Es inmune al mundo de la importancia. No ve sus trabajos frente a las cámaras como medallas ni, mucho menos, mide sus actos como peldaños para ascender y llegar a ninguna parte. Disfruta lo que hace y eso es lo único y más importante para ella. Lo demás, todo le rueda, la grandilocuencia de las grandes marcas, el boato de los cocteles parisinos y el mundo ampuloso del modelaje. Nada de esto le quita el sueño y, sin embargo, triunfa.
Y en parte lo hace porque esa indiferencia, disfrazada de mujer distraída, hace que los que se creen poderosos e importantes volteen la cabeza y busquen la atención de esta mujer elemental e ingobernable, que a los 25 años –le faltan tres– quiere estar simplemente tomando fotos en Australia.
Esa es Carol, la atleta estoica a la hora de posar duro frente al fotógrafo y la hedonista que corre esa misma noche, como una loca, a la montaña para ver la belleza de Medellín iluminado. Ella es importante y no le importa. Peor, no se ha dado cuenta. Lo suyo va más allá de una carrera de modelaje, es su personalidad impactante la que avanza, por ahora en las campañas publicitarias, más adelante seguramente la encontremos detrás de otras pasiones, en otros escenarios, y con otro público enfebrecido detrás de ella tratando de descifrarla.
Algo que quisimos hacer en esta etapa de su vida, con estas fotos y este editorial. Si por ella fuera no habría nada importante que contar. Simplemente vive y atrae como una flor exótica. Algo que captó muy bien el fotógrafo Esteban Escobar, en una sesión en su estudio en El Poblado, para invocar todo su temple y su belleza. No es que todo le caiga del cielo, claro que se esfuerza, pero toda su energía la enfoca única y exclusivamente en ser feliz. Y con esta portada lo fue.