Un museo en el que no se ve nada, una exposición donde reina la oscuridad, donde todo es negro, donde los únicos que ven son ciegos. Durante una hora pequeños grupos transitan por espacios conocidos, familiares, armados y aferrados a un bastón blanco, acompañados por la repentina solidaridad de los demás y guiados por la voz certera de una guía para quien la oscuridad no es novedad. Es su vida. Ella, ciega, lo encuentra cuando está perdido, le da seguridad, es la única que conoce el camino hacia la luz, hacia la salida.
La exhibición DIALOG IM DUNKELN, que traduce Diálogo en la oscuridad, fue concebida en 1988 por el alemán Andreas Heinecke como un ejercicio de inclusión social, de empatía, de concienciación. Desde entonces, según reza en su portal de internet, han trabajado en ella más de 7 mil personas con discapacidad visual, quienes han acogido a más de 8 millones de visitantes en más de 30 países.
En Frankfurt, desde hace 10 años, hay una muestra permanente. Los cupos son limitados por lo que solo es posible visitar la exhibición con reservación (dialogue-in-the-dark.com). Asegúrese de reservar un tour en un idioma que entienda. Y de llegar a tiempo. No se puede entrar con nada que emita algo de luz, las gafas están prohibidas y las manos deben estar totalmente libres (salvo el bastón que le dan a la entrada y que será la única forma de saber lo que le espera un paso adelante). Mientras espera el turno de sumergirse en las tinieblas es posible intentar escribir un poco de braille, aprender de la liga de fútbol para ciegos de Alemania o ver en un pequeño televisor la historia de Daniel Kish, un ciego que se ubica usando el eco del sonido que él produce con la lengua y el paladar.
Una vez en la oscuridad, luego de conocer a la guía y de una tanda de risas nerviosas, se entra en un parque. Se ve con el sonido de una fuente, con el terreno pantanoso, se ve con las manos. Lo ve con todo menos con los ojos. Encuentra una banca. Siéntese. Tóquese los ojos para comprobar que están abiertos, aunque los músculos de la cara duelan de tanto abrirlos. Entonces mejor ciérrelos porque así por lo menos esa ausencia de luz se antoja más natural. Menos desconcertante. Igual de aterradora.
Todo termina en una conversación en un bar. Un bar en total oscuridad, por supuesto. (Lleve sencillo y a la hora de pagar la cuenta confíe en el cantinero ciego porque él sí sabrá contar el dinero solo con tocarlo). Hablar con la guía, hacerle preguntas mientras, le da más profundidad e intimidad a la experiencia. Permite acceder a un mundo desconocido, aprender, sentir compasión. Sensibiliza. Luego la guía se despide, justo antes de la última curva de la exhibición, y nunca la llega a ver. Ella permanece en ese espacio donde conocerse no implica verse.
– Al volante:
Llegar a Frankfurt es sencillo: Lufthansa tiene un vuelo diario, directo, desde Bogotá. De ahí puede empezar su recorrido por Europa u optar por paseos fantásticos en carro por las fantásticas carreteras alemanas. Se puede ir a Colonia, Stuttgart, a la Selva Negra, a la llamada ruta romántica o, quizás el mejor, seguir la ribera del Rin.
– Caminar en compañía:
La frase es contundente y resume la esencia de la exposición: Caminar con un amigo en la oscuridad es mejor que caminar solo en la luz. Una experiencia que hará parte de sus mejores memorias de viaje.
– La bebida:
En Frankfurt la bebida más popular es un vino de manzana llamado Ebbelwoi o Apfelwein. Y el lugar para tomarlo es una de las tabernas de largas mesas de madera del barrio Alt-Sachsenhausen. Algunos los prefieren con un toque de soda.
– Para agendar:
Si está pensando ir a Frankfurt tenga en cuenta los dos eventos más importantes: el Show automotriz (septiembre en años impares) y la Feria del libro (octubre, todos los años). Bien para evitarlos y mejorar sus opciones de alojamiento o bien para asistir.
– Domingos en off:
Alemania se muere los domingos, por ley, desde hace 100 años. No abren ni los supermercados o almacenes. Eso puede producir un choque cuando se viaja desde Colombia.
Una app:
Be my eyes
Un ejercicio de empatía, de estar en el lugar del otro. Una suerte de compañía, desde la tecnología.
La idea de prestarle los ojos a un ciego, a través del iPhone, es maravillosa. Y es la idea detrás de Be my eyes (se mis ojos): por la cámara del teléfono un extraño, por ejemplo, puede leerle la fecha de vencimiento en un litro de leche, a alguien que no puede ver, antes de servirse el cereal. La app todavía no tiene mucho alcance, tiene algunos problemas técnicos pero cuenta con el potencial de su inmensa utilidad.