Desde la puerta de una de las tantas casas de madera del corregimiento de Pasacaballos, Bolívar, cuatro pequeños esperaban a que terminara el aguacero de aquella mañana. Como ocurre la mayoría de las veces en tiempos de invierno, el agua había convertido los caminos en inmensos lodazales y las aguas negras, que corrían sobre la superficie, comenzaban a rebosarse. Yeider, de siete años, Yordi, de cinco, y Bleiser, de tres, cuidaban a su sobrina Mallerli, una bebé de ascendencia afrocolombiana con el pelo negro como la cabuya, mientras su hermana mayor Zarai, de 17 años, aprovechaba el agua lluvia para lavar la ropa. Desde que ella quedó embarazada su madre le delegó las tareas del hogar para poder irse a trabajar como peladora de camarones en una de las empresas de la bahía.
En las calles los niños jugaban entre las aguas estancadas que comenzaban a mezclarse con las aguas contaminadas, los hombres tomaban ron mientras se mecían en sus hamacas y las mujeres, sentadas frente a sus viviendas, cuidaban a los más chicos. Así ha sido desde los tiempos inmemoriales en que Pasacaballos es pueblo. De las casas de madera comenzaban a salir niñas como Zarai, que habían tenido que dejar sus estudios para convertirse en madres. “Acá las niñitas se van y vuelven con la barriga llena de huesos. Yo ya soy abuela de tres nietos y apenas tengo 30 años”, decía Yerli Gutiérrez mientras le daba un biberón con agua y miel a uno de los niños.
Pese a que Pasacaballos es uno de los corregimientos aledaños a la zona industrial de Cartagena, una de las más prósperas de la región, estos hombres y mujeres que nunca aprendieron a caminar con zapatos viven sumidos en la pobreza. Para ellos su única salvación son los frutos de una tierra que consideran bendita, que en el verano les trae patillas, fríjoles y maíz, y en el invierno, abundantes cosechas de arroz. La mayoría de los habitantes son trabajadores de las fábricas, algunas mujeres se desempeñan como empleadas domésticas y, otras, vendiendo todo tipo de artefactos en la ciudad, un lugar que para ellos parece un sueño surrealista.
La contaminación de las vecinas industrias ha traído consecuencias para los habitantes de la zona. La gente se queja de dolores de garganta e infecciones respiratorias; estas últimas afectan a los cientos de niños de la comunidad. Los hongos en la piel también son comunes debido al constante contacto de los lugareños con las aguas contaminadas con heces. “De las cosas más tristes es que tenemos una red de acueducto instalada y todavía las aguas negras se ven por las calles. La gente
no quiere pagar por las conexiones, pero invítelos a un parrandón con una botella de ron y ahí sí van. Por eso ninguna empresa de servicios públicos quiere venir a trabajar acá”, dice Manuel González, inspector de Policía de Pasacaballos.
Las necesidades han hecho que algunas mujeres, en una sociedad extremadamente machista, se atrevan a acostarse con otros hombres de la comunidad a escondidas de sus maridos, simplemente para llevarles algo de comer a sus hijos. Que algunos adolescentes, tanto hombres como mujeres, se rindan ante las propuestas sexuales de los italianos y norteamericanos que van en busca de los “morenazos”, de quienes tanto les han hablado en sus países. Que los niños, que quedan al abandono, se dediquen al expendio de todo tipo de drogas (basuco, marihuana, perico) y que en ocasiones las jóvenes madres le ofrezcan sus niños a cualquier persona de piel blanca, sin ningún desprendimiento, sin ninguna culpa.
“Las gringas saben que los morenos somos potentes y por eso vienen a buscarnos. Las monas nos mandan lo del bus y una plata con antelación con un intermediador que viene hasta Pasacaballos. Uno se puede ganar hasta 100 dólares en una noche, depende de la que le toque a uno”, dice entre risas Alex, un joven de 18 años que vive en una de las pocas calles pavimentadas del corregimiento con su mujer e hija.
Para el padre Juan Fernando Rodas, párroco de Pasacaballos, el temprano desarrollo de la sexualidad de los jóvenes del corregimiento tiene que ver, además de la falta de educación, con sus raíces culturales. “Pasacaballos tiene 15 mil habitantes y el 90% son afrodescendientes, eso los ha hecho vivir en una cultura en la que la iniciación a la sexualidad es muy temprana y que está dando como resultado los problemas de reproducción humana”.
