Soy hijo de una profesora de colegio que trabajó y estudió al mismo tiempo para poder financiar su carrera. Su vida iba bien hasta que conoció a mi papá en una fiesta, por medio de un primo.
Entonces mamá tenía 37 años. Corrían los ochenta y eran pocas las mujeres que tenían el apoyo de la familia para irse de su casa sin tener una argolla en la mano. Cerca de ocho meses duró el noviazgo. En menos de trescientos días de haberse cruzado, mis papás dijeron “sí” frente a un cura. Resulta increíble que antes (¿ahora también?) el matrimonio era lo mejor que le podía suceder a alguien. Y que fuera la única opción de las mujeres para irse de la casa.
En ocho meses nadie puede conocer a su pareja, al menos no lo suficiente para definir si quieres compartir tu vida con dicho ser. En 1983 mi papá ya era un alcohólico, aunque ahora me pregunto cómo se analizaba el comportamiento de una persona que cada fin de semana tenía que comprarse una botella de aguardiente. Patológico o no, mamá se equivoco al darle el “sí”. En una ocasión se lo reproché sin faltarle al respeto y ella reconoció que tenía la esperanza de que dios corrigiera sus malos hábitos.
Con frecuencia imagino qué habría ocurrido con mamá si hubiera seguido soltera. Por supuesto que no habría nacido yo ni ella habría sufrido del machismo y el maltrato diario de un hombre que replicó con nosotros la crianza que torció su destino. Tal vez mamá habría hecho una maestría y continuaría feliz dando clases en Palmira, ahorrando parte de su sueldo para viajar o para darse los gustos más simples, tranquila, sin temor a regresar a encontrarse a un borracho en la sala de la casa, con el equipo a todo volumen, que luego, con la oración todas de las noches, borraba sus errores.
Ya soy lo bastante adulto para reprochar sus decisiones. Fue la vida que le tocó (que parcialmente eligió) y no me queda otro camino que el de aprender de sus errores y de los míos. No me fui a vivir con mi primera ni mi segunda novia, aún no me he casado y el día que lo haga será por lo civil, porque por suerte seré ateo hasta la tumba. No planeo tener hijos (ya me hicieron la vasectomía), quiero terminal mi maestría y aspiro ahorrar para mi vejez.
Mi plan es afrontar mis últimos años en un ancianato ordenado y limpio, ojalá con mi pareja actual, sin más preocupaciones que comer bien y hacer el ejercicio que la cuerda me permita hacer. Por la herencia no me preocupo, mi hermano se encargó con creces de replicar nuestros genes. Trato de amar mejor que las generaciones que me precedieron. Sobre todo, trato de aprender y entender la vida de mi madre y sus hermanas, porque ellas las guerrearon más en relaciones machistas, abnegadas a la crianza de los hijos y esperanzadas con que el futuro iba a ser más justo.
Por supuesto, dicho futuro llegó, muchos años después, con la feliz separación.