Sabiendo que no soy ni de lejos su alumno más aventajado, me pongo a pensar en una que otra anécdota que alguna vez me contaron mis padres, que fueron sus verdaderos amigos, sobre sus vivencias de juventud en ese pueblo que tanto amó Antonio José y al que en sus últimos tiempos no quiso volver por la animadversión que le crearon algunos mediocres funcionarios de la Alcaldía por haberse atrevido a publicar en el diario El País de Cali una columna en la que afirmaba que Santander de Quilichao era «tierra de nadie».
«En mi Quilichao del alma, tierra de oro de muchas generaciones y hoy tierra de nadie, no hay autoridad. Ni civil, la primera responsable del problema, ni policial, la segunda responsable de la seguridad, ni militar que al final es la guarda de la seguridad democrática», decía Caballero con su estilo de siempre, ese de no guardarse nada y cantarle las verdades a quien sea. Denunciaba además el auge del consumo de heroína entre la juventud y la indiferencia de la administración municipal. La hipocresía, tan habitual en nuestros servidores públicos, hizo que desde la administración municipal se creara un mal ambiente en su contra diciendo que le estaba haciendo mala propaganda al pueblo. Él prefirió guardarse su amargura y pocas veces volvió, o si lo hacía, era casi que clandestino.
¿Qué puedo decir yo de Antonio José Caballero? Sí, fue quien me vinculó a RCN en Cali, unos meses después de terminar mi carrera de Comunicación Social en la Universidad del Valle y ante la recomendación que le hizo mi madre, en ese temor que creo tienen todas nuestras progenitoras cuando uno termina de estudiar y tiene que enfrentarse a la realidad del mercado laboral. Caballero abogó por mí y recuerdo los esporádicos encuentros en la sede de la emisora o en el mismo Santander de Quilichao, con regaños incluidos. Es cierto, todos coincidían en que era de muy ‘malas pulgas’, pero yo debo decir que siempre me dio consejos de periodismo, como si fuera un padre aconsejando a su hijo.
Recuerdo que una vez que salía de la emisora en el barrio Versalles en Cali me lo encontré en la puerta y me preguntó: «¿Para dónde vas?», «Para el banco a cambiar el cheque de la quincena», le dije. «¿Y la grabadora?», me indagó. «¿Para qué si voy es al banco?», respondí. Y me ripostó: «¿Y si hay un asalto y tenés que dar la noticia?». Una clara muestra de lo que ya en las últimas horas, tras su muerte, han dicho y recontradicho quienes lo conocieron: un apasionado del periodismo. Recuerdo también las pocas veces que coincidimos en uno que otro evento en Bogotá y me decía con gesto de seriedad: «¿Y la corbata?».
Hay otras anécdotas que hablan de su fino humor y que me llegan a la memoria por los relatos de mis padres. Como el cuento de que una vez lo pusieron de árbitro en un partido de fútbol (por cierto, era hincha enfermizo del América de Cali) y en un tiro de esquina se formó un borbollón en el área. Entonces Caballero se llevó el pito a la boca y sopló con fuerza. Todos, atacantes y defensores, se quedaron quietos, y uno se atrevió a preguntar: «¿Juez, qué pitaste?» Y él, ni corto ni perezoso respondió: «Montonera».
Y recuerdo, como no, cuando se sentaba con sus amigos del pueblo: el profesor Alirio Castro (que se adelantó en el viaje al más allá), Óscar Medina, Marlene y otros que hoy se escapan a la memoria, a tomar aguardiente caucano y escuchar música. Y de eso, de la vida bohemia, sí que sabía Antonio José.
Alguna vez, yo que soy un incrédulo nato, me dio por hacerme leer las cartas de una adivina. Y recuerdo que entre todo lo que me dijo me habló de un señor de pelo y barba blanca que siempre estaba pendiente de mi carrera como periodista. Hoy estoy convencido que era él y que donde esté seguirá vigilando si lo estoy haciendo bien.