En este momento las autoridades policivas y religiosas realizan una serie de capacitaciones para mostrarles a los niños y jóvenes maneras diferentes de ocupar el tiempo y la importancia de la planificación como método para prevenir enfermedades de transmisión sexual y embarazos no deseados.
En el Instituto Técnico de Pasacaballos, una de las mejores instituciones educativas públicas de la zona, los jóvenes reciben los conocimientos necesarios para convertirse en exitosos empresarios. Según los maestros del Instituto, lo más importante es que las nuevas generaciones comiencen a pensar en su futuro, en lo que quieren hacer a largo plazo y que no se conformen, como sus padres, con ganar lo del día a día.
La vida en las calles del pueblo
En las mañanas es común ver filas interminables de hombres y mujeres con televisores, DVD, celulares y todo tipo de electrodomésticos frente a las seis casas de empeño que existen en el pueblo. Con el dinero que les intercambian pagan los pasajes para ir a trabajar a Cartagena. Después de la jornada diaria recuperan sus pertenencias, con lo que sobra se compran una botella de ron y pasan el resto de la noche en compañía de los mejores vallenatos. Y así es día tras día.
“Acá los problemas básicamente son de violencia intrafamiliar. Hay muchos casos de padres de familia que se dedican a tomar desde el jueves hasta el domingo y se gastan toda la plata. Entonces viene la refriega de la mujer y se arman las peleas. La prostitución y la drogadicción entre adolescentes y adultos también es preocupante”, dice González.
De un tiempo para acá los habitantes de este lugar, a las afueras de Cartagena, sienten miedo. Miedo de pasar por algunas calles, de que sus hijos hablen con ciertas personas, de salir a ciertas horas. Según los habitantes, las bandas juveniles,
expendedoras de alucinógenos, se han tomado los sectores de la Calle del Puerto y Paredilla. “Es tremendo, uno va allá y corre el riesgo de salir sin nada”, dice un joven que pidió no ser identificado. Todos temen denunciar por las represalias, por desconfianza a las autoridades, pues en un pueblo pequeño al final todo se sabe.
Aquella mañana de invierno, mientras Zarai preparaba algo de comer para los cuatro pequeños, recordó que antes de ser madre quería ser enfermera. Soñaba con vestir un uniforme blanco, blanquísimo, trabajar en un hospital limpio y aliviar los dolores de los otros. Cuando tuvo a la pequeña Mallerli cursaba tercero de bachillerato en el Instituto Técnico de Pasacaballos, ahora espera que su bebé crezca para retomar los estudios. “Primero, voy a trabajar en lo que me toque, en lo que me dejen, con eso ahorro y me matriculo en una escuela de enfermería”, dice.
Este corregimiento de gente de raza negra, pies descalzos y cabellos rizados, que se regocija entre las hamacas de colores y las parrandas de medianoche, vive la realidad de cientos de pueblos cercanos a la ciudad de las murallas, los finos restaurantes y los más lujosos hoteles. Otra mirada de Cartagena, la olvidada, la que sobrevive entre los pantanos de aguas negras, la ciudad de los afrodescendientes que desde hace cinco siglos han tenido que soportar las más complicadas condiciones de vida, muy a pesar de las mil y una luchas de San Pedro Claver y de los hipócritas homenajes a Kid Pambelé.
Los arroceros de Pasacaballos
Desde 2007, Ismael Julio Pereira, junto con sus otros 22 compadres, fueron beneficiados por los programas de la Fundación Antonio Restrepo Barco. Con los dineros recogidos en un concierto organizado por Buchanan’s les dieron apoyos económicos para que sus huertas se convirtieran en proyectos productivos. Estos cultivadores de arroz aprendieron que si dejaban de lado las parrandas y se ponían a trabajar unidos, ya no tendrían que empeñar sus electrodomésticos cada vez que necesitaran algún dinero. Desde entonces, cada cuatro meses recogen 60 toneladas, que venden en la plaza de Cartagena.
En total han sido 53 los proyectos financiados y aproximadamente 260 las personas beneficiadas. “El próximo año se realizará el segundo concierto de Buchanan’s Forever y el artista invitado es Elton John. Los recursos recogidos serán donados nuevamente a la comunidad de Pasacaballos”, dijo José David Barrios, gerente de Diageo Colombia.