El arzobispo es alto y acuerpado, ha tenido que ser bien plantado en su juventud. Se expresa con facilidad y tiene bastante carisma. Por lo regular, los arzobispos de Cali despachan desde la sede de la Arquidiócesis, en el centro histórico de la ciudad, y viven al norte, en una casa estrato seis. No es el caso de monseñor Darío de Jesús Monsalve. Tiene su hogar en un barrio del sur lleno de pobreza y mucha actividad. Es como una casa campestre que, remodelada por él, antaño fea y deteriorada, hoy está llena de jardines con grandes diseños y una vieja pila de agua. Su escritorio es una belleza: fue trabajado artesanalmente en madera, con incrustaciones doradas, y perteneció a un antiguo arzobispo de Cali.
Es buen anfitrión. Recibe visitas en un salón contiguo al de trabajo, rodeado éste último por otro jardín con orquídeas blancas y una rana coclí. Su hermana mayor y su papá, de 93 años, están de visita desde Medellín en el momento en que llega El Espectador y son testigos de la conversación, en la que monseñor se muestra interesado por la problemática del Valle, las deficiencias financieras de los hospitales Departamental y San Juan de Dios y los escándalos políticos de la región.
Esa preocupación, que desbordaría la órbita de acción de otros voceros de la Iglesia, le ha granjeado tanto adeptos como momentos incómodos, pues no falta el caudillo político al que le moleste su estilo de pregonar la fe católica. Hoy, por ejemplo, sigue siendo tema de conversación su reciente Sermón de las Siete Palabras, ya que monseñor aprovechó la concurrencia de feligreses para reflexionar, más allá de los temas estrictamente relacionados con la pasión de Jesucristo, sobre la violencia, la corrupción, los errores del Estado, la lucha contra la pobreza y hasta las equivocaciones de la Iglesia. Habló de la justicia penal para los delincuentes, de la justicia social para los pobres y de los sacerdotes vinculados a escándalos sexuales.
“La cuarta palabra —dijo el día del sermón— nos estremece a todos: Dios no puede seguir ausente de la tragedia humana. No podemos seguir ocultando y destruyendo el rostro de Dios ante los niños y niñas, abusando en su nombre de ellos, de su inocencia, de la confianza o la de sus familias. Esto resulta criminal y escandaloso cuando los protagonistas son sacerdotes o religiosos, obligados a transmitirles a todos, especialmente a los niños, la verdad de Dios, con respeto total a su dignidad y con una trasparencia de vida que no deje sospecha alguna. La pederastia y los abusos sexuales cometidos por algunos no pueden destruir la confianza social ni la identidad segura y cierta de los pastores católicos en nuestra misión de servidores de todos para que se pongan en relación filial con Dios y fraterna con sus semejantes”.
No es la primera vez que habla fuerte. Desde su trajinar en su vida sacerdotal ha sido muy crítico, y ahora, con sus 65 años, confiesa que hay que hablar con la verdad. Nacido en Valparaíso, Antioquia, fue obispo auxiliar de Medellín durante ocho años, y luego prestó su servicio sacerdotal en Santander y Boyacá. Realizó estudios en filosofía y teología en seminarios de Jericó y Bogotá e hizo una especialización en temas bíblicos. Fue delegado diocesano para la Pastoral Juvenil y Vocacional, y también ha estado vinculado a la Conferencia Episcopal Colombiana.
Monsalve Mejía ha recorrido el país desde que se ordenó sacerdote, en 1976, y una de las cosas que más le llaman la atención es que encuentra los mismos problemas sociales, pero “ya no hay tantos sacerdotes críticos”.
En la primera palabra de su reflexión del pasado Viernes Santo, usted habló de liberarse de las cadenas a través del amor.
Las formas de esclavitud que tenemos actualmente necesitan ser identificadas, no sólo por los ciudadanos, sino por las autoridades, y confrontadas por esa fuerza de liberación que es el perdón. Eso no significa desconocer esas cadenas ni absolverlas… el secuestro es la más tremenda de esas cadenas, practicado por la subversión y las autodefensas.
Las Farc dicen ahora que quieren dejar de secuestrar y hasta hablan de un diálogo de paz.
