“Vivía con mi mamá, mis tres niños y mi hermano. El domingo estábamos durmiendo cuando en la madrugada sentí que algo traqueó. Me levanté, llamé a mi mamá y le dije que el río estaba creciendo. Mi hermano se asomó y se venía una avalancha. Salimos y cuando estábamos abriendo la puerta de la iglesia escuchamos un bombazo. Se sentía la furia del río, las piedras y los palos golpeaban. No había luz y no teníamos linternas. Estaba lloviendo y sólo se escuchaban los estruendos. Sabíamos que era la quebrada por el olor a lodo. La esperanza que teníamos era que se hubiera crecido, pero que la gente hubiera logrado salir por los cafetales, pero nada.Como a las 4:00 a.m. comenzó a aclarar y la sorpresa fue tremenda cuando vimos que no había nada. La quebrada se nos llevó los vecinos. El dolor que sentimos no lo puedo describir. Toda la vida aquí y de un momento a otro ya no hay nada. Todos nos pusimos a llorar. Unos gritaban, otros corrían, yo llamé a la Policía, otros a los bomberos, pero no tenían por dónde pasar. Nos decían que nos subiéramos a la parte alta, que esto se volvía a crecer, pero uno bregando a ver a quién le ayudábamos, sacábamos la gente de las casitas, un milagro de Dios. Nos gritaban por las orillas que los sacáramos y nosotros con lazos hicimos lo que pudimos, sacamos mucha gente. Uno ni se acuerda a quién ayudó. No fui capaz de dormir el lunes. Cerraba los ojos y veía la tragedia. Sonaban las campanas y uno creía que era una alerta. Me preguntaban si estaba triste por los familiares, y no, lo más fuerte son los vecinos, desde niña compartiendo con ellos. De mi familia hemos contado a 10 víctimas. Mi casa se fue toda. Eso no vale nada. Lo más importante es la vida de uno. No soy capaz de vivir más aquí. Son demasiados recuerdos”.