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Una reflexión sobre la pobreza en Colombia.

01 de agosto de 2021 - 08:36 p. m.
Según el DANE, más de 2 millones de hogares pasaron a comer solo dos veces al día en mayo de 2021.
Foto: El Espectador
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Áxel Germán Navas Navas

Hay cosas que para entenderlas requieren de un gran esfuerzo. Para nadie es un secreto que existen millones de personas sumidas en la pobreza, que mueren de hambre o de enfermedades que son curables, que sufren de frío, que hay mamás que ven morir a sus bebes por desnutrición, que hay niños que quedan huérfanos porque a sus padres los matan por cualquier razón. Esto es una realidad, puede verse, baste con ir a uno cualquiera de los barrios marginados de nuestras ciudades para comprobar que es verdad, que no es un invento, que existe. Eso pasa acá y en muchos otros países. No obstante, algunas veces a poca distancia, inclusive con solo pasar una calle, aparece otra realidad, un mundo donde las cosas sobran y en el que, sin que a nadie le importe, los recursos se utilizan o se desperdician en físicas bobadas.

Sin embargo, a pesar de lo aberrante, eso parece normal, pasa porque así es la vida y ya. Para todos es natural, tanto para los que les sobran las cosas como, y he aquí lo más incomprensible, para los que carecen de todo. Estos parecen conformes con lo que ocurre pues, increíblemente, creen que si hoy están abajo y no tienen nada, mañana estarán arriba y sí tendrán. Pareciera que en todas las personas, por más miserables que sean, siempre hay un potencial multimillonario que llegará a ser archibillonario. En ese mismo sentido, todo individuo considera que siempre hay otro que tiene menos que él, por lo que cada pobre cree que hay otro que lo es más, a quien debe hacérselo saber y, sobre todo, sentir. Hay una resignación generalizada a no reclamar equidad, pues qué tal que el día de mañana quien hoy pide sea el que tiene que dar… Por eso, a los cuatro vientos el jefe de hogar de una familia famélica grita: “¿Cómo así que hay que regalar lo que se ha trabajado? ¡No, que la suden como yo!”. O sea, “gente bien” hay en todas las clases sociales, y eso sin contar con las taras de la raza y el linaje. Con un agravante: en nuestro país hay que ser rico como sea, no importa el modo, y una vez se es, hay que defender la riqueza, igualmente, como sea. Todo vale.

En este punto opera una lógica rarísima. Los líderes de las iglesias y los políticos, los poderosos y los famosos, predican y hablan del amor al prójimo, de la compasión, de la generosidad y de la solidaridad, no obstante que muchos suelen verse incursos en un sinnúmero de delitos. Sin embargo, y a pesar de las evidencias, siempre tienen seguidores que los apoyan y veneran. ¿Por qué? Tal vez porque para estos aquellos encarnan el modelo que les permite sentirse más que los demás.

Y es que esta no es una consideración a la ligera, tanto así que los famosos filósofos Doña Florinda y Kiko siempre la tuvieron presente, al punto de que nunca quisieron juntarse con la chusma de su vecindad.

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