Mientras no haya diálogo, son palabras que se las lleva el viento. Hay que tener un interlocutor; lo que se necesita es que se defina la voluntad de diálogo, que debió haber llegado hace tiempo. Si se sigue atrasando, se traduce en muertes de guerrilleros, militares, soldados y policías colombianos. No podemos seguir en la violencia estatal.
¿A qué se refiere?
La respuesta del Estado la califico sin límites éticos. Esa violencia de los bombardeos, zonas enteras y grupos humanos, así explícitamente. Con todo el respeto, me pregunto si es una respuesta legítima de un conflicto interno, de un Estado democrático y de derecho. Hay que reflexionar sobre esos métodos de respuesta. Esa guerra de exterminio recíproco es lo más fatal en lo que se ha metido el Estado colombiano.
Durante el Sermón de las Siete Palabras usted habló de clamar contra la corrupción y la complicidad de la violencia y de un compromiso para humanizar nuestra sociedad.
Sí, significa un manejo de los recursos públicos sin interés individualista. Se requiere de una acción preventiva, que significa la selección de los servidores públicos, que debe acompañarse de un análisis muy claro de las hojas de vida, de la conducta de cada persona. Debemos generar el espíritu ciudadano de servicio y desmontar todo ese sistema de propinas de la contratación que tiene el Estado colombiano. Es un sistema de porcentajes que de por sí legaliza la corrupción.
También se refirió el Viernes Santo al abuso sexual de los niños por parte de algunos sacerdotes de la Iglesia católica.
La pederastia es una patología, un crimen y un gravísimo pecado. La tolerancia con este tipo de realidades no puede darse nunca desde la Iglesia. Y si se dio en alguna forma, es también un reflejo de una tolerancia de la sociedad colombiana (hacia un comportamiento) que ahora ha despuntado como asunto delictivo y criminal en las cabezas de clérigos y de religiosos. No podemos seguir ocultando y destruyendo el rostro de Dios ante los niños y niñas, abusando de ellos en su nombre. La Iglesia tiene que comprometerse a acompañar a las víctimas y a las familias, para superar ese problema. En Cali ya lo estamos haciendo.
La justicia social en nuestro país es otro de los temas tratados en su reflexión de la pasada Semana Santa. Habla especialmente de pan, amor, justicia social y de la dignidad de las personas.
Hay que revaluar estos conceptos desde lo religioso, lo político y lo social; así como esa ansiedad por el dinero y los bienes materiales de la sociedad colombiana. Debemos pensar cómo estamos construyendo el bienestar y cuál es el concepto de prosperidad con el que nos engolosinamos desde lo religioso y lo político. Hay que volver más social la riqueza, buscando mecanismos de solidaridad, de ingreso legal garantizado para los ancianos, los enfermos y los niños. Ojalá que el Estado y la Iglesia sean un vínculo, no en migajas, ya que hay gente excluida de la alimentación, del agua potable y de unas viviendas más humanas.
¿En qué consiste su propuesta de una justicia independiente, autónoma y con auditoría internacional?
Lo que más me preocupa como pastor y como ciudadano es la justicia en toda su dimensión, no sólo la justicia social, no sólo la justicia restaurativa, a la que tenemos que comprender en un contexto conflictivo, sino la justicia en términos legales. Porque si un sistema jurisdiccional no es independiente de los demás poderes, no es eficiente y oportuno. Lo primero que tiene que hacer Colombia es no permitir la destrucción del sistema de justicia.
Pero el sistema judicial va a ser reformado por parte del Congreso.
Cómo van a reformar la justicia cuando algunos de ellos están en proceso de someterse a ella: los congresistas relacionados con la parapolítica, el Ejecutivo con el tema de estos ocho años hacia atrás y todo lo relacionado con los procesos de los mismos estamentos militares. La misma rama de la justicia tiene problemas, ya que se habla del carrusel de pensiones. Los que están implicados no tendrían la autoridad moral para decir “vamos a reformar la justicia”. Lo sano para el país es recurrir a una instancia imparcial e internacional de justicia, una asesoría de países donde la justicia funcione bien. Son modelos que valdría la pena confrontar, y no apresurarnos en una reforma a la justicia cuando hay tanta desconfianza sobre su contenido.