Velásquez y Velásquez
Hay un lugar común que no debería serlo: la frase “este es un libro necesario” debería seguir siendo un hallazgo. No debería considerarse un cliché porque el mundo está lleno de volúmenes que solo les sirven a sus autores, y por un rato nada más. Digo lo que digo porque este estupendo retrato de la honestidad, La impunidad del poder, que es la suma de dos biografías de dos hombres “para la eternidad” de apellido Velásquez, llega a las manos de los lectores en un momento crítico y cínico de la historia en el que han estado haciendo mucha falta los ejemplos de los funcionarios que se juegan la vida por obrar bien, por exorcizarle a la sociedad sus fuerzas ocultas. (Prográmese aquí con la Filbo a través de El Espectador).
Siempre vendrán al caso las vidas con vocación de parábolas. Si usted está leyendo este texto años después de su llegada a librerías, acusará recibo, también, de esta reivindicación de la decencia. Pero hoy sí que es urgente —sí que lo era— un relato que no fuera comandado por villanos. Villanos en los libros. Villanos en los periódicos. Villanos en las películas. Villanos en todas partes. Y no solamente eso, no, villanos capaces de convencernos de ponernos en sus zapatos puntudos, villanos dignos de nuestra compasión, comprendidos a fondo, psicoanalizados e interpretados como engendros de la sociedad que los negó y se regodeó en negarlos. Por obra y gracia de la ficción, y de los documentales sobre crímenes verdaderos, cada día tenemos más claro que los malos son malos entre comillas, que los indignos están allí, como los arcanos mayores, como los arquetipos, para mostrarnos que en cualquier momento podemos ser ellos porque los llevamos por dentro.
En la mitología griega, que puso las reglas del juego sobre la mesa de la especie, el bello e insensible de Narciso pasa por el mundo como por una infame pasarela: va dejando en el camino una serie de hombres y de mujeres enamorados de su figura —y se va y se sigue yendo, lleno de sí mismo e indiferente a todo lo demás, sin voltearse siquiera a mirar a tantas y a tantos que bordean el dolor y el ridículo y la locura por culpa de su presencia, de su imagen— hasta que la banalidad de semejante desprecio termina robándole la vida a aquella ninfa —a Eco— que ya tenía suficiente con haber sido condenada por los dioses a ser un rumor y poco más.
Por ensimismado y por envanecido, Narciso es condenado en el tribunal de Némesis, la diosa de la envidia y el ajuste de cuentas, a vivir enamorado de sí mismo, de su propia imagen sobre el agua. Termina arrojándose al abismo de su propio reflejo porque no se le ocurre un mejor modo de contemplarse y de tenerse por siempre. Y la moraleja es que cada quien necesita un enemigo, su propia némesis, si necesita librarse de la megalomanía: si quiere caer en cuenta de que el mundo no es un pretexto para su propia vida.
Escribo esto que escribo, claro, con la sensación de que quizás haya sido aquel narcisismo que creció como una avalancha en el siglo XX lo que fue llevándonos a fijarnos más y más en los antihéroes: en los personajes con cuerpos de protagonistas y almas de antagonistas, en las malas personas por fuera que en teoría son buenas personas por dentro. Sí, ni los villanos ni los tiranos saben que lo son. Sí, los sociópatas son casos de estudio. Y sí, los monstruosos adversarios de los superhéroes ya no solo son como usted y como yo, seres heridos por el mundo que tratan de descifrar sus infancias como bombas de tiempo, sino que además nos son presentados, hoy, como personas más dignas de compasión que los superhéroes.
¿Pero los íntegros qué? ¿En medio de semejante panorama, en medio de este abrumador e incierto esquema de las cosas, dónde quedan los personajes decentes, morales, heroicos que se niegan a ser némesis y a ser narcisos? ¿Qué lugar tienen las vidas ejemplares en los tiempos de la ruina y de la desazón?
Vuelvo al principio: escribo esto que escribo porque en el momento preciso, mientras me parece más y más justo preguntarse por la suerte de los quijotes en un mundo que los ha estado dando por sentados, me ha llegado a las manos este estupendo libro de Ramón Jimeno que cuenta las vidas de dos colombianos que no han conocido alternativa a la honestidad: no se trata de dos seres angelicales que no han cometido errores, ni han tenido vidas llenas de pequeños dramas, sino de un par de ciudadanos de carne y hueso que comparten tanto el apellido Velásquez como la necesidad de cumplir con su deber cueste lo que cueste, y en los momentos más sucios, más sangrientos y más plagados de villanos y de némesis de la historia reciente de Colombia.
El primer Velásquez es el coronel que a pesar de todo, contra viento y marea y entre las balas, encabezó aquel Bloque de Búsqueda que a principios de los años noventa demostró que los narcos hacían parte del organigrama del Estado. “Judicializar a los capos”, cuenta Jimeno, “significó para el coronel otro paso hacia el fin de su carrera militar y ser testigo de la disolución de las instituciones del Estado”; explica Jimeno: en el Urabá antioqueño, el coronel fue testigo de la relación perversa del ejército comandado por Del Río con los paramilitares encabezados por Castaño, y la denunció, y por hacerlo fue llamado a retiro del servicio, pero fue entonces cuando se convirtió en una autoridad —un profesor, un columnista sensato, un historiador de la guerra— en la defensa de la dignidad del país.
