Sin otro patrimonio que esta propiedad, con 10 hijos todos menores, Encarnación se encomendó a San Francisco de Padua pidiéndole: “¡Quítame ese hombre!”. A los tres días, el vecino murió. Encarnación, arrepentida, volvió a hablar con San Francisco y le dijo: “Yo no te pedí tanto”.
Años después de esta historia, invitó a visitar Elizondo al ingeniero francés Luis Chedé, quien resolvió, al ver unos afloramientos, enviar muestras a Europa. De allí llegó el informe de que sí era carbón, y ese mismo 1914 ya la mina había logrado vender los primeros bultos del mineral al ferrocarril.
La nueva generación de Barberena se ha encargado de tecnificar y modernizar la actividad productiva. Santos Barberena, nieto, Gabriel Barberena, Ramiro Sinisterra y Antonio Barberena han estado al frente de la mina, en su administración. El Ingeniero Adolfo Barberena Lozano (bisnieto), en compañía de la junta directiva, orienta en la actualidad los destinos de Carboneras Elizondo.
“Barberenas, Carboneras Elizondo” es el primer aviso que se encuentra al llegar al portalón de la mina en la zona montañosa de Golondrinas. Sobre la cima, más allá de la bocamina, reposan sobre los rieles los broncos coches de antaño, detenidos frente al viento que viene de los cerros. El aire aquí es transparente, frío al atardecer. La veleta indica la dirección del viento en la casilla de control y las locomotoras hablan de un ajetreo que produce 100.000 toneladas anuales de carbón para la industria vallecaucana.
Toda la producción de hoy, como antes fue destinada al ferrocarril, suple la demanda de Cartón de Colombia S. A. y Carvajal Pulpa y Papel S. A. En otras épocas, el carbón de Elizondo fue comprado también por Bavaria, Manuelita y Mayagüez.
Al celebrar este mes los 100 años de explotación carbonífera de las minas Elizondo, la familia Barberena ha decidido emprender una política de revitalización de la cuenca del río Chocho: un plan de recuperación de sus orillas, en busca del agua perdida.
La reforestación empieza a dar frutos. Lo que hace unos años aparecía como paisaje de lomas peladas, semidesérticas, ofrece hoy el verdor de árboles propios de la región. Antonio Barberena, hijo, recuerda cómo su padre y su tío Juan se empeñaron en la conservación del bosque, regalando carbón para leña a los pobladores para evitar el corte de árboles. “Ni siquiera nos dejaban usar caucheras”, rememora.
Entre el olor del carbón y el viento que barre el cisco al pie de los coches, todo remite al pasado, pero las realizaciones del futuro están planteadas como reto. Así lo confirma la unión de las autoridades locales y departamentales, con la asesoría de ingenieros forestales, para el proceso de recuperación del río.
Una historia de desarrollo empresarial que se quiere celebrar en armonía con el territorio que la ha sostenido.