El 24 de noviembre de 2016 fue jueves. Esa mañana aún se afinaban detalles logísticos en el Teatro Colón, en Bogotá, para hacer la “refirma” del Acuerdo de Paz, pues un primer evento había tenido lugar en Cartagena dos meses antes. Por supuesto, no había la misma emoción ni la pomposidad que tuvo el acto del fin de la guerra entre el Gobierno y las, en ese entonces, Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc). En Bogotá, como si se recogiera el espíritu de la capital, el acto fue más sobrio. Pero no por eso con menor significado histórico. Allí se llegaba tras la derrota del Sí en el plebiscito, de días y noches de intensa discusión, renegociación y modificaciones al texto que inicialmente se había pactado y firmado.
Hace un año Juan Manuel Santos llegó al Colón como el presidente de una nación que, aunque había sido derrotado en las urnas, se sobrepuso y dio un paso decidido para acabar con uno de los conflictos más largos del continente y el mundo. Por su parte, Rodrigo Londoño, Timochenko, el jefe de la guerrilla más antigua del hemisferio, pedía perdón a los colombianos y se aprestaba a dejar las armas para dedicarse a la política. Ayer, en el mismo escenario, los dos personajes se vieron nuevamente las caras para conmemorar la fecha: uno como un presidente al que al sol ya le pega en la espalda, pero quedó en la historia de Colombia y es Nobel de Paz; el otro como el director de un nuevo partido político que decidió mantener el acrónimo con el que se identificó durante la guerra y que decidió cambiar las balas por los votos.
Ante el auditorio, el presidente Santos fue el primero en tomar la palabra. El telón estaba arriba. Y en la mitad su atril con la bandera de Colombia. Dio un discurso largo, se extendió en el balance de las bondades que la firma del Acuerdo de Paz le había traído el país: que se habían salvado muchas vidas, que los colombianos podrían llegar a lugares del territorio a los que las balas no los habían dejado entrar, que los ocho millones de víctimas necesitaban y tenían el derecho a conocer la verdad, que la Corte Constitucional le había dado un empujón a la Justicia Especial para la Paz (JEP). Y sólo hasta el final de sus palabras, lanzó dardos contra la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC) y los equiparó con la oposición de derecha. “Hay quienes ven el vaso medio lleno, pero otros siempre lo quieren ver medio vacío. Ahora la FARC y la extrema derecha coinciden en esto último. Y a los dos les conviene criticar al Gobierno y al Estado por un supuesto incumplimiento. Bienvenidos a la democracia. Están haciendo política”, dijo el presidente, rompiendo con la prudencia que ha tratado de mantener a pesar de la fuerte marea. Es consciente de que ya le queda poco.
Entonces le correspondió la palabra a Timochenko, pero no desde el mismo atril que habló el presidente. Desde un lado de la tarima, el jefe de la FARC se dirigía a los asistentes con un discurso romántico pero aterrizado a la situación política actual. Dejó claro que no piensan echarse para atrás en su decisión de dejar para siempre las armas y que lo pactado sólo será implementado con la compañía de millones de colombianos que soñaron alguna vez con que el conflicto armado podía tener una solución política. “Somos un partido serio”, señaló Londoño. Pero también aprovechó el espacio para criticar a ese mismo Congreso que había refrendado los textos de La Habana meses atrás y que, para él, hoy “parece empeñado de modo vergonzoso en hacer trizas” el Acuerdo. Sus palabras también fueron para la Corte Constitucional y, con nombre propio, para el fiscal Néstor Humberto Martínez Neira: “La justicia ordinaria siempre fue un arma más en la guerra y ahora la pretenden usar en la paz”.
Las conmemoraciones son necesarias, sobre todo, para no dejar olvidar lo que aún falta para estar completo. Y a la paz le hacen falta varios pedazos, como un extenso rompecabezas en construcción. El segundo acto de la ceremonia fue en La Montañita (Caquetá), un municipio afectado históricamente por la violencia, que se ubica a unos 31 kilómetros de Florencia. Desde allí, el Gobierno le informaba a la población sobre los avances de las promesas de paz, como las vías terciarias y los proyectos de infraestructura, pero sin desconectarse de otras preocupaciones, como la estatutaria de la JEP, la urgencia por mejorar las condiciones de seguridad para los pobladores y excombatientes de la antigua guerrilla.
Rodrigo Rivera, comisionado para la Paz, concentra esfuerzos en hacer pedagogía de los acuerdos. Explicar que no se trata de un proceso realizable de la noche a la mañana, y que tomar atajos se traduciría en un acto de irresponsabilidad. El otro asunto es la concertación con los miembros de la FARC para gestionar la reincorporación productiva con proyectos concretos, tangibles y sostenibles en el tiempo. Sin embargo, lo que parece más difícil es lograr el perdón entre los ciudadanos que, de alguna u otra forma, se enfrentaron. “La gran asignatura pendiente en Colombia, de la que no sabemos, es la reconciliación. Hemos probado ser expertos en violencia y paz, pero la recurrencia de los ciclos de violencia demuestra que no sabemos de reconciliación”, comentó Rivera. ¡Feliz cumpleaños para la paz!