No es fácil poner en la misma balanza a estos dos personajes que habitan los cuartos principales de esta revista. De un lado está un hombre que se hace muy visible con sus buenas actuaciones en la televisión y su alto rating, pero del cual sabemos muy poco, por no decir que nada. Ese es Christian Tappan. Y al otro extremo hay un artista totalmente invisible, que no vemos ni reconocemos en la calle ni en las galerías locales y, sin embargo, es noticia internacional por ser el próximo invitado de honor a la ya tradicional exposición de arte en Pietrasanta, Italia, del 5 de octubre al 8 de diciembre. Su nombre es Gustavo Vélez. Ambos son dos grandes desconocidos, cada uno a su manera. Y para cada uno nuestra aproximación fue distinta. Con Tappan había que jugar para desenterrar, del hombre exitoso y mediático, al ser sencillo que se concentró, trabajó y vivió para llegar a ser el actor indiscutible del momento, reconocido por un gran público. Para Vélez, la búsqueda era a la inversa, más seria: había que entrar por el ser anónimo y anodino, y bajar a sus oscuros túneles domésticos, para llegar por ellos finalmente a la luz que lo señala como un gran escultor de talla mundial, pero ignorado por la mayoría de los colombianos. Al final de los dos, en el fondo de sus vidas, más allá de las dudas o certezas de sus logros, lo que encontramos es a dos seres curiosos e inconformes que no han dejado de moverse con la fuerza de sus ganas y delirios. Mientras uno se abre camino como actor a través de sus gestos, y el otro hace su espacio como escultor golpeando grandes bloques de mármol, a la postre uno y otro hacen lo mismo… ¡Creérselo!