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¿Cómo vive un indígena en Medellín?

Dorila Ismare es waunana, nació en Chocó y ha vivido en Buenaventura, Panamá y Medellín. ¡Esta es su historia de desarraigo!

Por Redacción Cromos

03 de octubre de 2017

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Por: Nataly Londoño

 

 

La casa de Dorila Ismare tiene cuatro cuartos, una cocina, un baño y una pared que guarda los recuerdos de sus muertos y de los santos en los que no cree. Huele a hogar. Ella está parada frente a un espejo de medio cuerpo. Tiene en las manos un sobre de gomina que aprieta fuerte hasta que saca lo último que queda en él para asentarse el pelo, que es un poco gris, un poco ondulado, un poco esponjado. Se va para uno de los cuartos y se cambia de ropa: se pone una camisilla fucsia y una falda variopinta. Y trae en las manos una caja de plástico. La abre. Saca de su interior collares tejidos a mano con forma de flores, de gargantillas, de monedas. “¿Los hizo usted?”, le pregunto. “No, mi hija Margarita. Yo ya no puedo tejer, por las vistas”. Los empieza a desenredar. Y se los pone. Uno por uno. Se lleva la caja y se acerca a una repisa: toma un lápiz negro con el que se bordea los labios. Busca otra vez en la repisa. No encuentra: “¡Ni polvo ni nada, pues! Sebas, ¿su mamá no tiene por ahí para pintarse los labios?”. No, ella se lleva esas cosas. Después, como magia, aparece un pintalabios rosado fuerte y ella busca su reflejo para poder maquillarse la boca. Entonces, aprovecha algo más el pintalabios: se echa en los pómulos hasta que el rosado fuerte termina difuminado sobre su tez parda, una suerte de preludio para los dos pequeños cristos que luego termina dibujándose en las mejillas. 

 

 


La casa de Dorila queda en el barrio Altos de Calasanz, en el occidente de Medellín. Y aunque ahora su cuerpo está ahí, parado frente a un espejo –mientras habla con una desconocida sobre todos los caminos que la vida le tenía preparados años atrás–, su mente está en otra parte, tal vez en Itsmina, en el sur de Chocó; tal vez porque allí están sus raíces; tal vez porque los tejidos que se ha puesto en el cuello los aprendió de su madre en esa tierra lejana, o tal vez porque recordó el tiempo en el que se pintaba la cara para reunirse con su gente a adorar a un dios que vive en el cielo y del cual ella no conoce ninguna imagen. Tal vez añora a su comunidad waunana, a los suyos. Tal vez es que el recuerdo raudo de sus primeros años es su mayor riqueza.

 

 

 

Dorila se fue de su hogar, la primera vez, a los 8 años. Y lo hizo para perseguir un sueño: “Yo quería estudiar. Quería andar volando. Quería ser feliz. Para mí, la felicidad era viajar: caminando, en barco, en avión”. Y como en su casa no tenía oportunidad de cumplirlo, se voló con “unas monjitas que se llevaban los niños indígenas para mantenerlos y educarlos”. Al día siguiente su padre mandó a recogerla con su madre: “Le dijo que si no me llevaba la mataba. Y yo por miedo de que mataran a mi mamá, me devolví para la casa. En seguida me mandó para Buenaventura, con una señora que se comprometió a darme estudio, pero que lo único que hizo fue ponerme a trabajar y trabajar. Un día me mandaron a hacer un mandado a la plaza y me encontré con una tía que, de tanto rogarle, me llevó a Panamá”. 

 


 

Ya en Panamá se dedicó a trabajar el campo, hasta que, a los 18 años, conoció al que sería su esposo. Aunque la dicha no fue muy duradera: cuando habían tenido seis hijos, el hombre mató a un policía y tuvo que salir huyendo, solo, hacia Colombia. Ella también huyó, pero no para correr al encuentro de él, no. Huyó por miedo a que tomaran represalias en su contra: “Para mí, una persona que mata a otra ya no es persona, es un animal. Para mí dejó de existir. No lo busqué nunca, aunque sabía dónde estaba”. Por esa razón regresó a sus padres, los mismos que la creían muerta. Regresó al lecho de una familia que no conocía sus facciones de mujer adulta y mamá, para darse cuenta de que la comodidad económica con que recordaba su infancia había desaparecido, y de que, además, ya no era una niña sino una adulta con la responsabilidad de alimentar siete bocas. 

 


 

Fueron años especialmente difíciles: empezó a trabajar en el convento, donde perdió cualquier esperanza en la fe católica: “Allá había mucha corrupción… de plata, de valores… las monjas tenían novios o vivían con un padre”. 

