Mientras guerrilla y paramilitares hacen hasta lo imposible por llevarse a los menores de edad y convertirlos en carne de cañón, el proyecto Utopía de la Universidad de La Salle hace reclutamiento a la inversa. “Nosotros nos los traemos para acá para que ellos no se los lleven”, asevera el hermano Carlos Gómez, rector de La Salle y la cabeza detrás de este proyecto que beca a jóvenes de las zonas más violentas del país para que durante cuatro años estudien ingeniería agrológica y regresen a sus regiones a llevar el cambio a sus coterráneos.
La beca no es completa, los muchachos tienen que pagar un salario mínimo cada trimestre, que equivale a menos de una décima parte de los $78 millones que cuesta en total el curso. “Es para que entiendan que esto no es regalado, para que haya un esfuerzo de su parte”, confiesa el hermano Carlos, quien recuerda que, para llegar a Utopía, algunos muchachos recibieron el apoyo de todo un pueblo, que se metió las manos a los bolsillos por ellos, sobre todo, porque los ve como sus líderes del futuro.
Hasta hoy, en el proyecto Utopía se han invertido cerca de US$33 millones y a él han ingresado cerca de 160 jóvenes. Algunos de ellos son huérfanos a quienes la guerra les quitó a sus padres; otros raspaban hoja de coca para sobrevivir y estaban ad portas de caer en las garras de los grupos armados ilegales; uno que otro fue abusado. Eso sí, todos son testigos, víctimas del conflicto, aunque no guardan rencor. Su presente les ha enseñado a perdonar. Son jóvenes de entre 18 y 23 años de edad de 63 municipios de Colombia, de regiones tan distantes entre sí como los Montes de María (Bolívar) y Vichada.
Utopía está a 45 minutos de Yopal (Casanare), en la finca San José de Matapantano, de más de mil hectáreas. Para el dolor de su anterior dueño fue un lugar de diversión para guerrilleros y paramilitares, pero ahora alberga a quienes quieren hacerles frente a punta de inteligencia.
El proyecto comenzó como una vaga idea hace muchos años. Cuando fue director del Colegio de La Salle en San Vicente del Caguán (Caquetá), el hermano Carlos se dio cuenta de que los jóvenes necesitan oportunidades, y de llegar a tenerlas, la situación para ellos sería diferente. “Cuando los muchachos llegaban de vacaciones, me saludaban y yo les sentía las manos como lijas. Sabía que habían estado de raspachines, y les preguntaba qué habían hecho y me decían: ‘Ay, hermano, no pregunte, usted ya lo sabe’. Yo les preguntaba por qué lo hacían y me decían: ‘Pues hermano, para comprar los cuadernos, para qué más’. ¿Usted qué responde a eso?”. La idea de Utopía estuvo en su cabeza durante años, hasta que le llegó la oportunidad de convertirla en hechos. Entonces, a mediados de 2009 empezaron las obras.
El 22 de mayo de 2010 ingresaron a Utopía los primeros 60 estudiantes. Reciben clases sobre combatir plagas, mejorar la productividad de los cultivos y de la cría, y hasta de idiomas. De hecho, la Oficina de Relaciones Internacionales está pensando en enviar a Francia a los estudiantes de Utopía que mejor se desenvuelvan con el francés.
Mientras habla con unos periodistas, el hermano Carlos es abordado por Anderson, un muchacho de Arauca que perdió a su papá por culpa del conflicto y que hoy centra toda su atención en lograr una pequeña producción de mangos deshidratados que vio una vez. “Todo lo quieren imitar, lo quieren entender. Parecen esponjas. Todo lo que usted les da se lo quedan. Preguntan y preguntan”. Así describe el hermano Carlos a sus estudiantes, quienes desde las 5 de la mañana están levantados cambiando sus vidas a punta de azadón y lápiz. Literalmente le sacan el jugo a sus nueve profesores y a los laboratorios que tienen gracias a donaciones internacionales. Basta verlo en los proyectos que están desarrollando, entre ellos uno que busca mejorar la productividad de los cultivos de arroz y que recibe el patrocinio de la Federación de Arroceros.
Los muchachos lo cuestionan todo. Hace unos meses los visitó el ministro de Agricultura, Juan Camilo Restrepo, y ellos ni cortos ni perezosos le preguntaron por las implicaciones del tratado de libre comercio. Él les respondió y les dejó su correo electrónico. “Seguro y se lo tienen lleno de todo lo que le escriben”, comenta un trabajador de Utopía. Cuando los visitó la consejera presidencial para la Mujer, Cristina Plazas Vega, actuaron igual. Las mujeres que se reunieron con ella en privado le soltaron confesiones del siguiente calibre: “A uno le dicen que invertir en educación para las mujeres es gastar tontamente la plata”. Otra niña comentó que a su papá no le creen los vecinos que ella se fue a estudiar y dicen que mínimo fue que quedó embarazada y huyó. Pero ellas son claras en su deseo de cambiar esa forma de pensar, aunque esté arraigada en el mundo en el que crecieron.
Con algo de pesar hay que decir que los estudiantes de Utopía son privilegiados, porque muy pocos tienen las mismas oportunidades. Mientras ellos estudian, muchos de sus coetáneos están con uniforme y un arma.