Hace un par de meses, en el extremo de una fila de niños que esperaban a que les corrigiera unos ejercicios de matemáticas, un repentino olor fétido invadió mi nariz. Levanté la cabeza y les dije a mis estudiantes (niños entre los 10 y los 11 años): “Chicos, ya hemos hablado de la importancia de ir al baño para no tirarnos pedos dentro del salón”. Me levanté de la silla y abrí la puerta mientras exageraba un gesto de disgusto olfativo. Algunos de mis estudiantes se rieron de mi payasada, yo les recordé que era una falta de respeto con todos e insistí en que fueran al baño si lo necesitaban.
Volví a mi silla y seguí corrigiendo. Pasaron unos dos minutos y el mismo olor atropelló mis fosas nasales. Nuevamente levanté la mirada, miré a los estudiantes que me rodeaban y dije “¿Otra vez? No se vale, qué cochinada… Yo no tengo por qué aguantarme sus olores”.
Mientras abría las ventanas del salón, les di un pequeño discurso sobre la importancia de ponerse en los zapatos de los demás. Unos segundos después, por tercera vez, el olor pateó mi nariz. Sin decir nada, levanté la mirada, observé a los niños que hacían la fila y una de mis estudiantes dijo: “Edu, otra vez se volvieron a echar un pedo”.
Mientras hacía un paneo inquisidor noté que un niño se escondía lentamente detrás de uno de sus compañeros y trataba de evadir mi mirada. Supe que era él. Quise delatarlo y someterlo al escarnio público; sin embargo, su mirada angustiada revelaba que él ya sabía que lo había descubierto y, al mismo tiempo, me suplicaba no contar su identidad.
Me paré, fui hasta el tablero y escribí: “El problema no son los pedos, el problema es la falta de empatía que se convierte en irrespeto”. Les pedí que escribieran un cuento breve que mostrara la importancia de ponerse en los zapatos de los demás. Salí del salón para respirar aire puro y estabilizar mis emociones. Estaba molesto.
Cuando terminó la clase me acerqué a mi estudiante gaseoso y le dije: “Los dos sabemos quién se echó los pedos en el salón ¿verdad?”. Inmediatamente bajó la cabeza mientras asentía. Le hice saber que me sentía decepcionado por su comportamiento. Él me explicó que después de la primera vez ya no podía ir al baño porque se delataría ante el curso. “Comprendo tu postura, pero dudo que tu comprendas la postura de todos nosotros –le respondí–. Te pusiste por encima de los demás sin pensar en los otros, ahora me gustaría que te inventaras una actividad en la que pongas a los demás por encima de ti. Es una forma de reparar lo ocurrido”.
Al otro día llegó con un postre de limón. Nos contó que había comprado los ingredientes con sus ahorros, que lo había cocinado con ayuda de su madre y que quería compartirlo con nosotros. Nadie del curso, excepto yo, supo que él había sido el culpable.
La semana pasada oí que le dijo a un amigo, en medio de un juego, que por favor fuera empático. Yo sonreí.