La liberación de los rehenes de las Farc el lunes pasado tuvo un sabor especial. Esta vez la atmósfera era diferente, no sólo porque era el último grupo de soldados y policías en manos de las Farc. De hecho, en los gestos y las palabras, e incluso en los silencios de todos los implicados, uno observa un esfuerzo general por no desgastar esta oportunidad, dado que en juego no sólo estaba la vida de los rehenes, sino también la posibilidad de un proceso de paz para Colombia.
El significado de estas liberaciones va mucho más allá de su valor humanitario. El lunes pasado percibí también un ejercicio de construcción de confianza entre las Farc y el Gobierno. En la secuencia perfecta de gestos y palabras que calificaron los distintos momentos de la liberación, se intercambiaron mensajes. ¿Se estarán tejiendo con cautela las condiciones para una negociación?
En la decisión de liberar a todos los soldados y policías que aún faltaban y en el anuncio del fin del secuestro, las Farc parecen estar dispuestas a cumplir con las condiciones que el presidente Santos exigió en la inauguración de su mandato para sacar del bolsillo la llave de la paz. En el mensaje leído a la comisión humanitaria, las Farc reiteraron su interés en sentarse con el Gobierno. ¿Pero están las Farc dispuestas a renunciar a la violencia?
Y el presidente Santos, como un hábil jugador de póquer, siempre cuidadoso en no mostrar sus cartas y no darles papaya a los implacables enemigos de la paz, ha facilitado y garantizado todas las medidas para el éxito de las liberaciones y ha manejado un tono moderado hacia las Farc, resaltando que esta liberación fue un importante paso en la dirección correcta. ¿Pero está el Gobierno listo para una paz que no sea el mero desarme y la desmovilización de las guerrillas?
Hay algo más que vale la pena destacar. Y es que las liberaciones de los últimos cinco años han demostrado que sí es posible entablar un diálogo constructivo con las Farc y producir los resultados deseados. Sólo unos años atrás, antes de que Piedad Córdoba y Colombianos y Colombianas por la Paz buscaran a las guerrillas, las Farc exigían un acuerdo humanitario y el despeje de Florida y Pradera. Con la obstinación que la caracteriza, Piedad Córdoba ha demostrado que es posible flexibilizar las posiciones de las Farc.
Cierto, las Farc están debilitadas y el Estado fortalecido, pero más de diez años de operaciones militares agresivas, de un gasto militar exorbitante y de un asesoramiento sofisticado por parte de los Estados Unidos e Israel, han demostrado también que el uso de la fuerza no lo puede lograr todo. ¿Los empresarios y la cúpula militar van asumiendo que no hay una solución militar al conflicto colombiano? Y las Farc, ¿han interiorizado que su proyecto de llegar al poder con las armas esta derrotado?
La negociación no significa pactar con el diablo. Ni para un estado es una muestra de debilidad. Por el contrario, es la muestra de confianza en su poder. Observó Nietzsche que la condición en la cual lastimamos al otro es un signo de que carecemos de poder, o muestra un sentido de frustración frente a esta carencia. Y como escribió recientemente el experto internacional de resolución de conflictos William Zartman, la negociación no requiere una rendición de objetivos y valores.
Pero, las partes deben tener en claro cuál es el objetivo que se quiere lograr con una negociación. El diálogo, por ejemplo, puede producir moderación y flexibilidad en las demandas de las Farc, como ya está demostrado con la liberación de los rehenes. Un diálogo puede ayudar a las Farc a remodelar sus fines con reformas alcanzables y así animarlos a tomar la decisión de renunciar a la violencia.
Por otro lado, un diálogo empuja al Gobierno colombiano a democratizar el proceso político, a implementar seriamente reformas trascendentales como la de tierras (lo que requiere también una voluntad política firme para luchar en contra del poder mafioso) y aplicar políticas más eficaces para abordar los problemas más profundos y estructurales de la sociedad colombiana.
No es suficiente que las Farc y el Gobierno tengan la voluntad de sentarse. Cualquier acuerdo, que no sea sólo de papel, tiene que reflejar un acuerdo y una voluntad de reconciliación ratificados primero en la sociedad colombiana. La paz es el fruto de un proceso endógeno que involucra a la sociedad en su totalidad. ¿Esta lista Colombia para pasar del viernes santos al domingo de resurrección?
* Twitter: @acivico
Voz autorizada cercana al conflicto colombiano
Aldo Civico es doctor en antropología, director del Centro para la Resolución de Conflictos Internacionales e investigador asociado de Columbia University en Nueva York. Desde 2001 ha realizado trabajo de campo sobre el conflicto armado en Colombia. Entre 2005 y 2007 fue uno de los facilitadores en el diálogo entre el Gobierno y el Ejército de Liberación Nacional (Eln). Publicó el libro ‘Las guerras de Doblecero’ (Intermedio, 2009) sobre la vida del jefe paramilitar del bloque Metro.
Desde 2007 ha sido consultor en estrategias de resolución de conflictos para Usaid Colombia y el Departamento de Estado de Estados Unidos. Durante la campaña presidencial de 2008 sirvió a los candidatos Hillary Clinton y Barack Obama como consejero informal para el hemisferio occidental.
Contribuyó al libro Engaged observers de Victoria Sanford y Asale Ángel-Ajani (Rutger University Press 2007 ) con un capítulo titulado Portrait of a paramilitary.
Entre 2005 y 2007 fue uno de los facilitadores en el diálogo entre el Gobierno de Colombia y el Ejército de Liberación Nacional (Eln).