La imagen de un cliente caído en desgracia, acompañado de su abogado que sonríe con regocijo. Reza la famosa obra de Honoré Daumier (1808-1879): “Es verdad, has perdido el caso, pero seguro debiste haber sentido placer al oír mi defensa”. La obra de Daumier, cargada en sátira hacia los abogados, es citada frecuentemente en textos de ética profesional. Remo Danovi recuerda a Daumier en su obra La imagen del abogado y su reflejo, un libro que siempre me ha intrigado, que invita a la reflexión acerca de la posición de los abogados en la sociedad. Una lectura reciente de él me obliga a contrastarlo con lo que creo es una crisis de nuestra profesión en Colombia.
Los abogados hemos sido criticados y objeto de burla, seguramente más que cualquier otra profesión. Algo que no es de extrañar, pues los abusos que se han cometido a través de la historia les han dado suficiente tela de donde cortar a nuestros críticos. Los chistes no son nuevos para nosotros, casi nos dan la bienvenida a la facultad de derecho con uno.
Pero, dejando atrás el humor, es preocupante ver cómo en Colombia la imagen del abogado ha sufrido un fuerte deterioro en años recientes. Es cierto que todas las profesiones son objeto de burlas y críticas, pero para los abogados es un poco diferente. La desconfianza que existe hacia nuestra profesión genera una profunda grieta en nuestra sociedad. No es algo que debamos tomar a la ligera.
En nosotros, los abogados, recae una gran responsabilidad que consiste en ser un puente entre la sociedad y la ley y defender a quienes no pueden hacerlo solos. Una responsabilidad esencial para mantener nuestro Estado de derecho, en donde la ley está por encima de todo y todos. Así, nuestros clientes depositan en nosotros su confianza, asuntos de gran sensibilidad para ellos, y es nuestro deber y responsabilidad atender sus encargos con celosa diligencia.
Escándalos que leemos en las noticias salpican no solo a nuestra profesión, sino, con más y más frecuencia, a las más altas instancias de nuestras cortes e instituciones. Se percibe una incredulidad creciente, no solo hacia nuestra profesión, sino hacia los jueces. Y si los ciudadanos no creen en sus abogados y en nuestros jueces, dejarán de creer en la ley, y sin eso se desbarata la estructura constitucional sobre la cual reposa nuestro país.
No pretendo asignar responsabilidades. No se debe caer en la trampa de echarles la culpa a algunos escándalos y esperar que, con su resolución, el problema simplemente desaparezca. Creo que los escándalos no son aislados, más bien nos enfrentamos a síntomas de un problema más profundo. Tampoco creo que necesitemos una gran reforma legal. Evitemos también el error de querer arreglar todo con nuevas leyes; las que tenemos nos sirven, siempre y cuando nos esforcemos en respetarlas y aplicarlas correctamente.
Creo que necesitamos una reforma cultural en el interior de nuestra profesión, desde las aulas de las facultades de derecho, los juzgados, las entidades estatales, las compañías y los despachos de abogados. Es responsabilidad de todos y cada uno de nosotros, los abogados, hacer respetar nuestra profesión con actos, cumplir con nuestros deberes profesionales. Esforzarnos por ejercer nuestra profesión de manera correcta, leal y honrada, con respeto, humildad, dignidad y decoro. Enaltecer nuestra profesión y los valores que representa.
No es extraño encontrarse con personas que sin pensarlo dos veces anuncian al mundo que odian a los abogados. Pero no nos quedemos en lo malo, porque tampoco es raro encontrarse con personas que admiran profundamente nuestra profesión y otras que se declaran eternamente agradecidas por el trabajo de un buen abogado. No necesitamos grandes reformas a la ley ni dedicarnos a señalar a otros por cuenta de escándalos en la prensa. Lo que necesitamos es educar buenos abogados y que éstos a su vez transmitan su conocimiento a las generaciones que los siguen.
*Socio de Posse Herrera Ruiz Abogados