Es una ciudad que, como siempre nos pasa con las grandes pasiones, he odiado y amado con igual intensidad. Vivo en ella y soy un espectador de sus cambios, para bien y para mal. Pero no sólo un espectador; también he pretendido, con lo muy poco que logran las letras, influir para que su destino sea menos turbio.
Al empezar a redactar estas palabras sobre Medellín, que debieran ser de encomio, me encuentro de frente con una noticia de esta misma semana: en la cima de la Comuna Trece, en un sitio conocido como La Escombrera (porque allí se tiran los escombros de las construcciones) se hará la mayor exhumación del país. En ese lugar, se supone, están los cuerpos de 150 desaparecidos. Según confesiones de Don Berna, el jefe paramilitar que comandaba en esta zona de la ciudad, en La Escombrera hay más de cien fosas comunes, donde la gente de su grupo enterró a los que ellos consideraban auxiliadores de la guerrilla.
Esto, al parecer, ocurrió antes, durante y después del operativo militar para arrebatar a las milicias de las Farc ese barrio popular, el cual se hizo durante el gobierno del alcalde Luis Pérez. Y aquí venimos al punto doliente de nuestra manera de proceder. Para hacer algo necesario (recuperar la legalidad en una zona de la ciudad tomada por bandas de subversivos) no se actuó dentro de la legalidad, sino que se traspasaron los límites, y se cometieron actos inadmisibles, tan criminales como los que pretendían combatir: ejecutar sin juicio a personas —inocentes o culpables, no importa— y luego hacer desaparecer sus cadáveres para que no hubiera juicios de responsabilidades. Estos actos fueron cometidos en su mayoría por los paramilitares, pero queda la duda de la medida de la complicidad de las Fuerzas Armadas, como en el caso de los más recientes “falsos positivos” de Soacha.
Esta exhumación es un acto de justicia (encontrar a los desaparecidos de un barrio) y la esperanza de que el rumbo esté siendo corregido proviene del hecho de que sea la actual administración municipal la que esté dando los recursos y el apoyo material y legal para que se puedan buscar estos cuerpos doblemente sepultados por montañas de escombros y años de silencio y complicidad. Hay que reconocer que esta administración no intenta tapar este oprobio, sino destaparlo. Y este es un buen signo del rumbo que se quiere seguir.
No quiero dejar que este reciente episodio de nuestra tragedia tiña de gris oscuro todo lo que tengo que decir sobre la ciudad donde vivo. La Medellín de hoy no es la ciudad de hace ocho años, hundida en la violencia y la desesperanza. Se respira otro aire, se vive con la sensación de que ya no estamos en el peor de los mundos posibles. La realidad no es luminosa, pues sigue habiendo tugurios, miseria, abusos de grupos armados ilegales, sobre todo ligados al narcotráfico y a los paramilitares, pero el camino emprendido es el correcto. Desde la administración de Sergio Fajardo, y con la continuidad de Alonso Salazar, Medellín se ha transformado para bien. No sólo han disminuido los homicidios hasta promedios latinoamericanos, sino que los recursos se están invirtiendo donde debe ser, y sin corrupción. Se mejoran las condiciones de vida de las personas más pobres, se invierte en salud, cultura, espacios públicos y educación, y al mismo tiempo la administración da ejemplo de que no tolerará los hechos violentos de los grupos ilegales ni de agentes del Estado.
Los días azules de la infancia, que para mí coinciden con los años sesenta y con una ciudad mucho menos violenta que la que me tocó vivir veinte y treinta años después, son irrecuperables, porque tal vez son ilusorios, más creados por la edad infantil que por la realidad. Sin embargo esos años oscuros de los ochenta y los noventa, hoy han perdido su cariz más sombrío y de nuevo asoman muchos signos luminosos. “En vez de maldecir la oscuridad, enciende aunque sea una pequeña luz”, dice un proverbio oriental. Y es esto lo que se ha hecho en los últimos años en Medellín, por parte de la mejor parte de una sociedad muy compleja, a veces con vicios abominables (clasismo, racismo, mojigatería, hipocresía, avidez insaciable por la plata), pero también con virtudes encomiables como la laboriosidad, la limpieza, cierta alegría burlona, muestras de austeridad, y ganas de no amilanarse ante la desgracia. Creo que últimamente la mejor parte de lo antioqueño le está ganando la partida a su parte peor. •
* Escritor.