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“Fue como si el mar hubiera pasado por el barrio”

Los testimonios de los pobladores de Mocoa retratan las horas de pánico que se vivieron y la angustia que permanece. “Habrá que esperar y seguir viviendo con un ojo abierto”, resumió una víctima.

01 de abril de 2017 - 09:52 p. m.
AFP
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A Octavio Hernández la tragedia lo sorprendió durmiendo. Apenas cinco horas antes había llegado a Mocoa en un bus de Cootranshuila, proveniente de Pitalito. Estaba cansado, su actividad como comerciante lo tenía extenuado. Llegó a su casa, situada en el barrio San Miguel, cenó con café y un pan y se acostó a dormir. A las 11:45 p.m. el grito de Mercedes, su vecina, pidiendo auxilio porque no encontraba a su hijo de cinco años, lo dejó en pie de un solo golpe. “No entendí qué pasaba, estaba oscuro, la gente corría de aquí para allá. Lo que hice fue coger el morral y salir corriendo como todos”. (Lea: Causas y recomendaciones tras la avalancha en Mocoa).

El testimonio de este hombre de 25 años, soltero y quien tan solo se había trasladado a este barrio hace dos meses, se entremezcla con otras voces entrecortadas de mujeres y de hombres, aglomerados en las puertas del hospital José María Hernández, el centro asistencial en donde han llevado a la mayoría de los afectados en la tragedia de Mocoa. (Galería: Las desgarradoras fotos que deja la avalancha en Mocoa

“Es que me dijeron que a mi hijo lo trajeron acá. ¿Es verdad? Estaba en donde la prima en el barrio San Fernando. Tiene 12 añitos”, comenta una mujer. “Esto es tremendo. Aquí estamos acostumbrados a la lluvia, pero no a una cosa como esta. A mí se me llevó media casa. Afortunadamente mi esposo, que estaba cerca, solo resultó golpeado en la cabeza, pues le cayó un pedazo de teja”, observa otra persona. “Dicen que fueron tres ríos que se desbordaron, pero como si el mar hubiera pasado por el barrio. Ahora toca buscar, entre el lodo y piedras a ver si encontramos la cama, la ropa, los enseres o las ollas de la cocina”.

Mocoa hoy es una dolorosa polifonía de voces, de ruidos extraños, de pedazos de pared que siguen cayéndose o que los habitantes tumban con picas y palas para que no causen más tragedias. La madrugada del sábado 1 de abril fue un día triste para Putumayo, un día para recordar y también para olvidar.

La huida de la aguas

A las 9:00 p.m. en los barrios Esmeralda, Pablo Sexto y Progreso, los habitantes se disponían a descansar. Alberto Cifuentes había comprado dos libras de arroz y una libra de chocolate en la miscelánea la Independencia. “Me iba a tomar una cerveza de afán, pero me arrepentí. Un muchacho en bicicleta dijo que el clima estaba para encerrarse a ver televisión. Eso hice y fue lo que me salvó. Cuando las aguas nos sorprendieron alcancé a sacar a mi mujer y a mis dos hijos por la carrera 4a hacia arriba”.

Unas horas después. este habitante, de profesión albañil, no encontró su casa, únicamente un montón de barro, mezclado con palos y tejas “destartaladas”. Su mirada lo dice todo. “Bueno, al menos estamos vivos. Por ahí escuché a una vecina que no encuentra a su hijo de cinco años. Ahora, ¿en dónde vamos a vivir?”, agrega con voz entrecortada.

Rosamina Fernández, reside en el barrio San Miguel. En la noche del sábado quería confeccionar una blusa para el cumpleaños de su nieta, pero el fluido eléctrico dejó de funcionar y no pudo terminar. Pensó que en la casa de su hija, distante a seis cuadras, podría haber energía. Entonces pidió a su otra nieta que la acompañara. “Eso fue lo que me salvó la vida. Quedé sin media casa, pero estoy viva.

Y es que ni la terminal de transporte se salvó de la fuerza de las aguas de los tres ríos que se desbordaron. Tejas caídas y tierra y lodo hacen parte de la escena. En las calles aledañas, en donde generalmente se parquean camionetas y camperos todo terreno, algunos vehículos resultados averiados. “Fue como los arroyos de Barranquilla. A un compañero se le llevó el carrito como tres cuadras y entre todos lo ayudamos a sacar porque iba a estrellarse contra un muro”, relata Diógenes Buitrago, conductor de la empresa Cootransmayo.

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La ayuda es generalizada

Entre tanto, aquellos a quien las aguas no los afectaron, decidieron unirse para ayudar a sus vecinos, amigos y familiares. Clemencia Leguizamón se pudo las botas pantaneras y se unió a un improvisado grupo de ayuda y rescate. Desde las primeras horas del sábado se puso al frente de sus vecinos, se acercó a un miembro de la defensa civil y dijo: “Dígame en qué ayudamos”, señalando a un piquete de hombres y mujeres, armados de palas, picas y escobas.

Pero no solo la señora Leguizamón está hoy preocupada por la situación. Soldados, integrantes de los organismos de socorro y muchos pobladores, se han dedicado a buscar personas atrapadas o, incluso, cuerpos sin vida, refundidos entre el barro y las piedras. “Vea, hay que ayudar. Esto es como un Armero. Hay un poco de niños corriendo por ahí buscando a sus papás. Eso no puede ser. Hay que reunirlos en alguna parte y darles comida. En estos momentos es cuando hay que meter una mano y con la otra limpiarse las lágrimas”.

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A su vez, el Consejo Departamental de Gestión del Riesgo de Putumayo, señala que por ahora hay en Mocoa al menos 120 personas heridas, 300 familias afectadas en 17 barrios y un sinnúmero de viviendas afectadas y 2 puentes destruidos. Carlos Iván Márquez Pérez, director de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, destaca que: “La situación es muy compleja. Para ello se activó un plan de contingencia, unido a una sala de crisis ya instalada. Hay por lo menos 150 personas para hacer efectiva una primera respuesta y la maquinaria dispuesta en el lugar empezó a actuar de inmediato”.

El alcalde José Antonio Castro pidió al Gobierno total respaldo. “Todos los barrios aledaños a los ríos, prácticamente muchos de ellos, quedaron casi desaparecidos. Hay un número indeterminado de desaparecidos, de niños y adultos que no alcanzaron a salir, que todavía no han sido reportados”.

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Mientras tanto, un solo pensamiento ronda entre los habitantes de Mocoa. “¿Será seguro quedarse en casa? Pues a mí me tocará, quedarme despierta porque aquí en Laureles (uno de los barrios afectados) a mi casa no le pasó casi nada. Pero ¿y si siguen las lluvias? ¿Eso quién me lo responde?”. Esta es la dicotomía a la que se enfrenta Gladys Moreno, madre soltera de dos niños y quien trabaja en la plaza de mercado, mientras observa el estado que quedó uno de los dos puentes destruidos por las aguas.

“Ahora habrá que esperar y seguir viviendo con un ojo abierto”, concluye.

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