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De los fusiles a los libros

Sofía tenía 12 años cuando fue reclutada por el Eln. Tres años después se desmovilizó y la Agencia Colombiana para la Reintegración la apoyó para que finalizara sus estudios básicos, que hoy la tienen en la universidad.

24 de octubre de 2015 - 09:00 p. m.
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Si Sofía* quería ir al colegio, primero tenía que salir a recoger leña para la estufa y ordeñar las vacas de la finca en una vereda de Calarcá (Quindío), en donde vivía con su mamá y seis hermanas. Esa fue la condición que la madre cabeza de ese hogar le impuso, y con tal de alcanzar a llegar a sus clases, Sofía era la primera en levantarse. Pero no era una responsabilidad fácil de cumplir para una niña de 11 años a la que únicamente le interesaba salir de su casa con el tiempo suficiente para caminar una hora y poder estudiar.

Sólo aguantó un año la presión de cumplir con sus tareas domésticas y el esfuerzo extra para responder con los deberes académicos. Pero tampoco tuvo la paciencia suficiente para aguantar la relación conflictiva con su mamá y un día, sin aviso alguno, cambió la ruta que todas las mañanas seguía para llegar a la escuela y le siguió los pasos a un integrante del Eln que la estaba esperando. “Nunca me ofrecieron nada, pero yo veía su estilo de vida como una salida a una situación en la que no quería vivir más”, explica.

Siguió al guerrillero caminando y tras un viaje de cinco horas recibió su primera orden como guerrillera. Debía cambiarse el nombre, pero el comandante que la recibió lo eligió por ella. La bautizaron Fernanda y la enviaron a la escuela del bloque Cacica Calarcá, donde aprendió a usar armas y a reaccionar en combate, y los principios ideológicos del grupo armado. La única condición que tenía para asistir a las clases era cumplir el horario.

“Asistíamos por la mañana a la escuela política y por la tarde nos tocaba el entrenamiento”, aunque siempre tenía problemas por el asma, que no la dejaba respirar bien. Fue una de las pocas guerrilleras, explica Sofía, que lograron terminar sus estudios, pues muchos de sus compañeros no sabían siquiera leer. Sus pocos conocimientos le dieron una ventaja por encima del resto y por eso sus jefes no la enviaron al frente de los combates. La designaron como jefa de comunicaciones del bloque, y estando en este puesto conoció al hombre que terminó siendo una de las razones cruciales para iniciar su proceso de desmovilización.

Era un guerrillero como ella. Y en medio de su lucha armada en Calarcá, Sofía sintió por primera vez la tristeza de una decepción amorosa. “Eso fue lo que me hizo pensar en salir de allá, porque no lo quería ver más. Yo sólo tenía 14 años cuando sentí ese dolor”, recuerda. A esta decepción se le sumó el asma, que ya le exigía cuidados de un médico profesional. Le dieron una salida para que buscara ayuda en Pereira y estando allí conoció a un soldado del batallón de la ciudad, quien le comentó sobre la posibilidad de dejar las filas de la guerrilla y así evitar volver a ver al hombre que la había lastimado. Y eso era lo que más quería Sofía.

Se presentó en el batallón de Pereira y confesó que era guerrillera. “Yo no recuerdo muchas fechas porque el cerebro es una máquina tan maravillosa que borra de la vida lo que te hace daño inconscientemente. Por eso yo no me acuerdo de fechas ni de nombres”. Sin embargo, hay dos números que no se le han olvidado: 2005, el año en el que recibió el documento que la convirtió oficialmente en una desmovilizada a los 15 años, y 19, la edad que tenía cuando obtuvo su diploma de bachiller gracias al Programa para la Reincorporación a la Vida Civil (PRVC).

Nunca sintió, confiesa, que por su condición de exguerrillera sus profesores o compañeros le dieran un trato especial. Ni cuando ingresó a estudiar peluquería, ni en el curso de sistemas aplicados a la administración de empresas que hizo en las mañanas, antes de ir al colegio. “Nunca sentí que tuviera un letrero colgado al cuello que dijera que era desmovilizada, y yo creo que eso me ayudó mucho en mi ambición de prepararme todavía más”.

Su interés por estudiar no perdió el apoyo cuando en 2011 el PRVC se convirtió en la Agencia Colombiana de Reintegración (ACR). Gracias al sustento económico para pasajes y la ayuda de un cura que conoció en Pereira, Sofía se graduó como técnica en higiene bucal y, no satisfecha con su diploma, se presentó para entrar al programa de contabilidad y finanzas del Sena. Pero el embarazo se cruzó en su camino y tuvo que dejar de lado su formación.

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Después de haberse convertido en madre pasó cinco años ahorrando para poder ingresar a la universidad. Según las cifras que maneja la ACR, son 21.003 los desmovilizados que todavía están en el proceso de reintegración a la vida civil y, en ese universo, Sofía hace parte de una pequeña, pequeña minoría: las 143 personas excombatientes (el 0,6% de esos 21.003) que siguen reintegrándose y ahora están estudiando una carrera universitaria.

Con dos trabajos, uno como vendedora de música para niños y otro como empleada de una fábrica textil, paga sus propios estudios y sostiene a su hija de cinco años. “Lo más importante que he recibido de la Agencia, aparte de acompañamiento psicológico y económico, es que me dio la oportunidad de tener las bases educativas que hoy me permiten seguir mi sueño de ser sexóloga”, dice Sofía, a punto de finalizar su primer semestre de psicología.

* Nombre cambiado para proteger identidad.

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