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El surfista iletrado

Juan Carlos de Luque, uno de los mejores surfistas del país, con cuatro torneos nacionales, no sabe leer ni escribir.

11 de mayo de 2014 - 09:30 p. m.
Juan Carlos de Luque es conocido como ‘Ganchito’. / Jesús Fragozo Caro
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En el bíceps de su brazo izquierdo tiene un tatuaje que dice en letras góticas: “Puerto Colombia Represent”. La imagen guarda un significado especial, pues Juan Carlos de Luque aprendió a surfear en la punta del destartalado muelle, con una rústica tabla de madera que servía para sostener un colchón. Tenía ocho años cuando se metía en ropa interior a las playas de Pradomar y seguía a los surfistas que llegaban a Climandiaro, lugar en donde más se práctica este deporte en el Atlántico. Por aquel entonces decidió irse de su casa y, sin proponérselo, se convirtió en un “adicto” a las olas, como el que no deja de fumar marihuana para sentirse aliviado.

Ganchito es tan popular como las películas de Cantinflas en México. No sabe con certeza por qué a su papá le dicen Gancho, pero por esa misma razón a él lo llaman así, con diminutivo. Aunque ha sido campeón de cuatro torneos nacionales de surf y es uno de los más destacados surfistas del país, Juan Carlos no sabe leer ni escribir. Sólo estudió hasta tercer grado de primaria. Según el Ministerio de Educación Nacional, hasta el año 2013 había 1’600.000 colombianos analfabetas.

Una vez, Ganchito tartamudeó tantas veces para decir “fosforescente” que quienes estaban a su alrededor creyeron que no lo iba a lograr, aunque al final sólo dijo: “forescente”. Hablaba de su tabla de surf, que es blanca y brilla en las noches. Hasta hace poco logró arreglarla pues la había partido mientras cabalgaba algunas olas.

A sus 28 años, Juan Carlos duerme en una de las hamacas de un hotel en Climandiaro, o donde lo coja la noche. Eso es tan incierto como su participación en las competencias de esta disciplina . Hace más de un mes se quedó por fuera de un torneo que se realizó en Cartagena. Cuando consiguió el dinero para ir a la Heroica ya había terminado la jornada de inscripción y no pudo participar. Edgardo Arjona, surfista y presidente de la Liga de Surf del Atlántico, dice que no se cuenta con suficientes recursos para patrocinar a los deportistas, y hace apenas un año funciona la liga.

De Luque nació en el corregimiento Punta Gallinas, municipio de Uribia, en La Guajira. Del punto más norte de Suramérica fue a parar a Puerto Colombia, lugar en donde entonces trabajaban sus padres. Y de allí nunca más volvió a salir. Vaya usted a saber cuáles fueron las razones por las que decidió irse de su casa. Sólo dice que su padre es un “desconocido”, aunque en Pradomar lo llaman —todo el tiempo— por el apodo de su papá.

En 2002 ganó su primera competencia. Luego ganó en 2005. En 2011 se coronó campeón de la Segunda Válida del Circuito Nacional de Surf que se organizó en Colombia. Ese mismo año ocupó el tercer puesto en el Red Bull Luna Surfera, primera válida nocturna que se realizó en el país. Y en 2013 volvió a subirse al podio con el primer puesto en la modalidad surf.

Los domingos cuando ayuda a un grupo de instructores a dictar clases de surf en Pradomar, se gana $20.000, que en ocasiones se convierten en su único sustento para varios días. Ganchito no se explica cómo, pero los últimos 20 años de su vida los ha pasado lejos de su familia. El dueño del hotel en donde duerme casi todas las noches, Lucho Álvarez (otro surfista), es quien siempre ha estado pendiente de él y hasta le da de comer. Quizá es la única figura paterna que ha tenido en años.

Tiene 19 tatuajes, una enorme cresta que ha perdido su tono rubio, la piel tostada por el sol y una argolla en la oreja izquierda. De Luque no cuenta con la ayuda de un patrocinador, pero se está preparando para participar en una válida que se realizará dentro de un mes en las playas del Tayrona, en la que se disputan dos tablas de surf y $2 millones.

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Ganchito quisiera terminar de estudiar para escribir y leer sin mayores complicaciones, y luego —aunque parezca ilógico— radicarse en Hawái, en donde podría surfear las olas que sólo ha visto por televisión: las que superan los 10 metros.

 

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