Praveen Agrawal (1962) y el Programa Mundial de Alimentos (1963) de las Naciones Unidas nacieron casi al mismo tiempo. “Yo soy un año más joven”, aclara amablemente Agrawal, que es el representante del programa para Colombia. Acompañado de una comisión, el funcionario recorrió algunos municipios del sur del Atlántico para entregar alimentos (220 toneladas que beneficiarán a 4.400 familias), visitó la zona de la ruptura del Canal del Dique y se reunió con el gobernador del Atlántico, Eduardo Verano. Y también, en medio de todo eso y pidiendo disculpas por la espera, habló con El Espectador.
¿Cómo se hizo esta última misión en el sur del Atlántico y qué alimentos se entregaron?
Nuestro instrumento de trabajo son los alimentos. Los utilizamos en dos formas principales. Una es salvar vidas. Es una entrega directa a las comunidades, a las personas, para que los alimentos atiendan una necesidad inmediata. Estamos entregando una canasta básica que tiene arroz, aceite, lenteja, azúcar, sal, que pueden complementar con vegetales y carne, por ejemplo.
¿Cómo garantizar una buena distribución?
Es un periodo inicial de 40 días. Estamos trabajando con el Gobernador, con la sala de crisis, para que no haya duplicidad, para que los alimentos realmente lleguen a las familias necesitadas, y por eso la entrega directa que hace el Programa Mundial de Alimentos (PMA) con su sistema de logística.
¿Qué lo impresionó del recorrido?
El desastre es bastante dramático. Las familias han salido de sus viviendas, de sus tierras. El PMA no sólo está trabajando con las personas de los albergues, sino con las personas que no han querido salir y están cuidando sus propias casas desde lejos, como se puede ver particularmente en Santa Lucía. El problema más grave que estamos viendo es el momento en que las aguas empiecen a bajar, porque habrá muchos mosquitos y muchas enfermedades, y eso deberá tener una buena fumigación, control de vectores y limpieza, porque con la inundación han venido muchas aguas negras. Todo eso vendrá un poco después. Nuestra asistencia está basada en eso: esperamos que las lluvias bajen, que ellos puedan volver, plantar y tener algo de cosecha.
En ese sentido, ¿qué se podría proponer en cuanto a tierras y la generación de alimentos?
Hay varios mecanismos. El sur del Atlántico está básicamente dedicado a la ganadería y al pancoger. Habría que ver cuántas de estas tierras pueden ser reactivadas. Yo escuchaba a la comunidad del municipio de Santa Lucía, y me decían que el pancoger que les sobraba lo podían hasta vender en el mercado. Una bolsa de 120 kilos de yuca vale como $30 mil, y eso es un costo supremamente alto cuando uno piensa que teniendo su propia producción esos gastos podrían invertirse en otras necesidades de la familia.
¿Qué propone el PMA para aumentar la capacidad de Colombia de reducir la pobreza?
Conjuntamente, con las otras agencias hermanas del sistema, estamos mirando cuáles son las brechas en la atención a las comunidades pobres, y cómo reducir esa pobreza. Uno de los mecanismos puede ser la agricultura, otro puede ser la salud, otro la nutrición. La asistencia puede ser desde la producción del alimento, hasta su consumo y acceso, y eso abarca un universo más grande.
Algunos minutos antes, Agrawal había sacado una tarjeta de su billetera para explicarlo: “Esto —y señala el cerebro de un niño desnutrido— nunca volverá a ser igual a esto —y apunta con el dedo el cerebro de un niño sano y bien alimentado—”. Lo que el PMA denomina “hambre oculta”. “Esa la vas a ver cuando vayamos a Manatí”, afirma. Y es aterrador. “El consumo, el uso biológico de los alimentos, también tiene un efecto sobre lo que es la asistencia alimentaria, porque hay que saber cómo utilizarlos, y por eso se habla de la cara oculta del hambre, eso hace que sea importante la producción: hay que tener alimentos”.