 

 

 

Más tarde dejó a los niños en el convento y se fue a alguna ciudad a trabajar aseando casas o en lo que resultara. Volvió por sus hijos y se asentó con ellos en una casita de madera, en medio de su territorio de origen, que fue siempre su alegría más profunda. Sin embargo, esa etapa la llevó a formar parte del 9,3 por ciento de la población colombiana desplazada por la violencia: “Me quedé un tiempo. Hasta que llegó la guerrilla. ¡Yo me moría del susto! Todo ese pocotón de gente armada y yo sin marido, sola. Mi vida se convirtió en estar todo el día mirando por una ventana si ellos llegaban, para no volver a salir hasta que se fueran. Como yo vendía guarapo para sostenerme, recogí una platica y una noche cogí tres ollas, las eché en un costalito, y me fui sin decirle nada a nadie, nadie, nadie”. La guerra también es el silencio y la zozobra.  
 

 

 

Se fue rumbo a Medellín. Y allí sigue, 20 años después. Y aunque hace rato está perdida en su reflejo, ya no piensa en su pueblo ni en sus costumbres ni en la tierra. Está ahí, en esa ciudad hecha de plomo, con dos hijos y dos nietos (los demás están en sus quehaceres). Deja el espejo y se sienta en el comedor con ese aire de abuela conversadora, de satisfacción por la vida, pese a todo, con dos ojos que a veces pareciera que le pesaran: “Cuando yo me vine para Medellín, me vine porque aquí vivía una amiga mía. Pero ella tampoco tenía casa, entonces conseguimos una pieza, un hueco, nos metimos ahí sin nada. Conseguí trabajito y con la niña más grande dejaba a los otros más chiquitos. Trabaja limpiando sitios, era una miseria lo que le pagaban a uno. Nunca me pagaron prestaciones, ni prima, ni nada… ¿y cómo me trataban? Como ‘la indígena’, como si yo valiera menos que ellos. Muchas humillaciones me aguanté, otras veces eran simples groserías. Ante eso yo le pedía a Dios. También me aferraba a él cuando no teníamos qué comer.

 

 

 

En esos momentos me daban ganas de devolverme, pero ya no se podía: el lugar en el que nosotros nos criamos es ahora de la guerrilla, es el camino de ellos, la tierra de ellos –la voz se le empieza a quebrar–. Cuando llegué era muy duro pagar agua, luz, arriendo… No tenía una casa bien grande, ni un terreno para ir a caminar, ni un río para bañarme. Todas esas cosas son muy duras. En la ciudad, el que no tiene plata no come; en cambio, allá uno puede sembrar arroz, plátano, maíz, criar pollos, ir a pescar y traer algo para hacer una sopita”. Sus mayores dificultades han permanecido intactas en el tiempo: no tener una casa (habitan una que les dio el gobierno pero aún no empiezan a pagar las cuotas) y no tener una fuente de ingresos. Así se les fue la vida. 
 

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Cuando Dorila llegó, los niños estaban tan pequeños, que fue más lo que aprendieron de Medellín que lo que les quedó de sus raíz waunana: “Me gustaría que hubieran aprendido mi cultura, pero no se prestaban para eso. A veces yo quería enseñarles pero se ponían a reír o a patanear. Yo los aconsejaba pero no podía someterlos a mi ley. Todos debían tomar sus decisiones: en qué creer, qué hacer, cómo vivir. Les enseñé qué era lo bueno y qué lo malo, les enseñé a ser personas sencillas, porque esas son las que más valen. Y les di estudio para que no pasaran por lo mismo que yo; me soñaba con que fueran alguien en la vida. No todos terminaron pero yo tampoco los podía obligar. A los que quisieron, hice todo para sacarlos adelante. ¿Qué no hice? Lo único que no hice fue acostarme con un hombre. Ahora, de viejos, les interesan mis saberes, aprender.

 


 

Tal vez ese interés les surgió de escuchar los otros dialectos con que hablaba su mamá (waunana y embera), de verla tejer sus collares, de verla pintarse en el rostro formas que tenían nombre raros. Tal vez se empezaron a preguntar por sus raíces después de ver a su mamá, sola, intentando rescatar su memoria, porque en la ciudad no hay cabildos, ni conocen a nadie de su misma comunidad. 

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Así que, en diferentes momentos, cada cual fue llegando hasta esos resguardos en el sur de Chocó para empaparse de su esencia, de su lengua, de sus costumbres. Querían entender lo que había sido de sus antepasados, querían ver con los ojos de su madre. 

 

 

 

Después de más de 20 años en la capital antioqueña, ¿qué es lo que más extraña? “Mi casa, porque nadie me mandaba”. Ella responde “mi casa”, como queriendo decir “mi libertad”. La libertad de no tener que pagar el costo del capitalismo, de bañarse en un río, de alumbrar la oscuridad con cantimploras, de cocinar en un fogón de leña, de labrar la tierra, de cambiar un televisor por una caminada y una conversación. “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar solo los hechos esenciales de la vida”, escribió Thoreau en Walden. En esa consigna se queda atrapada Dorila, pero no como una afirmación sino como un anhelo. 

 

 

Fotos: César Alejandro Henao

Por Redacción Cromos

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