Presentamos una síntesis de lo esencial del legado de Camilo como sociólogo comprometido, cristiano pionero y político revolucionario, sin desconocer su entrega hasta derramar su sangre, “parte irrenunciable”, si bien coyuntural de su legado. Parafraseando al autor de “La muerte del cóndor”, proclamamos que el heroísmo de Camilo no fue de una hora, la de las batallas. Hay que ver a Camilo en su integridad de científico social, humanista cristiano, político revolucionario, no sólo como “cura guerrillero”. Y ante todo como un profeta que con sus mensajes y testimonio sigue inquietando e iluminando el camino. Al igual que en la Biblia, desde su proyecto Camilo interpreta la historia para iluminar, devolver la esperanza, reprender en un momento determinado al pueblo. Es guía del pueblo para que transite por los caminos de Dios, aun en contra de opiniones humanas muy razonables.También, en el sentido sociológico de Max Weber, Camilo es la persona que hace coincidir en su palabra y su acción las exigencias de su pueblo. Como tal, dice lo que hay que decir, cuando hay que decirlo, y expresa las necesidades e intereses no articulados por una población. Lo esencial del legado de Camilo es lo que constituyó el hilo conductor de su vida: la búsqueda del amor eficaz. Cuando descubrió que la esencia del cristianismo es el amor, decidió dedicarse de tiempo completo a esa causa e ingresó al seminario. Una vez consagrado sacerdote, decidió estudiar sociología para hacer más eficaz su entrega al prójimo: “sería la técnica indispensable para que el amor al prójimo, esencia de mi cristianismo y de mi sacerdocio, pu-diera ser más real y más eficaz”. Ingresó a la política porque, como dijo: “me cansé de buscar que los laicos asuman su responsabilidad. Ahora me decidí a hacerlo yo mismo”. Se fue al monte desilusionado de la democracia electorera y de la ineficacia de una política corrupta. Camilo fue un convencido del deber de solidaridad ha de convertirse en la caridad que, en su contexto social de injusticia, tiene dimensión revolucionaria. También forma parte integral de su legado la búsqueda de la unidad del diálogo honesto: “Creo que se daría un gran paso para el futu-ro de la humanidad, si se pudiera, en un mundo ideal en el que podemos soñar desde ahora, insistir más en los puntos que nos unen y olvidar un poco los que nos separan, es decir, establecer una especie de modus vivendi de tolerancia”. “Camilo halló caminos inéditos para trabajar juntos cristianos y marxistas, pero a unos y otros les lanzó un desafío superior: buscar por encima de los principios ideológicos el bien de las mayorías, la eficacia revolucionaria como criterio de discernimiento. Reubicó la fe (o la devolvió a su inspiración evangélica: el primado del amor eficaz), y reubicó el marxismo (o lo devolvió a su inspiración original: la primacía de la praxis)”. El sentido de servicio por encima de todo interés personal o de grupo caracterizó su estilo político y definió su modalidad del amor eficaz. Trilogía con plena vigencia en un mundo de odios, violencia, corrupción y pérdida de valores éticos, que necesita como mentor a un profeta, especialmente para quienes “invocan sus enseñanzas”. Su análisis y praxis sociológicos tienen vigencia en medio del fragor de las armas. Como sociólogo comprometido, no pudo permanecer neutral, encerrado en una torre de marfil, favoreciendo el statu quo. Se comprometió con la causa del cambio radical de la sociedad colombiana en bien de la justicia y equidad, como compromiso acción. Además de cofundador de la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional y de la Asociación Colombiana de Sociología, Camilo contribuyó como profesor de sociología a la formación de numerosos profesionales, tanto en la Universidad como en la Escuela Superior de Administración Pública –ESAP-, y fue autor de numerosas publicaciones de impacto en la opinión pública. “Sacó la sociología del discurso retórico al discurso del compromiso, a que el sociólogo asuma una actitud crítica” . Entre los temas de que se ocupó, se destacan los temas que atañen a la sociología del conflicto, campo en el que produjo su mejor ensayo. Los sociólogos estadounidenses lo