Por: María del Rosario Escobar P.
Directora del Museo de Antioquia
Edad: 42 años
Es difícil escribir sobre este país y sus guerras en primera persona. Mi vida, como la de una persona de clase media cualquiera, no ha estado al margen de la historia. Nacer en Medellín en la década del setenta, como a todos los de mi generación, nos dio la inmensa responsabilidad de ser testigos —desde la infancia— de la manera como, de a pocos, las rutinas infantiles, los recorridos juveniles y las aspiraciones colectivas se iban alterando, desapareciendo, mitigando. La violencia en las calles, el poblamiento en las montañas, el temor generalizado, la pérdida de confianza, el drama y la tragedia, en distintas intensidades, nos han ido cobijando como ciudad y como nación.
No hubo puerta, no existió ventana, que no hubiera sido teñida de un intenso rojo dolor, para ir decolorándose a modo de indiferencia u olvido, ya que se imponía la necesidad de estar bien. Varias veces, Ethel Gilmour —pintora estadounidense, que vivió sus últimos días en Colombia— pintó esa sensación de abrigarse entre los animales y las cosas en busca de amparo, seguridad y protección. La cotidianidad de la cama un domingo en la mañana; la altura elevada del edificio donde vivía y que le permitía ver a la distancia la transformación del entorno, y las mascotas y el sofá azul. Parece que su obra dijera: “Yo no quiero pensar en ello, en el rojo que cubre las ventanas”.
Ante ello dijo: “Yo no quiero pensar más en ello”. Pero igual, una bala perdida, extraviada, aterrizó en su sala y ella supo guardarla en una de sus obras. Para la artista, el ideal de no pensar le estaba vedado.
En el Salón Nacional de Artistas que se realiza en Pereira, con el título Aún, se explora el carácter de lo permanente y lo fugaz. El arte toma la vocería y nos regresa la posibilidad de reflexionar sobre la persistencia del conflicto, sobre la guerra propia y las ajenas, todas iguales ante el horror, el despojo y la ausencia de poesía. Constantes que se suceden una y otra vez, aunque se decida, o se crea que se ha decidido, no pensar más en ello.
Por casualidad llegó a mis manos Tres guineas de Virginia Woolf. Se trata de un ensayo escrito a propósito de dos preguntas que llegan a su escritorio por correspondencia en 1935. La principal es cómo detener la guerra. Luego le preguntan si estaría dispuesta a dar una contribución económica a una naciente universidad de mujeres. Parecen preguntas muy dispares, pero para la escritora no lo son. Ella responde las dos de una sola vez. Para Woolf, la educación es la respuesta a todo. Ella está dispuesta a aportar dinero a la educación, siempre y cuando esta se comprometa a crear las condiciones para evitar el enfrentamiento entre seres humanos. Si la educación está desenfocada, sin embargo, esa colaboración monetaria podría contribuir al horror de la guerra. En la educación están las respuestas y las contradicciones detrás del conflicto, así que el futuro de una nación sin paz depende del camino que tome la educación, que debe estar dispuesta a trascender paradigmas y alcanzar la independencia ideológica.
De la mano de la educación va el arte, que mantiene vigente el pensamiento crítico y hace a un lado el olvido para conservar viva la memoria. De esta manera, el arte evita que caigamos en la anestesia, muy frecuente en las ciudades, que nos hará insensibles a la realidad que muchos otros están condenados a sufrir de manera inevitable en el campo.
Para cerrar esta reflexión vuelvo a Ethel Gilmour y a una obra pequeñita que nombró Pequeña oveja, ¿quién te hizo? En ella encontramos un mensaje que habla de la guerra y la paz. En medio de un paisaje exuberante de la selva vemos a un hombre armado. Solo, rodeado de verde y con un fusil a cuestas, nos preguntamos ¿quién lo creó? ¿Qué lo llevó hasta ese lugar? ¿Qué le depara el destino? ¿Cuándo podrá unirse de nuevo al orden natural? La respuesta también la indica Virginia Woolf en su ensayo: no habrá futuro por el camino que ya hemos transitado, debemos encontrar nuevas vías si queremos transformar la realidad.
Foto: Cortesía.