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Un viaje en busca de la verdad

Raúl Antonio Carvajal, quien llegó con los restos de su hijo el domingo a la Plaza de Bolívar, pide justicia por el asesinato de su hijo en 2006 en Norte de Santander, según él, por haberse negado a participar en un caso de falsos positivos.

22 de febrero de 2011 - 05:00 p. m.
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Cuando abrieron la tumba de su hijo, del cajón de madera en el que lo había enterrado cuatro años atrás apenas quedaba un trozo de la tapa. Ese día Raúl Antonio Carvajal llegó temprano al cementerio con la orden de defunción que empleados de una inspección de Montería le habían entregado con miradas de asombro.


Tomó con cuidado los huesos, los metió sin prisa en una bolsa apropiada y apenas cerró la cremallera estuvo seguro de que el cadáver lo acompañaría hasta Bogotá en su viejo camión, así como en los viejos tiempos cuando el sargento se iba a su lado a llevar viajes de yuca y plátano en sus días de descanso. Estaba decidido. Ni siquiera la preocupación de su esposa, Oneida Londoño, lo hizo desistir de esa idea que venía maquinando desde hace dos años en búsqueda de justicia por el asesinato de Raúl, uno de sus cuatro hijos.


La odisea empezó el 8 de febrero, cuando en compañía de su amigo desde hace 30 años, Ignacio López, emprendió el viaje con los restos del joven a bordo de su camión Dodge 73. Con un millón de pesos, que había ahorrado en los últimos años, algunas prendas y dos colchonetas para dormir en el camión, Carvajal inició desde Montería un recorrido que tardó 12 días antes de terminar el domingo pasado en la Plaza de Bolívar de Bogotá, donde realizó su protesta. Ignacio López cuenta orgulloso que en el largo viaje nunca fueron detenidos por ningún retén ni tuvieron que dar explicaciones por el cadáver que los acompañaba.


Un disparo en la cabeza, una llamada. Era el 8 de octubre de 2006. Una voz ajena y fría hablaba de su hijo. El sargento Raúl Carvajal, quien llevaba nueve años en el Ejército, había sido asesinado en un combate por un francotirador en la zona de El Tarra, en Norte de Santander, donde trabajaba desde hacía cerca de dos años. Después llegaron las dudas de su muerte, también la impotencia y el coraje por la impunidad en su caso.


Un mes antes el sargento Carvajal había llamado preocupado. Le contaba a su padre que se había negado a disparar a dos jóvenes que serían presentados como falsos positivos y que contemplaba retirarse de la institución. No alcanzó, antes de presentar la renuncia recibió el disparo en la cabeza. Además, los informes indican que ese día no se registró ningún combate en la zona.


El cadáver llegó desde Norte de Santander a su natal Montería para ser sepultado. Con él también llegaron las sospechas de que tras la muerte del sargento había sombras que todavía hoy su familia busca develar. En los últimos cuatro años, su padre, su mamá y su hermana se han dedicado a pedir explicaciones y a reunir las pruebas necesarias.


“He estado en la Fiscalía, en la Procuraduría y hablé directamente con el fiscal Mario Iguarán y con varios coroneles para que nos ayudaran a esclarecer la muerte de mi hijo”, dice Carvajal, quien agrega que hasta en la finca del expresidente Álvaro Uribe en Montería llegó a pedir explicaciones. Hasta ahora no ha recibido ninguna.


La protesta de Carvajal al lado de la estatua de Bolívar y del Palacio de Justicia duró poco. El tiempo justo para que el cadáver fuera trasladado a Medicina Legal con el fin de hacerle una segunda necropsia. A esta hora se le realizan los exámenes necesarios para esclarecer los detalles de su muerte.

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Mientras tanto, el hombre que no ahorra sonrisas, detrás de unas gafas desgastadas, permanece en compañía de su amigo, de su esposa y de su hija, quienes llegaron el domingo a Bogotá para acompañarlo a las afueras de Medicina Legal.


Su madre, sentada en una hamaca guindada entre el camión y un árbol, cuenta que Carvajal siempre quiso ser médico, pero que la familia no tuvo los recursos para que el joven estudiara. “Como quería salir adelante, decidió irse para el Ejército, pero después me lo devolvieron muerto”, dice Oneida Londoño mientras espera que junto al cadáver les entreguen también la verdad, y así poder emprender el viaje de regreso con la tranquilidad de haber logrado un poco de justicia.

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