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La vida a los 69

El periodista Óscar Domínguez reflexiona sobre la antesala del séptimo piso. Superó el cáncer, sufrió ‘bullying’ en su infancia y no piensa perderse su muerte.

22 de octubre de 2014 - 12:17 a. m.
El periodista Óscar Domínguez en su casa en Medellín. / Luis Benavides
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Nací a temprana edad, como diría Marx (Groucho, no Carlos) hace 69 octubres, el 6, día de San Bruno, abad. Confieso esa edad y la gente suelta una cierta sonrisa. Ignoran los tales que todavía me doy el lujo no solo de jugar ese kamasútrico número al chanche o incluirlo en el baloto, sino de practicarlo con relativa solvencia en el tálamo nupcial.

Abuelo tres veces –voy para el cuarto- ennietezco a paso de ganso. Y envejezco de una forma obvia: cambiando de médicos. Se ocupan de estas carnes urólogos, neumólogos, odontólogos, oncólogos, gerontólogos y otros “ólogos”… que se dedican a la atención integral al adulto.

Me creía inmortal hasta que me dio cáncer. Finalmente, mis médicos de Colsánitas, se encargaron de poner orden en la sala. Quedé tan bien después de la visita del bisturí que, de nuevo, soy candidato a morir aliviado.

En pleno achaque prometí cambiar de vida radicalmente. Ser mejor para mí y para mi entorno. Me alivié y volví a las andadas. Dios me perdonará. Es su oficio, decía un alemán distinto a Alois Alzheimer quien también empezó a coquetearme, no recuerdo por qué. Es más, quisiera que no me amara tanto

A los primeros 69 debo admitir que a mí la plata me la dieron en salud, con la mencionada escala técnica en el cáncer. Y en gente, empezando por mis taitas y mi mujer. ¡Qué bien casado quedé un jueves en la mañana, hace 41 años! Ojalá ella pudiera decir lo mismo.

El almuerzo de bodas, en Las Acacias de Chapinero, lo pagaron los cuatro padrinos, únicos asistentes. Del “mártirmonio” sobrevive una mera fotico con el fondo de un carro ajeno.

Nos casamos en la capilla de los agustinos recoletos en Suba, al noroccidente de Bogotá. Nos leyó la epístola de Pablo fray Carvajal, mi profesor de latín y literatura en el seminario La Linda, de Manizales, donde hice una forzosa escala teológica.

No tengo claro si mis padres querían un hijo cura o simplemente deseaban desembarazarse de mí. Creo que ambas cosas. Finalmente, los votos de castidad, pobreza y obediencia, y la teología, me quedaron grandes. A veces, Dios hace las cosas bien, como el Carvajal de la cuña.

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Mis dos hijos, Andrea, periodista de la Sabana, y Juan Fernando, neuroantropólogo de Los Andes, son nuestro aporte al mejoramiento del planeta. No exagero. Espero no haberlo hecho demasiado mal como taita. Pude haberlo hecho mejor. Cuando ya no se usa, a manera de mea culpa, procuro lucirme con los nietos, “la verdadera encarnación”, según el guaduólogo manizaleño Simón Vélez.

En la mañana de mis primeros 69, me miré con lupa al espejo, y apenas reconocí al bípedo de décadas atrás. Sentí que había empezado a desaparecer, como escuché en una película antes de dormirme.

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“¿En qué momento nos volvimos tan viejos?”, me preguntó una vieja examiga en una parada de bus. Apenas nos reconocimos detrás de nuestros respectivos códigos de barras, el eufemismo por arrugas.

Nunca fui de esos sujetos ejemplares que se fijan metas. He hecho algo más práctico: he vivido el día a día. Los días que uno tras otro forman la vida, diría con Aurelio Arturo.

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De niño, quería crecer para parecerme a Tony Curtis. Me surgió la idea como reacción contra mis #$%&#” compañeritos que practicaban “bullying” conmigo en la escuela José Eusebio Caro, de Aranjuez, en Medellín, porque era montañero, de Montebello. Me vengué siendo el mejor de la clase. Y jugando fútbol con alguna destreza que no me alcanzó para jugar en las inferiores de Nacional.
En casa somos de la diáspora. Mis padres y cinco espléndidos hermanos, desembarcamos en Medellín expulsados, Versalles y Santa Bárbara por haber nacido liberales. Goditos caritativos le informaron a mi taita, Don Luis, que había planes poco amables para él y que mejor se abriera. Por los hermanos conservadores nos volvimos citadinos a la brava. Agradecidos.

He tenido la mejor de las riquezas: esa en la que no ha faltado un carajo. Más bien ha sobrado algo pa derrochar sin estridencias.
En algún momento de mi travesía no sabía qué hacer con mi vida, ni ella conmigo. Gracias a una escasez que “hubimos” de estudiantes de periodismo fui llamado a rellenar el cupo en la U. de Antioquia. Sin terminar, decidí desertar a Bogotá con mi diploma: un tres raspao en literatura que me regaló mi profe, el gordo Elkin Restrepo.

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De los 69 años que tengo, viví 45 con sus noches en Bogotá, ciudad de la que me enamoré a segunda vista. En la primera ida, apenas aguanté un mes. Hace veinte meses estoy de regreso a Medellín que voy reencontrando. La nostalgia ahora es al revés: añoro la capital de los cachacos. Soy lo que técnicamente se llama un bogoteño.

En Bogotá se me apareció la Virgen en la figura de uno de mis grandes amigos de “jodentud”, Álvaro Vasco, mi alma gemela que llaman. Vivía en su casa, comía en su restaurante, Frutalia, un parche para nostálgicos paisas. El hombre me consiguió chanfa como patinador en el Noticiero Todelar. El Loco Alberto Giraldo me reclutó para el periodismo con salario de ochocientos pesos mensuales. Amo a los dos finados. Me libraron de ser jíbaro en Junín.

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Con el periodismo he levantado para los garbanzos. Y he procurado enriquecerme lícitamente en lo personal y lo profesional. No partí en dos la historia del periodismo. Tampoco era la idea. Me doy la coba de que no pasé por la reportería sin romperme ni mancharme.

Otra coba me doy: he ejercido mi oficio con la certeza de que si tocan a mi casa en la madrugada puede ser un borrachito enlagunado, nunca la policía. Tengo el sueño asegurado.

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A los 69 años he pasado de la edad de la pasión a la de la pensión. Jubilado, sigo haciendo lo mismo de siempre: leo y escribo. Sin la angustia de pensar si me van a publicar o no. Me puedo tomar un semestre para escoger el adverbio correcto. Me hace falta el oficio, no tanto la paga, que tampoco me choca. Ni bobo que fuera.

De pronto sufro ataques de pesimismo, yo, un optimista sin remedio. A veces amanezco “aceptablemente” ateo. Pero como la tos, esos ataques se me quitan y vuelvo a la cotidianidad que se expresa en esperar que me arrojen el periódico por debajo de la puerta.
Suelo evocar el deseo de una afgana que tuvo que asilarse en Estocolmo: soñaba con volver a abrir y cerrar una puerta. Aquí está retratado el encanto del día a día que no valoramos en su dimensión.

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Solo espero que la muerte me coja bien despierto. No me la pienso perder. “Y el día esté lejano”, claro. No les quito más tiempo.

 

 

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