Fueron más de 13 años los que anduvo Ramiro* en las filas de las Farc entre las selvas de Meta, Vaupés, Guaviare, Caquetá y Guainía. La mitad de su vida, porque hoy, a sus 28 años, se reinsertó. “No sé nada más que disparar un arma. Fue un choque muy duro con la realidad, porque no sabía hacer nada más”, dice Ramiro, quien como guerrillero recibió cuatro impactos de bala. Sus ganas de salir adelante, de abandonar esa, la única vida que conocía, es lo que lo tiene desde el pasado 20 de marzo en el programa de la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR), buscando un empleo y construyendo una nueva vida junto a un familiar.
La oportunidad de abandonar las filas se le presentó a Ramiro de forma inesperada. Ese día, hace casi ocho meses, recibió la orden de ir hasta el pueblo a comprar pescado para el almuerzo. A mitad de camino del campamento se despojó de su uniforme y se vistió de civil. Escondió el camuflado y el armamento, pero a 200 metros se encontró con un comando de Fuerzas Especiales del Ejército. Dudó en acercarse, pero tomó la decisión de presentarse, contarles su historia y advertirles que estaban a pocos metros de un comando guerrillero. En ese momento dio el primer paso, se reintegró a la vida civil.
Una decisión que venía haciendo eco en su mente desde principios de 2014, cuando fue juzgado en un consejo de guerra en las Farc por haberse embriagado mientras estaba en un curso de inteligencia urbana. Un delito que desprestigiaba la imagen de las Farc y ponía en peligro a sus compañeros. “Me rajé por irresponsable. Ellos llevan el lema de si quiere conocer a un hombre dele plata y poder”, dijo.
“Salí por un caserío a hacer unas compras y llegué borracho. Pagué (y cavé) 100 metros de trinchera, tuve que cocinar por 30 días, hacer 60 huecos de basura y escribir 60 páginas sobre mi error. No tuve voto en contra de ninguno de mis compañeros, es decir, que votaran para que me fusilaran. Pero ese consejo de guerra hizo mella. Tanto tiempo contribuyendo y por emborracharme me pasan al banquillo. Me cansó la vida militar”.
El detonante que lo hizo pensar en abandonar la filas fue la retención de uno de sus familiares por parte de las Farc. Sus mismos comandantes se lo negaron, pero gracias a sus conocimientos en inteligencia logró establecer que lo habían cogido y llevado a un campamento, supuestamente, para demostrarle que las propagandas del Gobierno para desmovilizarse eran mentiras, que ellos no estaban sufriendo de hambre y que, al contrario, tenían víveres para alimentar a todas las compañías.
Esas mentiras, la cotidianidad de la vida militar, el riesgo en los combates, lo llevaron a pedirle a la tropa del Ejército que lo llevara a un batallón para desmovilizarse. Quería cambiar su niñez –fue criado por sus abuelos y tuvo que abandonar su lugar natal luego de que los paramilitares lo pusieran como objetivo porque le había ayudado a la guerrilla a conseguir 400 espejos–, ya que desde sus 14 años, el 18 de junio de 2002, empuñó un fusil con el que enfrentó, en plena zona roja, de tres a cuatro veces por día, al Ejército.
Al desmovilizarse, a Ramiro lo llevaron a un batallón. Durante quince días respondió, jornada tras jornada, las preguntas repetitivas que le hizo inteligencia militar. Luego, a Ramiro lo recibió un reintegrador de la ACR, la persona que lo ha acompañado en su proceso de desmovilización. Duró tres meses en el hogar de paso, entendiendo las nuevas posibilidades que se le abrían, como terminar sus estudios y hacer un curso técnico en el Sena. Le ayudaron a superar sus miedos de no creer en el programa, de pensar que todo era una farsa y que iba a terminar arrestado.
Ramiro comenzó un trabajo sicosocial con profesionales de la ACR. Luego encontró a quien le brindó la mano, su primo, con quien se crio en casa de sus abuelos. Es él quien lo ha ayudado a enfrentarse a una ciudad como Bogotá, a pesar de ser él un hombre del campo. Su familiar ha sido muy importante en el proceso al ofrecerle su casa y apoyo, ya que es quien le recuerda a Ramiro que, pese a no tener un peso para los buses, tiene toda la voluntad de salir adelante.
La relación con sus padre, es nula. Ramiro aseguró que tampoco los ha visto, porque no quiere que su mayor miedo se haga realidad: ser encontrado por las Farc. Dice que la guerrilla sabe dónde viven ellos. Por eso, el talento que le ha sido de gran ayuda en su proceso en la ACR es su capacidad de adaptación, que aprendió en cursos de inteligencia. Siempre duda y utiliza su astucia para que las situaciones adversas terminen estando a su favor.
Por ejemplo, cuando va a una entrevista de trabajo siempre es precavido al responder. Cuando le preguntan por qué no tiene cédula –tiene una contraseña–, responde que por vivir en pueblos jamás la reclamó. Igual sucede en el barrio en el que vive. Por su aspecto, le indagan si fue militar, y él dice que sí. Teme ser descubierto por pequeños detalles, como empezar siempre la marcha con el pie izquierdo y dar el saludo militar con la mano del mismo lado. Detalles que lo hacen vivir una segunda clandestinidad.
“Quiero ser mi propio jefe”, narra Ramiro. Espera conseguir trabajo este año, para ayudar a su primo a pagar un arriendo de un apartamento y así vivir junto a la esposa e hijo del primero en un lugar más cómodo. Su sueño es tener un negocio, pero dice que el principal lío es que no sabe hacer nada. Por eso, la ACR le propuso desde el 2016 empezar a estudiar para cumplir sus sueños.
Así funciona el programa, la ayuda está condicionada a la voluntad del desmovilizado. La historia de Ramiro es el reflejo de los temores que viven las personas al dar el primero paso. Es un camino largo, de superar los traumas de la guerra y generar confianza para dejar atrás su niñez en medio de los fusiles y reconciliarse con la sociedad.
* Nombre cambiado para proteger identidad.