Oír al coronel, en el libro de Jimeno, es armar un rompecabezas al que le han escondido tantas piezas: “Consideraban que era darle a la guerrilla un triunfo. Hacer la paz era darle puntos a favor a la guerrilla. No tenían en cuenta las diferencias entre una guerrilla nacionalista y una comunista como las Farc. No se tenía en cuenta que hubo un paro que era la expresión de injusticias sociales, de la necesidad de hacer ajustes, establecer nuevas políticas públicas que aliviaran las tensiones. Muy pocos militares pensaban así. La mayoría desestimaba que el problema de la guerrilla tuviera orígenes en las desigualdades sociales o en la exclusión y no se podía aceptar que llegaran al poder por las armas”, explica, en uno de los momentos más reveladores, a quienes se preguntan por qué en Colombia no salimos de las zanjas que cavamos.
El segundo Velásquez es el magistrado que está cumpliendo treinta años de poner en evidencia la manera como la criminalidad se va enquistando, invitada por las ambiciones desmedidas de las élites, en las instituciones del Estado. El magistrado fue clave para demostrar que La Catedral, la lujosa cárcel que Pablo Escobar se construyó a sí mismo, era una farsa: un monumento a la manera como los traficantes de drogas se fueron volviendo parte de la máquina del poder. Luego hizo parte fundamental de la Corte Suprema de Justicia que investigó con valor la llamada “parapolítica”: recibió las presiones brutales del Gobierno de Uribe Vélez —empezando por una llamada del propio presidente— cuando se jugó la vida en un proceso que poco a poco fue probando qué clase de dirigentes nos estaban gobernando.
Obrar bien sin aspavientos en un país que ha sido un pacto de narcisos y de némesis, restaurar la justicia en una sociedad que elige a los villanos una y otra vez, convirtió al magistrado en una autoridad mundial: “la utilización de los medios para enfrentar a la disidencia, en los que todo se vale, no tiene justificación desde el discurso del poder, ni respecto a miles de personas que fueron asesinadas, no porque pudieran perjudicar su proyecto con un ejercicio violento que desde la guerrilla se daba, sino por esa misma necesidad de controlar cualquier oposición, cualquier confrontación que signifique disminución y pérdida del control que tienen las élites”, concluye, hacia el final de su retrato, en el intento de responder quiénes nos han conducido hasta el infierno.
Creo que es claro desde el principio, pero mi trabajo, el trabajo del prólogo, es decirlo: La impunidad del poder es un libro necesario porque contiene las luchas corajudas de los dos Velásquez, y nos ennoblece, a sus lectores, mientras nos las cuenta, pero también lo es porque está escrito por nadie más y nadie menos que Ramón Jimeno. Si uno no puede parar de leer, si cada párrafo tiene una revelación y cada capítulo es un documento —como sucede en Noche de lobos, su estupenda crónica sobre las tomas del Palacio de Justicia—, es porque Jimeno no es solo un periodista brillante, sino un narrador que ha pasado por todo: por los reportajes, por las entrevistas, por los documentales, por los largometrajes de ficción, por las series dramáticas, por los programas de televisión. Se le nota la pericia, la destreza. Es fácil recordar que en los últimos treinta años ha estado detrás de tantos relatos influyentes, de La estrategia del caracol a OKTV, mientras se van desenvolviendo las tramas de suspenso de los dos Velásquez.
Siempre que uno lee una biografía está leyendo un par de proezas, un par de gestas: la del biografiado y la del biógrafo. En La impunidad del poder hay tres: tres vidas capaces de la dignidad en un país que en los últimos treinta años le ha puesto a la decencia más trampas que nunca. No cabe duda de que, tal como el coronel Velásquez encarna la ética militar y el magistrado Velásquez representa el valor de la justicia, Jimeno es el ciudadano que escapa de la mediocridad, el periodista que se niega a callarse porque se niega a que el desastre nacional le pase al lado, el narrador comprometido con las historias de aquellos que se resisten a jugar el juego del horror. Ya van a verlo ustedes. Van a acordarse de mí, cuando lleguen al final de estas páginas, porque les va a venir a la mente el lugar común de que “este es un libro necesario”.
* Ricardo Silva Romero es escritor. Este texto se publica con autorización de Penguin Ranbdom House Grupo Editorial. La impunidad del poder (Debate) será presentado en la FILBO 2022 este viernes 22 de abril, a las 6:00 p.m., en el Salón María Mercedes Carranza.
** Ramón Jimeno es periodista, guionista y consultor. Ha escrito investigaciones sobre seguridad, política e institucionalidad desde los años ochenta. Fue analista político y editor del diario El Espectador y ha ganado dos premios nacionales de periodismo Simón Bolívar y dos Indias Catalina. Asesoró las campañas presidenciales de Noemí Sanín (1998) y Horacio Serpa (2002). Ha sido profesor de Análisis Político del programa Alta Gerencia, del EMBA de la Universidad de los Andes y de estrategias de comunicación en varias universidades, además de conferencista en centros como Oxford University.