Cambiamos de siglo y las cosas que antes parecían ser comunes se volvieron atípicas. Las costumbres, los hábitos y las maneras de relacionarnos se transformaron, para muchos, a favor de quienes habitamos este inhóspito lugar, la Tierra. Pero hubo varios que decidieron seguir con algunas tradiciones y entre ellos hay un grupo de mujeres que, con carreras y futuros promisorios, prefirieron dejarlo todo para dedicarse a sus hijos. En medio de la posmodernidad hay quienes se consagran al oficio de ser mamá.
Victoria Rodríguez tiene 34 años. Es diseñadora industrial y especialista en diseño de interiores. Ha trabajado con Artesanías de Colombia y con otros artesanos independientes comercializando sus productos. Durante un buen tiempo visitó resguardos indígenas y recorrió varios departamentos en busca de diseños étnicos llamativos para los mercados citadinos. Hace cinco años cuando a su novio, José Felipe Jaramillo, le ofrecieron un trabajo en Japón, no dudó en casarse y arrancar a tierras lejanas para conocer culturas hasta entonces desconocidas.
Aunque su carrera iba muy bien, Victoria decidió dedicarse a ser ama de casa en otro continente. Los cambios de hábitos fueron bruscos: del acelere del trabajo pasó a la calma de preparar la comida o recorrer las calles de Tokyo con su cámara. Al final, como siempre ocurre, se adaptó. Somos seres de costumbres. Después de dos años y medio de estar en el continente asiático pidieron el traslado a Colombia. Extrañaban a su familia, pero principalmente querían cumplir con una labor pendiente: ser padres. Apenas llegaron al país, Victoria quedó embarazada. Los dos decidieron que ella se quedaría en la casa y él trabajaría para traer el sustento. Sí, así, como en los viejos tiempos.
Siempre quisieron ser papas y tener hijos. Se considera a sí misma una mujer tradicional y cree que eso tal vez venga de sus raíces, de su ciudad, Manizales. Pasaron los nueve meses y nació Martín, y todo giró en torno a él. El orden de la casa jamás se restauró y Victoria nunca volvió a estar sola. “Incluso voy al baño con él. Cuando eres mamá te toca entrar a bañarte con ellos”, dice entre risas.
Su casa es pequeña, pero acogedora. El sofá y el mueble del televisor están repletos de juguetes. Los colores vivos rompieron con el juego de gris y tonos pasteles que quería conservar. Hasta en el baño hay pistas de que en esa casa Martín manda: “Al salir: tapa abajo y puerta cerrada. Atte. Martín”, advierte un letrero hecho a mano.
Su rutina empieza a las 6:00 a.m. Primero desayunan los tres. Mientras Martín hace la siesta, ella arregla la casa. Después de una hora se despierta, comen una fruta juntos y luego pasan a la zona de juegos de su edificio. A la hora del almuerzo vuelven a reunirse los tres y luego regresa Morfeo a abrazar a Martín y ella aprovecha para adelantar su proyecto llamado Vinuova, una empresa que está creando para vender artesanías hechas por poblaciones vulnerables. Cuando se levanta, le ofrece la merienda y siguen los juegos. Victoria trabaja para su hijo sola. No tiene a alguien que le ayude porque ha tenido muy malas experiencias con el servicio doméstico.
Hay asuntos que no son tan fáciles de llevar cuando eres ama de casa, dice. Uno de ellos es la economía. A veces es incómodo depender de alguien más, pero con el tiempo Victoria se dio cuenta de que no se trata de “ser una mantenida”, sino de compartir y cumplir, como diría el señor Karl Marx, con la división del trabajo. “Esta es una labor más pesada que cualquier otra. Por eso admiro a las mamás que deben trabajar y llegar a casa a cumplir con su labor de ser mamás”.
Reconoce que su nueva profesión a veces es agobiante, sobre todo en los días en los que ellos están irritables y lloran todo el tiempo. No es fácil tampoco tener a alguien pegado a ti día y noche, aunque recomienda “no botar la toalla y respirar profundo”. Está convencida de que la paciencia se instala como un chip apenas nacen los pequeños.
Siente que para muchos es extraño verla de ama de casa, pero los comentarios de los demás dejaron de importarle hace años. “Lo primero soy yo y mi familia. Y a mí no me dio duro. Acepté el reto y decidí vivirlo con ganas. No quería que mi hijo fuera criado por una desconocida y creo que los primeros cinco años son muy importantes para el desarrollo de un niño. Por eso quiero volver a trabajar en dos años”.
Desde ya se prepara para el momento de llevarlo al jardín. Están muy apegados y sabe que el paso será doloroso. Su instinto maternal se ha despertado a tal punto que, a pesar de caer rendida en las noches, escucha un suspiro de su hijo y se despierta inmediatamente. Está capacitada para cualquier emergencia, pues hasta cursos de primeros auxilios ha realizado. Se siente tan preparada que ya está lista para encargar su segundo hijo.
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