No me gusta que me llamen líder de este modelo que hoy se conoce como Asprocig (Asociación de Productores para el Desarrollo Comunitario de la Ciénaga Grande del Río Sinú). Prefiero ser un miembro más de un equipo de trabajo del que hacen parte 32.000 personas y 98 organizaciones, y que abarca nueve municipios del noroccidente del país: Lorica, San Bernardo del Viento, Cotorra, Purísima, Momil, Tuchín, San Andrés de Sotavento, San Antero y Moñitos.
Este modelo es un experimento de reconciliación social entre los diferentes grupos de un territorio. Todos los actores rurales nos reconocemos y nos unimos. La diferencia es que las otras organizaciones son de indígenas, campesinos, pescadores y afrodescendientes. Pero cada quien por su lado.
La organización nació en 1991. Yo ya soy parte de los muebles aquí. Llevo trabajando 25 años en Asoprocig, que surgió con el propósito de que todos los actores permanecieran en el territorio de manera pacífica. Claro que hubo un detonante y fue la necesidad de restaurar la biodiversidad en la cuenca baja del río, una zona que conecta el Chocó biogeográfico con el Caribe. Un lugar de 360 kilómetros de páramos, selva húmeda tropical, bosque seco tropical, manglares, mar Caribe, además del complejo de humedales más importante del país.
Nos percatamos de que el problema de la región era el modelo de desarrollo, como cultivos de camarón, plantaciones comerciales, monocultivos de arroz, maíz, algodón y palma africana. Todo esto, era, a la larga, excluyente con las poblaciones marginales. Se estaban destruyendo los ecosistemas naturales que daban sustento a 1’600.000 personas de tres departamentos: Antioquia, Córdoba y Sucre.
El daño al medioambiente empezó a agravarse con la construcción de la hidroeléctrica Urrá I, que cambió el régimen hidráulico en la cuenca baja del Sinú, desapareció la pesca de bocachico y alteró los regímenes del suelo que son claves para los cultivos campesinos.
La hidroeléctrica sigue funcionando. Todavía se ven erosionadas las riberas del río y los peces que antes lo remontaban para reproducirse ya no pueden hacerlo porque la presa del dique no los deja pasar. Pese a esto, el diálogo que hemos tenido con otros actores ha sido productivo.
Por ejemplo, los ganaderos están adoptando sistemas silvopastoriles más amigables con el terreno, los sistemas de agua alternativos funcionan con energía solar, se hacen proyectos alternativos de aguas basados en el fundamento de la solidaridad. Y hay sistemas agroecológicos en diques altos que aplican toda la tecnología que utilizaron los indígenas zenúes con la creación de diques y canales que permitan el flujo del agua libremente, pero que protegen los cultivos en las partes altas.
La mentalidad de los actores ha cambiado. Los agricultores han ido entendiendo que no pueden aplicar indiscriminadamente agrotóxicos, porque los insectos polinizadores mueren y se disminuye la producción. Los ganaderos entienden que no sólo deben tener cultivo de pastos para las vacas sino integrarlo con especies vegetales para no desecar los humedales, porque la población se pone en riesgo.
Lo más difícil para mi en todo este proceso ha sido equilibrar los poderes y darles voz a los más débiles. Lo cierto es que al final siempre gana el diálogo porque no hay soluciones impuestas sino negociadas. Los enfrentamientos no han tenido soluciones a largo plazo. Siempre generan heridas, ganadores y perdedores. Y si se acaba vuelve a tomarse el conflicto, en otra generación. En cambio analizamos que el territorio nos pertenece a todos. Todos debemos convivir pacíficamente en él”.