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Maestros a carta cabal

A pesar de la pobreza en que viven sus habitantes, el Chocó sigue siendo la región que mejores profesores forma. El por qué en este homenaje a los sabios del pizarrón.

27 de junio de 2009 - 05:00 p. m.
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La foto principal de estas páginas es histórica.  Captada en Quibdó la semana pasada, representa 200 años de experiencia pedagógica. Los sesenta profesores más veteranos del Chocó fueron reunidos para rendirles homenaje por haber dedicado su vida a trasegar la selva con un solo fin: ayudarles a los analfabetas a descubrir el mundo.

¿Por qué el evento, organizado por el programa de rehabilitación juvenil La Legión del Afecto y patrocinado por Acción Social de la Presidencia de la República y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, escogió a los maestros negros? Porque según el Ministerio de Educación, desde hace medio siglo son un ejemplo de vocación misionera y en las pruebas anuales siguen siendo los catedráticos mejor preparados de Colombia. Porque muy pocos lugares del país, urbanos y rurales, pueden reportar que no han sido beneficiados con el don de la enseñanza de egresados en su mayoría en la Normal Superior de Quibdó. Porque la juventud chocoana los venera y logró el milagro de juntarlos, trayéndolos desde lugares recónditos como Pie de Pató, donde ‘la profe’ Nohelia Hernández de Jiménez hizo historia. Además del rescate de esta memoria ancestral que será plasmada en un libro, los homenajeados iniciaron el 17 de junio una travesía de 20 días por distintos pueblos y ciudades para que los colombianos los reconozcan y los aplaudan.

Sus alumnos les sirvieron de edecanes para llevarlos de la mano a la Casa de Encuentros Isaac Rodríguez. Fueron recibidos a través de un camino repleto de coloridos mensajes de agradecimiento por sembrar en ellos “la semilla del conocimiento”. Los ancianos estaban dichosos de no morir en el olvido, de reencuentros como el de Consolación Murillo y Libia Abadía, las dos primeras profesoras que navegaron en los años 50 hasta las inhóspitas Bocas de Curbaradó, en el corazón de la selva del Darién. Recuerda Libia: “con título de maestras, un entusiasmo desbordante y un mundo virgen por conocer”.

Hubo abrazos y lágrimas antes de sentarse en torno a una canoa cargada con frutos de la selva, bajo la lluvia de peces colgantes de una atarraya de subienda, frente a un telón pintado en el que ellos, sabedores de que la geografía va más allá de los libros, representan la desembocadura de los grandes ríos de su madre tierra: el Atrato, el San Juan y el Baudó.

Todos, sin excepción, los navegaron como parte del proceso de alfabetización de los pueblos más aislados del país. Son los mismos sabios de los que el cuentista campesino Gerente Peña le hablaba al actual Premio Nobel de Literatura, el francés Jean-Marie Gustave Le Clézio, quien vivió en los años 70 en la frontera entre Colombia y Panamá, entre los indios embera, discípulos de los maestros negros. De ahí surgió su libro de ensayos La fiesta cantada -un retrato del universo invisible creado aquí a partir de la tradición oral y espiritual por encima del lenguaje escrito-, que bien podría ser el título de una clase típica en un aula de estas espesuras.

Enturbió la celebración la misma denuncia que en septiembre de 1954 hizo Gabriel García Márquez en estas páginas de El Espectador cuando escribió los cuatro reportajes sobre “El Chocó que Colombia desconoce”: “Un departamento que es una enorme escuela… donde las escuelas son más grandes que los pueblos”, “donde se aprende a leer en el Código Civil” y las conversaciones son tan lúcidas que “parecen hechas de platino”. Y, sin embargo, la educación no se ha transforma en desarrollo.

De eso nadie culpa a los maestros sino a los políticos incultos que ostentan palacetes al lado de la miseria de sus vecinos. En busca de concientizar, de dejar constancia de que hicieron lo suyo y de que ahora reclaman lo mismo de sus gobernantes, sean negros o blancos, los maestros, miembros de lo que este Nobel llamó “los escuadrones de normalistas que desempeñaron un papel decisivo para que todos los colegios del país estén invadidos por pedagogos chocoanos”, ofrecieron sus testimonios con jotas y contradanzas como música de fondo.

Nohelia Hernández: “Hoy cumplo 74 años, aprendí pedagogía en la Normal de Quibdó y me dediqué a enseñar en las ásperas montañas. Me levantaba a las cuatro de la mañana para recorrer los caseríos y golpear puerta por puerta. Levantaba a los niños y los llevaba a la escuela. Además ejercía de enfermera y hasta de partera. Así me gané el respeto. ¿Qué diferencia a un maestro chocoano de uno del interior? La integridad y la vocación”.

