A Andrea Calderón la adopción le cambió todo. “Es la manera en la que se me cumplió el anhelo de mi vida, que era dar amor”, dice emocionada, mientras cuenta su historia. Actualmente no solo lo ha dejado todo para dedicarse a su pequeña Ana, de cuatro años, sino que también es voluntaria en la institución que la acompañó durante todo el proceso.
Y es que muchos llegan a la adopción porque ya agotaron todas las alternativas, invirtiendo dinero y energía. No es el caso de esta psicóloga organizacional de 38 años, quien se aventuró a este camino hacia la maternidad por una poderosa mezcla de amor, convicción y condiciones biológicas.
“A mi esposo lo conocí hace diez años por casualidades de la vida”. Para ese entonces, cuenta, ambos habían pasado por otro matrimonio y Juan Andrés por el nacimiento de dos hijos y una vasectomía. “Cuando me enamoré me di cuenta que era con él con quien quería ser mamá. Ese deseo no me había nacido con otros”. Pero la cirugía de su pareja no era el único limitante que había para tener un hijo.
Aunque estaba la opción de una inseminación artificial, Calderón viene de una familia con antecedentes de enfermedades autoinmunes, lo que significa que su cuerpo podría confundir el feto con un elemento extraño y empezar a atacarse a sí mismo. “Era sentir que me ponía una pistola en la cabeza y jugaba a la ruleta rusa”, explica. Por eso, no hicieron ningún intento de quedar en embarazo, al casarse –tres años después de conocerse– ya sabían que querían adoptar.
El proceso lo iniciaron dos años después, junto a once pareas más, sin saber mucho al respecto. Se acercaron a la Fundación Fana, que no solo funciona como hogar de paso para niños vulnerados, sino que también asesora y realiza los trámites de adopción. Entre talleres, entrevistas psicológicas, estudios sobre su situación económica, visitas al hogar y chequeos de antecedentes médicos que dejaron al desnudo más de 30 años de vida, pasó un año más lleno de ansiedad y miedo.
“Me derrumbé cuando en el grupo le entregaron un bebé a una pareja antes que a nosotros. No quería seguir”, comenta entre risas. Y es que el de la adopción es un proceso de tiempo, pues como dice Andrea, no se trata de llegar a un hogar y elegir un niño, cada pareja debe ser compatible con él para que todos puedan ser felices.
Cargar por primera vez a Ana, de dos meses, fue como dar a luz. Ambas lloraron –una de felicidad y la otra por instinto– y establecieron su vínculo. Andrea se sintió tan realizada que cada etapa de la maternidad temprana, que muchas veces se siente como un sacrificio, fue de goce. Lo dejó todo atrás para que nada interrumpiera los momentos con su hija. Hoy, siente que su compromiso es el de ser vocera de la adopción y por eso se convirtió en mamá voluntaria en Fana. Tenía un sentimiento infinito de gratitud hacia el lugar que más felicidad le ha dado.
La vida de Ana, que justo hoy cumple años, está rodeada de simbolismos. En algunas culturas su nombre significa bendecida y en otras la anhelada. Sabe que es adoptada, pues su mamá piensa que las relaciones entre seres humanos deben estar construidas sobre la honestidad, y es una niña sociable, pero sobretodo fuerte. Aunque su historia no es trágica y está reservada sólo para sus padres, “el hecho de que a ti te desprendan de la persona que debía cuidarte, ya te hace un guerrero en la vida”.