«Ese vestido está de muerte lenta». «Llegué medio muerto». «Me muero de la risa», decimos con la mayor naturalidad. Cómo poder hablar de la muerte, algo tan recio y a la vez tan femenino que se incluye en las conversaciones, que se dice y se repite de manera ligera, que se nombra y nombra de manera jovial y distraída pero que, a la postre, se susurra con el miedo natural a que de pronto nos oiga y se detenga y nos señale con su mirada. Woody Allen confiesa que no tiene miedo de morir, pero que «no quiere estar ahí cuando suceda». A la muerte la hacemos repicar de manera solemne como una campana en la vida diaria, en los duelos de los que se van, pero procurando tener todas las puertas y ventanas cerradas para que su eco no entre y retumbe y se quede en nuestras más íntimas estancias. ¡Que no pase! Mejor saberla afuera, porque con esa distancia podemos olvidar que el tiempo se agota y que ella, paciente, siempre nos espera. No es muy vendedor hablar de la muerte. Nadie quiere poner su pote de crema eterna junto a una historia mortal que yace y se marchita. Y, sin embargo, más allá del espanto, del horror de mencionarla, tocar el tema en vez de mandarnos al abismo, de matarnos las ganas, de sembrarnos el aburrimiento, nos vuelve a poner la espalda contra el gran muro para entender que de ahí en adelante los pasos son contados y que lo que hay que saber muy bien es hacia dónde marca el destino. Ser trascendental es el resorte de esta caja de sorpresas de donde sale, en esta ocasión, un hombre en Cali al que le llegan cada día doce muertos a su oficina. Trabajo de trabajos. Obviamente, una morgue no es un parque de diversiones, pero -para los mercaderes que no quieren estar cerca de la muerte-, si se sale de ahí vivo, lo que viene luego son unas ganas infinitas de «comprar» de contado o por módicas cuotas, no importa lo que cueste, muchos días de vida.