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Tenemos que hablar de otra pedagogía electoral

Poco se dice de las opciones para votar que tienen los presos, las personas con discapacidades o quienes viven en zonas rurales apartadas o caseríos. Un grupo de jóvenes ha recorrido el país enseñando las bases de la democracia y escuchando las opiniones frente a las elecciones.

27 de mayo de 2022 - 09:00 p. m.
Hay 23.475 personas en las cárceles que pueden votar.
Foto: EL ESPECTADOR - GUSTAVO TORRIJOS
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Votar en Colombia es un derecho de todos. Si usted inscribió su cédula o lo hace por primera vez, tiene asignado un puesto de votación cerca a su casa o en uno de los lugares masivos habilitados como Corferias, en Bogotá, o el estadio Atanasio Girardot, en Medellín. Pero estas condiciones no son las mismas para todos, pues al tratarse de personas en la cárcel o con alguna discapacidad, tenemos que empezar a hablar de otras cosas.

Desde hace algunos meses, un colectivo de jóvenes llamado “No se lo dé a cualquiera” ha recorrido el país armando parches democráticos para motivar el voto consciente e informado, sin favorecer a ninguna campaña política e incluyendo a toda la ciudadanía. “Nuestro fin es brindar a las personas herramientas para que a la hora de dar su voto tengan más información y tomen decisiones conscientes”, indicó María Dilia Reyes, una de las jóvenes que participa en el proyecto.

En los talleres realizan actividades en las que preguntan a los participantes si alguna vez han votado, si se han arrepentido o lo han hecho en blanco y cuáles han sido sus experiencias en el pasado; les piden opinar con respeto a afirmaciones como eliminar el voto en blanco, la posibilidad de que la Fuerza Pública pueda votar o que los reincorporados sean candidatos, así como se les pide organizar un presupuesto, priorizando lo que consideren más importante por trabajar en el país. “Esto permite el diálogo social y demuestra que no es necesario que todas las personas piensen igual al hablar de los mismos temas”, indica Reyes.

Las experiencias son lo importante, pues además de trabajar con jóvenes y adultos en diferentes partes del país, han dialogado con población carcelaria, personas sordas y de zonas rurales, quienes han mostrado su descontento con las elecciones y evidencian que el acceso no es tan fácil como se promulga.

Y es que sentencias de la Corte Constitucional han reiterado al Estado la necesidad de garantizar el voto secreto, con la implementación de los tarjetones en braille, por ejemplo, o de mesas dentro de las cárceles para que quienes han sido detenidos, pero no condenados, puedan ejercer su derecho.

En Medellín, Camila Gil trabajó con un grupo de personas sordas, con las que se comunicó a través de un intérprete y tarjetas verdes y rojas. “Eso hace el diálogo muy horizontal. En estos asuntos hay algo relevante a tener en cuenta y es que todos saben algo y desde algo pueden hablar, que es desde donde se reconoce la diferencia”, indicó Gil.

La discusión sobre el acceso en este caso va más allá de lo que se marca en el tarjetón, pues, como lo menciona Gil, en muchos casos ellos no saben leer, lo que dificulta que conozcan los planes de gobierno de los candidatos, quienes tampoco suelen generar material pedagógico en formatos accesibles, mientras que a la hora de ir a las urnas falta mucho para garantizar el voto secreto, aunque la Registraduría se comprometió a entregar tarjetones en braille para las elecciones de este domingo. “A muchos los acompañan personas que votan por ellos, porque no les informan. En los puestos de votación debería haber alguien que pueda apoyarlos, no con información de los candidatos, sino tan básica como a qué mesa tienen que ir. No tener información genera inseguridad y por eso es que muchos no van”.

Algo similar vio Miguel Ángel Salazar, en el Penal para Adolescentes de Casanare, donde, pese a que hubo interés en temas como el aborto, la participación en política de reinsertados y la legalización de las drogas, poco se conocía de los candidatos y solo uno, de los que ya era mayor de edad, había votado alguna vez. “Para la mayoría de ellos votar es perder el voto. En este caso sabían de dos candidatos y se referían a ellos por sus posturas sobre las drogas o su relación con Uribe, pero no conocían sus propuestas, ni siquiera que Ingrid Betancur estaba participando. El desconocimiento era absoluto y el desinterés igual, porque aunque han pedido que lleven una mesa de votación a este lugar, la Registraduría no lo ha aprobado”.

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En zonas rurales, como Urrao, los jóvenes evidenciaron que lo único que llega a esos pueblos es la publicidad electoral, ya que la lejanía de los puestos de votación muchas veces se convierte en una dificultad y genera altas tasas de abstención. “En estos lugares la gente tiene mucho por decir y sin importar la edad hay reflexiones poderosas. Por ejemplo, en Urrao se planteó la posibilidad de una renta básica ambiental y muchos dilemas con respecto al acceso a un empleo y salir de los pueblos para acceder a educación”, aseguró Gil.

El camino se debe seguir construyendo, pues además de la pedagogía que se debe continuar con la ciudadanía, este tipo de ejercicios demuestran que sigue siendo un reto garantizar el acceso al punto y a la información para tener votos a conciencia.

Por Mónica Rivera Rueda

Periodista de planeación, hábitat, salud y educación. Estudiante de la maestría de análisis de problemas políticos, económicos e internacionales contemporáneos. Yomonriver mrivera@elespectador.com
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