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Devorado por el agua

La mitad de la vereda Bocas de Satinga ha desaparecido debido a la fuerza del Sanquianga.

16 de febrero de 2009 - 05:54 p. m.
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Dora Lina Segura ve ahora, más que nunca, un futuro incierto para ella y su familia, pues  ha sido testigo de cómo la mitad de Bocas de Satinga, su pueblo natal,  ha sido devorado por el rio Sanquianga a través de los años.  Ella, al igual que los otros 30.000 pobladores de esta vereda,  pasa sus días lidiando con  la incertidumbre y el miedo que le produce saber  que  su casa, al igual que las de sus vecinos y amigos, puede derrumbarse en cualquier momento y ser arrastrada por el caudal, que entre el año pasado y este se ha llevado cerca de 320 viviendas, muchas de ellas construidas en palafitos y otras en concreto o ladrillo.

El drama de los pobladores de este caserío nariñense, ubicado en el municipio Olaya Herrera, comenzó hace más de treinta años, cuando los madereros de la región construyeron en la parte alta del afluente el canal Naranjo con el fin de conectar el Sanquianga con el río Patía y mejorar así la navegabilidad en épocas de sequía.

 El novedoso proyecto generó en un principio grandes beneficios para los habitantes de la zona: ahorro en costos y tiempo y facilidades en el transporte de madera, además de convertirse en un atractivo que llevó a cientos de personas de la región a asentarse en las riberas de la corriente con la ilusión de una mejor calidad de vida.

Sin embargo, con los años y el aumento del caudal del río Patía, los afluentes terminaron convirtiéndose en un solo,  convirtiendo el canal Naranjo en  una trampa mortal que con su implacable fuerza se iba llevando lo que encontraba a su paso.  A este problema se sumaron las constantes lluvias que se registran en la zona y que con el tiempo han ido incrementando cada vez más el  volumen del rio, que poco a poco ha ido socavando la  base de la vereda, comiéndose el terreno que la sostiene.

Dora Lina ha visto pasar por Bocas de Satinga ingenieros, arquitectos y expertos que han realizado varias obras y proyectos en el río y sus riberas para evitar que se sigan presentando desastres. Pero hasta el momento nada ha sido efectivo para contener la ferocidad de las aguas que tantos damnificados ha dejado. “Doy fe y testimonio de que ya se ha ido casi la mitad del pueblo”, asevera la mujer.

 En julio del  año pasado, por ejemplo, la Gobernación de Nariño puso en marcha la construcción de un canal de alivio que pretendía mitigar los efectos del caudal del río sobre la población.  La obra, de 1.730 metros de longitud, 24 metros de ancho y siete de profundidad, no logró en nada su cometido, pues las tragedias se siguieron presentando.

“Eso no sirvió para nada, fueron más de 1.900 millones que se invirtieron en esas obras. Luego también se hizo un dragado  de más de cien mil metros cúbicos de tierra por una parte del río, que tampoco alivió la situación”, asegura Ricardo Morales, padre de la comunidad Franciscana que vive en el lugar, y cuya iglesia está a punto de ser devorada por el río.

Mientras las obras fracasaban, el Sanquianga se llevó entre otras edificaciones más,  la biblioteca del municipio y recientemente un albergue para personas de la tercera edad.  “El último derrumbe fue en la parte urbana, el pasado 25 de

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enero, se llevó una casa que se había construido para el adulto mayor, causando mucho miedo en la comunidad, porque produjo estruendo”, señala Morales.

Desde ese día la población se quedó sin agua potable porque la planta de tratamiento del acueducto también está al borde del derrumbamiento. La maquinaria utilizada para el tratamiento de las aguas, fue sacada del lugar y la edificación ahora está vacía. 

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“Con lo del agua pues nos ha tocado conseguir tanques y almacenar el agua de la lluvia y en últimas recurrir al río que está contaminado. Escuché que están haciendo todo lo posible por conseguir unos tanques, incluso el tanque de almacenamiento del acueducto ya lo están lavando, lo pintaron para ver como siguen mandando agua para nosotros” asegura doña Dora Lina al tiempo que asevera con enfado que la situación se pudo prevenir: “lo que uno no entiende es que sabiendo que era una situación que tarde o temprano se iba a presentar, no previnieron esto antes, para no tener que suspender este servicio”.

Para el padre Ricardo, quien al igual que doña Dora hace parte de la nueva zona de amenaza del río, lo más indignante y triste de todo el drama que azota a la vereda, es que las soluciones que se plantean siempre son dirigidas hacia el río y la normalización de su causa, mientras que los cientos de damnificados cuyas viviendas fueron arrasadas por el río, quedaron sin amparo alguno, no fueron reubicados y por sus propios medios tuvieron que arreglárselas para poder sobrevivir.

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“La gente se ha tenido que ir a buscar vivienda donde familiares o arrendar casas o comprar terrenos, que por cierto son bastante costosos porque el municipio no cuenta con tierras propias, todos los terrenos están en manos privadas”, afirmó el padre Morales y agregó que incluso él ha tenido que realizar actividades dentro de la comunidad para recoger algunos fondos y poder trasladar el templo y las instalaciones parroquiales.

“Los que han ido perdiendo sus casas se han ido reubicando hacía la zona de adentro, la zona aledaña del municipio, pero uno realmente no sabe si el uno irse para allá le va a garantizar que la erosión no va a llegar hasta allá, porque no hay estudios que le digan a uno si es viable o no construir allá”, afirma doña Dora visiblemente preocupada.

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Los pobladores han optado por tomar precauciones antes de quedarse sin donde vivir. Quienes viven en casas de madera, desarman  sus viviendas, quitan las tablas, el techo y todo el material que les pueda ser útil para construir en otro lado. Quienes viven en casas de cemento o ladrillo, quitan las puertas, las ventanas, los ladrillos, los lavamanos y hasta las tazas de los baños, todo lo que pueda servirles como material para edificar su próxima casa.

De acuerdo con la Gobernación de Nariño se han enviado ayudas por más de $150 millones a los damnificados, además de una comisión técnica del Comité Regional de Emergencias realiza un diagnóstico técnico en la zona. Sin embargo tanto el padre como los pobladores aseguran que no han recibido auxilios por parte de las autoridades.

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“Lo que uno escucha es que van a haber proyectos por parte de la Gobernación, que tantos millones, pero  la propuesta de reubicación, que para mí era la más viable, todavía no la he escuchado. Entonces toca como los demás, reubicarme hacía dentro aunque eso no me garantiza que allá voy a estar segura y lo peor es que acá somos gente de escasos recursos donde el costo de vida es demasiado elevado y a uno levantar el techo de una casa le cuesta”, concluye doña Dora.

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