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El camino de la reconciliación

Los familiares cercanos de Constanza Turbay Cote fueron asesinados por las Farc. A ella, el jefe negociador de la guerrilla, “Iván Márquez”, le pidió perdón. Al aceptarlo, asegura, se despojó de todo odio, rencor y venganza.

14 de marzo de 2016 - 11:34 p. m.
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En Colombia se han dado varios acuerdos de paz pero ninguno de reconciliación. Aquellos pactos alcanzados en el pasado, han permitido hasta una nueva Constitución donde aún no se han sanado y restañado las heridas de casi 70 años de dolor. Este es el momento para despojarse de todo rencor y venganza, atravesar los abismos que nos dividen, hallar puntos de encuentro en nuestras diferencias y abrazar el proceso de reconciliación con amor y valor.

El conflicto armado no nos ha dado respiro, hay más de siete millones de víctimas y aproximadamente cinco millones y medio de desplazados. En medio de tanto sufrimiento surgieron los diálogos de la Habana, como una esperanza cierta de paz. Viajé a la Habana cuando me invitaron en el primer grupo de víctimas, a reunirme con la Mesa de Negociación.

El gesto inesperado de Iván Márquez, de pedir perdón en nombre de la guerrilla, reconociendo que “el crimen de mi familia fue el error más grande que cometieron las FARC”, marcó mi vida; sólo que queda pendiente el perdón público.

Al sentir que fue sincero y de corazón, yo acepté su espontánea solicitud de perdón; la que recorrió cada uno de los trágicos acaecimientos de la muy dolorosa historia de mi vida, a la vez que, a partir de ese momento, he vivido y sentido ese alivió, que liberó profundamente mi dolor. Mientras Márquez me hablaba con ese insondable sentimiento de consideración, mi mente simultáneamente pensaba: “cuantas vidas se hubieran salvado si tan solo hubiéramos tenido la oportunidad de dialogar y saber la verdad”.

En La Habana experimenté cuan transformador, positivo y edificante es sentir y vivir que hay “sinceridad” en quien pide perdón. Esto mitigó potentemente mi dolor. Por ello, hoy clamo para todas las víctimas que este gesto sea diáfano y de corazón, y no como un esquema mecánico o de mero formalismo.

De esta vivencia aprendí que no solo es importante poder perdonar radicalmente para liberarse del atávico peso del odio y de la amargura. También resulta determinante para la víctima, escuchar esa manifestación honesta de arrepentimiento y de perdón. Porque al corazón se llega solamente pidiendo perdón con verdadera convicción. Es allí donde nace la tolerancia y desde donde se puede crear el acercamiento entre los enemigos. Por ello, no dudo en afirmar que el perdón es una exigencia del Derecho Natural que forma parte de esa ley que está escrita en nuestra conciencia.

Sin perdón no hay paz ni convivencia pacifica. Sin perdón jamás parará esa cadena de retaliaciones que ha enlutado a nuestro país. El perdón es el único camino que puede curar los odios, desarmar los corazones y garantizar el bienestar emocional y físico para víctimas y victimarios. De allí surge la Reconciliación y la paz.

El perdón espiritual es el puente para restablecer las relaciones rotas por la violencia. Se deben expresar las culpas, se deben remediar los agravios y mostrar propósitos de rectificación y cambio. De otro lado, el perdón judicial no es suficiente, si no se logra la reconciliación nacional. Más que sancionar y castigar, lo que se espera es verdad; que se evidencien las tramas oscuras detrás de los asesinatos. La verdad y el conocimiento público de los hechos de violencia es la mayor retribución moral en una sociedad hastiada de la guerra y de la depredación.

Además del perdón como pilar de la paz y la reconciliación, está el derecho a conocer la verdad. En mi caso, esta verdad refiere no solo al exterminio de toda mi familia y sus cinco acompañantes, sino también a la pregunta por esa mano oculta que persigue y ha estado detrás de los recientes intentos de homicidio y asesinato de más de 57 inocentes testigos de los hechos y las circunstancias que determinaron la muerte de mis seres queridos y de sus colaboradores cercanos. Infamia, que aún tiene muchas verdades por develar.

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Aún retumba en mis oídos la grabación que la guerrilla hizo circular en diferentes medios de comunicación, donde dos mandos de las Farc contaban al país, que un político caqueteño había sido el instigador del genocidio de mi familia. Para lograr la reconciliación en la región es indispensable que la guerrilla de cara al país, esclarezca completamente esa verdad y contribuya a develar la sordidez de la política que ha consumido la región. Esto indiscutiblemente conducirá al sano desarrollo y progreso del departamento.

Yo tengo fe que un día no lejano, la paz en nuestros corazones prevalecerá y a todos nos cobijará la sinfonía de la Reconciliación.

¡Colombia necesita mucho amor!

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