Con vestidos blancos y una rosa roja enredada en el pelo, 130 mujeres víctimas de violencia sexual en el marco del conflicto armado se pararon este jueves sobre el escenario de Casa Ensamble, y desde allí relataron sus historias, a través del canto y de la danza. María Eugenia Morales, directora de Reparaciones de la Unidad para las Víctimas, dice que “hemos encontrado que lo artístico tiene un valor de recomponer la identidad y el valor como seres humanos. Con el arte, se saca en palabras el dolor y se transforma”.
Es el caso de Elena*, una de las dos mujeres que representaron a la comunidad de Yacopí (Cundinamarca) en el evento organizado por la Unidad de Víctimas y ONU Mujeres, en alianza con Casa Ensamble. “A mí no me da miedo decir que fueron dos hombre del Frente 22 de las Farc, y que lo hicieron porque mi papá y mi mamá no quisieron seguirle colaborando a ellos, no les dio para seguirles dando que una gallina, que una vaca, que un plátano”, relata Elena.
Fue en el campo. Bajó a bañarse a una quebrada y a recoger agua. En el regreso a casa debía pasar por un potrero, “y ahí estaban los dos, esperándome. Primero vi a uno, que me dijo: “Elena, descarga la maleta que llevas”. Y la descargué, llevaba la coca de agua. Llamó a una ‘china’ que estaba más arriba y le dijo “venga, quítele la ropa” y yo gritaba, decía que no. Entonces el otro me apuntó con un arma y me dijo ‘cállese la boca, doblehijueputa, porque la matamos’. La muchacha vino y me dijeron “siéntese” y el tipo que me cogió primero me empujó y yo me caí. Y ahí fue cuando entre los dos me quitaron la ropa y me hicieron lo que me hicieron.
Cuando terminaron uno de los dos le dijo a la ‘china’ ‘péguele un tiro’. Y ella me metió el cañón del arma por la vagina. Me iba a pegar el tiro por ahí, pero el otro le dijo ‘no, no la mate, ella tiene un chino’”. No la mataron, pero le dijeron que tenía que irse con su hijo de 14 meses y callar. 22 días después, el 10 de septiembre de 1992, mataron a su papá y desaparecieron a su hermano de 22 años, hechos que a diferencia de su violación, sí denunció. “Yo no fui capaz de decir que a mí me habían violado. Me daba asco, repudio y vergüenza”, explica Elena.
El miedo a denunciar los hechos relacionados con violencia sexual ha sido una de los principales obstáculos a la hora implementar la Estrategia de Reparación Integral a Mujeres Víctimas de Violencia Sexual. “Por eso el abordaje conjunto entre muchas mujeres es una potencia para la reparación” argumenta María Eugenia Morales. La reparación, dice Morales, debe ser integral, pues estos fueron hechos que generaron una ruptura profunda en los proyectos de vida las mujeres.
Elena, por ejemplo, cuenta que “yo en ese entonces tenía 30 años. Los sueños míos eran tener tres o cuatro hijos, pero después de que ocurrió eso me quedé solo con el niño. Nunca más volví a conseguir otro hombre, me da fastidio, asco. He tenido ayuda psicológica y hoy pienso totalmente distinto. Puedo ver que a pesar de todo luché”.
Según Belén Sanz, representante de ONU Mujeres en Colombia, los retos para continuar con las reparaciones a las 10.850 mujeres víctimas de violencia sexual en el marco del conflicto armado tienen que ver con “la necesidad de una mayor articulación para que en toda la ruta de atención y reparación de las mujeres pueda garantizarse medidas de protección, así como una reacción más rápida del Estado en el proceso de reparación y restablecimiento de los derechos”.
Son varias las voces que piden no solo reparación, sino oportunidades. Leidy*, de Quibdó (Chocó), quien fue abusada sexualmente a la edad de 11 años, expresa que “Yo soy madre cabeza de hogar. Me gustaría que el gobierno hiciera una fundación con nosotras las mujeres, porque la mayoría no tenemos un empleo, una casa digna”. Elena se expresa en el mismo sentido: “hay mucha mujer que necesita la mano del gobierno, ¡Qué rico por ejemplo nosotras poner una microempresa para producir empleo! Pero el gobierno tiene que darnos la mano, porque solas no podemos”.
Catalina*, la segunda representante del municipio de Yacopí (Cundinamarca) en el evento, también es enfática en las necesidades que tienen las mujeres víctimas de la violencia sexual. En 1992 Catalina llegó a Yacopí desplazada y allí fue revictimizada. “En esa época, allá había Ejército, guerrilla y paramilitares. Como ellos tiene el mando y las armas, ellos creen que pueden hacer lo que quieran. A mí me secuestraron y me violaron los paramilitares. El que me hizo eso vive cerca de mi casa, por eso no quiero que me reconozcan… pero sí me gustaría pedir que nos ayudaran. Porque somos muchas” concluye Catalina.
*Nombres cambiados a petición de las personas entrevistadas