de julio la cuenta iba en 27.088 contagiados, según el Instituto Nacional de Salud (INS). De esta cifra, 18.255 son personas recuperadas y 1.399 fallecidas.
Aunque el panorama en la capital del Atlántico y el aumento de casos de contagio en el último mes vienen preocupando a las autoridades locales y nacionales, el alcalde de la ciudad, Jaime Pumarejo, reveló el pasado miércoles, 22 de julio, que la ocupación de camas UCI ha bajado a un 65 %. Esto luego de tener un porcentaje de ocupación que superó el 90 % a mediados de junio. Cuando llegó la pandemia al país, Barranquilla tenía 411 UCI. El 18 de julio la cifra llegó a 645, lo que representaba un aumento del 36 % en la capacidad instalada.
Romper la cadena de contagios
Katherine dice que el autocuidado se convirtió en una estrategia para proteger a los demás e intentar romper con la cadena de contagios. “Yo tengo un diario, donde, además de llevar mis cuentas, anoto cada salida. Lo hago por mí y por los demás. Pese a que en mayo solo salí dos veces, resulté con el virus. El 1°. de mayo fui a mercar y el 27 estuve en la oficina de impuestos de Soledad”, cuenta. En este municipio, ubicado en el área metropolitana de Barranquilla, han sido confirmados 10.794 casos de coronavirus, según el reporte del 26 de julio.
Siete días después de estar en Soledad, Katherine presentó síntomas. Gracias a sus apuntes logró identificar las posibles fuentes de contagio; cada una de las personas que estuvo en contacto con ella se realizó la prueba de COVID-19.
También le puede interesar: En primera línea de batalla: así es el día a día de los héroes que enfrentan el COVID-19
Con el tiempo los síntomas se disiparon. Sin embargo, ella dice que durante un mes la enfermedad tuvo diferentes ciclos. “Un día puedes tener dolor de cabeza, pero sin fiebre. Todos los días sentía que los síntomas cambiaban, hasta que poco a poco me sentí mejor”.
Los resultados de la radiografía de tórax salieron favorables. “Regresé a mi EPS y me hicieron un control. La médica me dijo que mis pulmones estaban bien”. El 7 de julio la segunda prueba de Katherine resultó negativa. Su lucha había terminado.