Jasivi Fernández: Mi Mamá, mi Orgullo
Por: Zoila Manco
Mi madre siempre ha luchado por los derechos de las mujeres, para que se cumpla la política pública de la mujer y para que se implemente aquí en el Distrito de Barranquilla, para la creación de la secretaria de la mujer. También, defiende los derechos de los niños de la Guajira, en especial los Wayuu, para que tengan su centro materno infantil y se les preste asistencia médica para prevenir su desnutrición. Ella es coordinadora de la Fundación Red de Mujeres Lideresas y de la Campaña de Ayuda al Hombre Agresor.
Por todo lo que hace, mi mamá es el mejor ejemplo a seguir. La mejor mamá que Dios me pudo regalar.
Carmen Palencia Cabrales: Mi madre, ejemplo de lucha, superación y perseverancia
Por: Nohely García
Mi mamá fue huérfana de padre y criada por su abuela materna. Viuda a los 24 años y con 3 hijos, se hizo a si misma cuando las posibilidades parecían improbables. Luchadora incansable de los derechos humanos y de las víctimas de desplazamiento forzado en Colombia, logró que cientos de familias retornaran a sus tierras gracias a los procesos de restitución de tierras que lideró. Durante su lucha fue galardonada con el premio de derechos humanos, Antonio Nariño. Reconocida como una de las mejores líderes del país en 2011. Premio nacional de paz en 2012. La orden al mérito Juan del Corral en 2013 y el que para mí, su hija, es el más impórtate de sus logros, un doctorado honorífico en Derechos Humanos.
Alicia de Rueda: La abuela grande
Por: Mónica Rivera
En un minuto la máquina de coser de mi abuela hacia mil puntadas, la fileteadora entre-hilaba 9 metros y ella cortaba la tela de un pantalón mientras bebía la mitad de una cerveza. Así fue siempre, hasta cuatro semanas antes de que le amputaran una pierna. Después de eso murió.
Alicia de Rueda, mi abuela, nunca fue conocida por su apellido de soltera, Páez, ni aun después de 20 años de separarse. Para mí era la abuela grande. Con uno cincuenta de estatura era más alta que mi abuela la chiquita, mi bisabuela, y ahora veo que también la veía más grande que otras personas en muchos aspectos. Se tomaba todos los días una cerveza Águila bien fría. No había fin de semana que no estuviera empinando el codo y soltando carcajadas.
En enero de 2007 los dedos se le habían oscurecido y una especie de picadura de zancudo le dejó en la pierna una pequeña costra que le dolía. La muerte avisa de su presencia y en este caso mientras mi madre le miró la pierna, solo pudo decir: «Ojalá no sea nada grave». Uno no diría eso si no se preocupara, pero en ese momento nadie se atrevería a decirlo. La abuela grande debía ser para nosotras inmortal, y así debía quedar.
Producto de la diabetes le apareció una úlcera varicosa en la pierna derecha y se la tuvieron que amputar. Se fue el 22 de septiembre, un mes después de cumplir 62 años, 25 años de haberse separado y luego de toda una vida de coser para mantener a sus dos hijos.
Fue pobre. De niña caminaba descalza, porque tener alpargatas aun en esa época era un lujo. Se casó y sufrió de violencia familiar, hasta que un día decidió responder con la misma mano, para renunciar no solo a ese matrimonio sino a cualquier hombre.
Se fue, quizá debiéndole a la vida más años, para por lo menos morir después que su madre o terminar de cuidar a una sobrina que adoptó cuando su padre murió.
Se fue dejando gratos recuerdos, como Mama Grande, junto a una multitud de gente, sin el Papa, pero si con un Obispo y quizás junto a lo que más amó, una cerveza que Carlos, mi primo, le dejó para que ojalá pudiera tomársela en el más allá.
Mi mamá, la historia de una mujer que nunca se rindió
Por: Carolina Velasco
Su historia es una de tantas que merecen ser contadas. Una historia que refleja la vida de una mujer, madre soltera, en Colombia y seguramente en muchos países del mundo. Logró sacar a sus hijos adelante, y pudo sobrevivir a muchas injusticias y desigualdades. Su vida se engrandece con sus acciones, con el amor por sus hijos y su familia, con su verraquera para salir adelante. Su vida es ejemplo de esfuerzo y lucha constante.
Doña Marina, mi madre, nació 1955, época difícil para el país y sus ciudadanos. La desigualdad de clases era extremadamente notoria, algo que no parece cambiar. Una época de muchas controversias. Una guerra civil que dejo miles muertes de campesinos. Es en ese contexto donde nació mi mamá, en Albania Santander del Sur, como ella orgullosamente lo llamaba, en un pueblo relativamente desconocido, pero con altos índices de violencia.
Junto a sus hermanas migraron a Bogotá y luego a Bucaramanga. Ahí vivieron en un orfanato. Entrada la adolescencia conoció al que sería mi padre, con el que se casó estando embarazada de su primer hijo. Tuvieron tres más. Al cuarto hijo, él la abandonó. Ella viajó a Bogotá y tuvo que ingeniárselas para sacar a sus hijos adelante.
Fuimos pobres, mantener tantos hijos sola, en la época que estábamos no era fácil. No contábamos con muchos juguetes y las navidades mi mamá prefería compararnos ropa y zapatos para el resto del año. Jugábamos con arena, tierra, en la calle con la pelota de un amigo, inventábamos nuestros propios juguetes, palos, latas botellas, cajas, con todo lo que se puede jugar. No extrañe no tener juguetes cuando era pequeña, a excepción de unas cuantas veces que alguien tenía alguna muñeca con la que me dejaban jugar. Creábamos nuestros juguetes con lo que había, jugábamos juntos, y peleábamos mucho, por quien hacia los quehaceres de la casa.
Consiguió varios trabajos esporádicos y así logro mantenernos. Ella siempre ahí para nosotros en todo momento. Gracias a ella logramos graduarnos del bachillerato y luego, con trabajo y dedicación, nos graduamos de la universidad. Mi madre orgullosa, de sus hijas, su cara de felicidad era incomparable.
Fotos: Archivo particular