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Absalón Mosquera Arias: “Me gradué en 1963 en la Normal de Pamplona (Norte de Santander) pero vengo desde Andagoya. Doy fe de la calidad humana de los maestros chocoanos y les cuento, por ejemplo, que los blancos de las multinacionales de oro y platino nos

preferían para que educáramos a sus hijos, sentados en cojines, aunque no dejaban que los nuestros asistieran a la misma escuela. Vivimos lo que yo llamo el ‘apartéis’, negros aparte y sentados en el suelo, pero les dimos una lección que el país no debe olvidar”.

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Consolación Murillo de Lozano, madre de Alexis Lozano, director de la Orquesta Guayacán: “Tengo 90 años, soy nacida y estudiada aquí en el colegio de señoritas, maestra por vocación que un día dijo: Voy a buscarme una escuelita para enseñar todo lo que hay que enseñar, en especial cantar y rezar. Mi primer año de trabajo fue en 1938, siempre entre monte y pantanero, sin descuidar mi elegancia de la juventud (lució orgullosa gorro negro, vestido de seda, pendientes dorados, bolso y zapatos plateados, bastón de guayacán). Empecé en el Pacífico, en Nuquí, pero luego me recorrí todo el Atrato dando a conocer el método de palabras normales, fundé la escuela La Cuevita en Pizarro, otra en Lloró y, como me gustaba ir lejos en champa (canoa), llegué hasta Filo de Hambre, en el Atlántico. No les cuento más porque la misma educación me ha hecho perder la memoria, sólo les digo que fui feliz”.

Genarina Palacios Martínez: “Tengo 76 años y me pensioné luego 35 años Baudó arriba y Baudó abajo. Le enseñé a miles de niños y adultos la historia de nuestra alma africana y me quedó tiempo para engendrar y levantar a seis hijos. Ahora sólo quiero que me nivelen la pensión”.

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Ricardo Florez Moreno: “Nací en Bojayá hace 82 años y todo mundo me conoce como Míster Richard porque fui el primer maestro de inglés del Chocó, gracias a que por cosas del destino estudié la primaria en California y lo practiqué trabajando con la Fuerza Aérea de los Estados Unidos en Panamá. Luego me licencié en idiomas en Quibdó y le puedo decir que en este país hay muchos licenciados en idiomas pero muy pocos que dominen el inglés como yo. (Me recomendó leer al símbolo de la literatura negra, la Nobel estadounidense Toni Morrison, y me contó que grabó un videomensaje de los chocoanos que el presidente Álvaro Uribe le entregará este lunes 29 al presidente de los Estados Unidos, Barack Obama)”.

Exe Perea: “Soy tecnólogo electrónico. Enseñé física y química por décadas, sin haberme graduado en la materia, en escuelas del Valle, los Santanderes, Antioquia, Chocó. Siempre formando hombres de bien, discípulos que hoy son ingenieros y me dicen: Maestro, lo que usted enseñaba era la pura verdad”.

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Nelson Antonio Ríos Rentería: “Cumplí 81 y tengo el récord de 56 años enseñando como licenciado en Ciencias Sociales. Sólo me faltó dictar clase en dos municipios del departamento, formé cantidad de profesionales y puedo decir con conocimiento de causa que por aquí el Estado nunca se había pronunciado hasta este homenaje”.

Alfonso Córdoba: “Tengo 83 años y desde niño lo único que he hecho es cantar y componer canciones, enseñarles a los muchachos nuestro folclor”. Sus colegas lo llaman ‘El Brujo’, ‘El Coloso’, ‘Maestro de maestros’. Él no dijo nada. Sacó los arrestos de salud que le quedan, se paró de la silla apoyado en el brazo de un ex alumno, agarró el micrófono y cantó a capela El negrito contento. Luego se oyó Chocoanita en boca de todas las mujeres, la canción del maestro de escuela y compositor Miguel Vicente Garrido con la que los profesores “nos enamoraban el corazón”.

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Fue una fiesta de sonrisas blancas, de sabiduría negra; un bálsamo para el arraigado lamento chocoano que parece hacer suyo el presagio de La isla de los caballeros de Toni Morrison cuando se construyen mansiones en la jungla: Si no se comprende la verdad de “una selva que ya contaba dos mil años y había sido prevista para subsistir hasta la eternidad” se vive el fin del mundo, los espíritus colapsan, las mentes se distorsionan, la depredación arrasa y hasta los ríos “pierden el buen sentido”. Algo que, según la Nobel, “solo puede entender  una cierta clase de hombre”.

Vae el mapa de la travesía haciendo clic AQUÍ

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