reconocen como un contribuyente importante con su escrito sobre el Cambio Social y la Violen-cia Rural en Colombia. Este ensayo es el mejor y en estricto sentido, su último tratado sociológico. Fue también importante su contribución al estudio de los grupos de presión como canales de ascensión social, de la movilidad social y el cambio social, el papel de la universidad en el cambio, el trabajo en equipo, la solidaridad, el papel de la ciencia y la tecnología, la objetividad en la investigación. En sociología rural Camilo se interesó en el estudio de las transformaciones que operaban entre el campesinado, utilizando como marco conceptual las tipologías dicotómicas predominantes: solidaridad mecánica-orgánica de Durkheim; el Folk Urbano de Redfield; Comunidad-Sociedad de Tonnies. Concluyó que, por la guerrilla, las comunidades rurales se organizaron dentro de un proceso de urbanización en el sentido sociológico, con todos los elementos propios: división del trabajo, especialización, contactos socioculturales, socialización, mentalidad orientada al cambio, despertar de expectativas sociales. Más aún se sentaron las bases para una estratifica-ción de una subcultura revolucionaria, de una clase campesina revolucionaria, así fuera por medio de canales patológicos, sin un pro-ceso de desarrollo económico para el país. Camilo también hizo análisis y elaboró hipótesis de trabajo dignas de tenerse en cuenta respecto a cada uno de los elementos de la sociología de la religión en cuanto al sistema de creencias o significaciones religiosas, al sistema de expresiones religiosas, a la ética, al sistema organizativo religioso y a la pastoral. Sin embargo, la contribución de Camilo a la Sociología no se limitó a sus escritos. Su praxis fue aún más rica. Camilo no fue un teórico, sino un hombre de acción fundamentado en la metodología socio-lógica de investigación por participación, en un país cuyos cientí-ficos sociales estaban formados más en el cultivo literario y jurídico que científico, con énfasis en el campo de la filosofía, del Derecho, de la Moral. Camilo fue pionero en la aplicación de la investigación-acción participativa, con su Movimiento Universitario de Promoción Comunal MUNIPROC, lo mismo que por su estrategia de partir de las bases, en busca de crear un movimiento de concienti-zación y educación popular para abrir canales de participación política para un auténtico movimiento social y para su efectividad y eficiencia, que tanto le preocupaban. Fue también uno de los forjadores del Movimiento Comunal en Colombia, uno de los primeros en ver la importancia del Desarrollo de la Comunidad desde una perspectiva popular y crítica. Y fue un impulsor decidido de la reforma agraria. Como suplente en la Junta Directiva del Instituto Colombiano de Reforma Agraria, en representación de las organizaciones de Acción Católica, Camilo se puso en contacto con la realidad rural y agraria nacional identificándose con los campesinos. Allí fue madurando el Camilo revolucionario, quien intuía que las clases poderosas no iban a aplicar reformas fundamentales contra sus intereses. Camilo sigue vigente como sociólogo. Así lo reconocen muchos científicos sociales en Colombia y en el extranjero, sobre todo entre los expertos en teoría de la acción e investigación participativa. Su praxis, metodología y análisis sociológico le dan amplias credenciales para que su legado sirva para encontrar una solución del conflicto armado.La concepción y vivencia cristiana fueron el eje de la vida de Ca-milo y de su opción política revolucionaria. Hizo de la primacía de la caridad eficaz el núcleo de su vida y de sus opciones. Aquí está la clave para entender a Camilo. El Padre Jaime Díaz explica que, para Camilo, “el amor eficaz” implica una actitud positiva ante Jesucristo y ante el prójimo, como presencia suya, sobre todo si se trata de los “hermanos menores”, los pobres, los débiles; darse por los demás como el Maestro, hasta la muerte si fuere preciso; conocer la realidad social y utilizar los medios más adecuados para transformarla; unir la vida de fe con el compromiso revolucionario, como un deber cristiano en las circunstancias concretas de su tiempo. Y recuerda que