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La diversidad y el deseo: entre la contingencia y la imposición

Aunque hoy por hoy se reconoce el deseo femenino a su sexualidad, este deseo y su satisfacción siguen mediados por siglos de dominio machista y por una definición masculina del concepto.

08 de mayo de 2016 - 09:20 p. m.
/ Diana Sánchez
Foto: DIANA SANCHEZ
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Quien transite por Bogotá últimamente no puede haber evitado ver las vallas por doquier promoviendo iniciativas y actitudes para que esta se vuelva una ciudad “mejor para todos”. Algunas nos instan a respetar la diversidad: las diversas identidades y subjetividades, los diversos cuerpos y fisiognomías, los diversos estados de capacidad y las diversas sexualidades —preferencia, prácticas y deseos— de las gentes, se imagina.

La diversidad, empero, no es siempre y del todo un bien. Hay una buena, que emerge de las contingencias de la vida, del libre desarrollo de la personalidad y la vida, y en la medida en que no representa una coacción ni una violencia contra alguien más, debe respetarse. Tal diversidad debería pensarse como un bien social y nunca como una amenaza o una desviación, ni en términos del individuo ni en términos de la sociedad.

Pero hay, además, una diversidad problemática: la diversidad forzada, impuesta. Esta diversidad puede funcionar para oprimir y perjudicar en la medida en que es una obligación, regulada culturalmente y, por ende, una fuente de alienación, aflicción y en fin, infelicidad.

La diversidad del deseo es un ejemplo de esto. Y por lo general —pero no exclusivamente— es la mujer el blanco de esta diversidad impuesta.

Se dirá que no, que después de años de feminismo y lucha por la igualdad de sexo y de género, hemos reconocido que las mujeres y los hombres tienen el mismo deseo, o por lo menos un deseo más o menos similar. Habiendo reconocido este hecho, los padres de familia hoy día, por ejemplo, son mucho más realistas que antes en cuanto a las vidas íntimas de sus hijas: pueden entablarles conversaciones sobre su sexualidad, el sexo seguro, y los novios, conscientes de que sus hijas, guste o no, son sujetos sexuales.

Pero el reconocimiento del deseo femenino es, de hecho, de un deseo supuestamente femenino: impuesto, obligatorio, que sirve para controlar a las mujeres, en la medida en que no es un deseo libre a desarrollarse, sino uno precisa y necesariamente femenino, aprobado y apropiado para la mujer. La libre expresión de su deseo les queda intervenida, estrechamente vigilada y regulada: controlando los actos, se controla el deseo, y se controla —pero hasta dónde, ¿quién sabe?— la mujer.

El deseo del hombre, al contrario, es por lo general un deseo sin límites, exento de controles. Puede satisfacerse con cualquiera, mientras que el deseo de la mujer sólo puede satisfacerse con el novio. El hombre insaciable es mucho hombre; una mujer así es una mujer profundamente problemática: no da gusto sino susto (y no sólo a los hombres). Le toca moderar su deseo, su apetito sexual (como le toca moderar su apetito a la hora de comer). Es decir, siempre que el deseo femenino se enfoca en una pareja estable, y es moderado, somos respetuosos al respecto. Pero un deseo desatado, flotante, amorfo y poderoso no se puede tolerar.

El único que tiene derecho a semejante deseo es el hombre heterosexual (no todos, claro: la raza y la clase pueden restringir este derecho). Él puede vivir por conquistar, sin consecuencias. Cuando joven sus propios padres están orgullosos de sus conquistas o su potencia en ese campo. Ya grande la sociedad y hasta las mismas mujeres conquistadas lo admirarán. Su deseo es natural, propio, y valorado. Es imparable —tanto que incluso el hombre que, supuestamente, ha renunciado su derecho al deseo intenso y flotante (un hombre casado, digamos), y ha decidido a reservarlo para una sola mujer, es visto como simplemente débil al sucumbir a otra mujer, al tiempo que este adjetivo sería el último empleado para describir una mujer que se permitiera satisfacer su deseo por fuera del matrimonio.

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No se pretende aquí argumentar que el deseo sea uno. El deseo es vasto y múltiple. La diversidad de deseo contingente, orgánica, emergente, hemos de respetar y cuidarla. El problema es que como cultura, como sociedad, impongamos deseos y formas de desear que inhiben el libre desarrollo del sujeto; peor aún, agenciemos el autosometimiento a esas imposiciones y regulaciones, propiciando desenlaces no del todo fortuitos o, por decirlo así, antidemocráticos. Respetemos la diversidad contingente, pero no la diversidad impuesta y obligatoria. De esta manera podemos ir construyendo una ciudad (y un país) realmente mejor para todos, y todas, también.

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