esde la primera portada, con la primera modelo, el primer accesorio y el primer gesto, el deseo de CROMOS era atraer todas las miradas, sorprender y evitar el olvido. No importaba que esas primeras imágenes fueran simples ilustraciones, sin ningún color ni maquillaje. A toda costa había que seducir. Y lo que comenzó siendo una aventura el 15 de enero de 1916, con los años se convirtió en una moda pasajera hasta convertirse en lo que es hoy –a cinco años de cumplir el siglo–: un modo de ser muy sensible, un modo de ver diferente y un modo de hacerse ver y ser noticia, rompiendo las fronteras del papel y erizando con elegancia la piel. Así es la moda CROMOS, algo muy pensado y pausado y a la vez muy fresco y vertiginoso. El estilo de una revista curiosa y vanidosa que convirtió la actualidad en su guardarropa y, desde entonces, con ella se viste, se acicala, se perfuma y fantasea. Tenía razón Coco Chanel cuando dijo que “Todo lo que es moda pasa de moda”, frase que se agranda y enriquece cuando se tiene la posición privilegiada de mirar y mirar, desde un gran balcón durante 95 años, ese río glamuroso cargado de oro y abalorios con sus movimientos siempre insinuantes. Sin embargo, a la mítica mujer francesa le faltó ver algo que escapa de su vaticinio, algo que no se gasta, que no pasa de moda detrás de tantos accesorios, velos, tocados, largas pitilleras, audaces penachos, faldas cortas, grandes moñas, mechones pegados, piernas forradas, preciosas gargantillas, nerviosas pestañas, muslos turgentes y bocas pintadas. Hay algo que no pierde rápidamente su impacto y novedad y ese algo es la mujer con su eterna mirada, sus ojos son el primer adorno antes que alguien pudiera pensar en abandonar la desnudez y el paraíso por la tentación de la alta costura y las pasarelas. Ella, majestuosa y eterna, mira y pasa y vuelve a pasar como si nada. Para la muestra esta edición de moda desde 1916 hasta hoy. Como piedras preciosas, como joyas sagradas, no hay unos ojos en este viaje por el gesto y el vestido femenino, que no nos pongan de rodillas y aviven nuestra devoción con un simple cruce de miradas y un parpadeo.