al explicar su retiro del sacerdocio –no de la Iglesia- el mismo día en que lo solicitó dijo estas significativas palabras: “Yo opté por el cristianismo por considerar que en él encontraba la forma más pura de servir a mi prójimo. Como sociólogo he querido que este amor se vuelva eficaz, mediante la técnica y la ciencia; al analizar la sociedad colombiana me he dado cuenta de la necesidad de una revolución para dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo y realizar el bienestar de las mayorías de nuestro pueblo”. Camilo propone así una espiritualidad de compromiso social como ineludible exigencia del amor específicamente cristiano. Él aplicó al ámbito macro-social de su país la doctrina cristiana del amor, que muchos han reducido al simple nivel personal. Hoy este mismo plan-teamiento adquiere una dimensión planetaria. Planteó así una teología del amor revolucionario, que se iría conformando como componente de la incomprendida Teología de la Liberación. Este legado religioso ha de sacudirnos a los cristianos de toda dominación, y a todos los creyentes y no creyentes, para comprometernos con amor eficaz frente a los problemas actuales. Y debería hacer reflexionar a quienes aún persisten en la opción armada deshu-manizada. La unión de la clase popular en la base, como doble garantía de que el poder fuera popular y de que se instaurara una auténtica demo-cracia, fue un postulado fundamental de Camilo. El análisis de su experiencia con las bases populares en las ciudades y el campo lo llevaron a esa conclusión. Por ello propuso el Frente Unido del Pueblo. Fue un movimiento de oposición-propuesta que partía “de abajo hacia arriba”. La unidad era el concepto estratégico de Ca-milo. Pero una unidad por la base. Esa era su novedad. “Frente a la realidad de una clase popular que está dividida y por eso no puede tomarse el poder, el objetivo primordial, lo que tenemos que buscar ante todo es la unión” . “El pueblo unido jamás será vencido”. El Frente Unido no se quedó en una simple oposición, pues ofrecía una oportunidad de unión de movimientos y partidos populares, que iba más allá de la convocatoria a la unión de los estudiantes, y proponía una alternativa de poder que podía interesar a los abstencionistas. Además, predominaba el criterio de unidad dentro de un pluralismo ideológico: “Dejemos lo que nos divide y busquemos lo que nos une”. Era la quintaesencia de Camilo, quien siempre buscó las convergencias, la unión. Como aglutinante del Frente Unido, lanzó la Plataforma dirigida a unificar la clase popular, dividida por antagonismos hasta de sus propios dirigentes, de diversas ideologías y partidos políticos y a crear conciencia de clase. Lanzó un movimiento sociopolítico sin precedentes, en cuanto a la rapidez como creció el número de simpatizantes. Antes de Camilo habían surgido otros dos importantes movimientos políticos de oposición, el Gaitanismo y el de Rojas Pini-lla. Con el Frente Unido, Camilo reunió en solo tres meses más seguidores que los otros dos caudillos del pueblo en años de organización. Aunque fugazmente, recogió las mismas masas que habían se-guido al MRL y que después engrosaron la ANAPO. No es nuestra intención proponer una reedición de la Plataforma. Sería simplista. Proponemos es la revaluación de la opción política, legado del Frente Unido. Gabino lo reconoció: “Sobrevaloramos la actividad militar y subestimamos el trabajo político, la organización del pueblo para sus luchas políticas y reivindicaciones económicas… Cuando yo escuché por radio que Camilo había muerto, yo no alcanzaba a comprender la importancia del Frente Unido. Para entonces, lo que no fuera lucha armada lo considerábamos de menos valor… nos unilateralizamos en lo militar” . El triple legado de Camilo tiene plena vigencia. Es una traición utilizarlo como instrumento de odio, venganza, extorsión, secuestro, violación del de-recho internacional humanitario. Por eso añoramos a Camilo en el proceso de paz. Quisiéramos que su espíritu estuviera presente en los diálogos y en la Convención Na-cional donde podría aportar mucho de creíble y esperanzador. *Artículo publicado en la Revista del Espectador, Bogotá, agosto 6 de 2000, pg. 70-74