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El fascinante proceso de conocer a un estudiante

Algunos son como cajas fuertes, impenetrables. Otros son libros abiertos a los que les encanta entregarse al mundo. Descifrarlos es una experiencia apasionante.

Por Eduardo Ordóñez

14 de febrero de 2019

Pixabay
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Empezar un año escolar es como trastearme de casa. Para mí, como maestro, es un acontecimiento lleno de novedad. Cada año siento que estreno estudiantes y me emociona la idea de ir conociéndolos y descubriéndolos poco a poco, tal como uno hace cuando conoce el lugar que será su nuevo hogar.

Y sí, los estudiantes pueden asemejarse a las casas: tienen diferentes espacios para usos diferentes. Tienen la sala, que es donde atienden las visitas y normalmente son políticamente correctos. También pueden tener un estudio, que es un lugar un poco más privado y donde solo entra gente de confianza (aquí suelen ser más auténticos que en la sala). En la habitación es donde están muy relajados y cómodos, allí entran las personas de su círculo más íntimo. Como toda casa, tienen una cocina, lugar en el que crean y producen los más ricos y divertidos inventos. En el comedor generalmente se sientan a disfrutar y a compartir las ocurrencias gestadas en la cocina. Por otro lado está el baño, donde suelen estar solos y se enfrentan a sus más fétidas facetas, pero donde también se hacen importantes procesos de limpieza, acicalamiento y reflexión. Adicionalmente tienen una bodega, que es el espacio donde guardan recuerdos y proyecciones de todo tipo, incluyendo sueños y miedos. Para finalizar, los estudiantes tienen escondites, donde ponen cosas que no quieren que nadie encuentre.

Cada comienzo de año estreno muchas casas que llegan a mi salón. Durante las primeras semanas me dedico a conocerlas a groso modo. De ahí en adelante intento descubrir sus rincones y recovecos. Hay casas de todo tipo. Algunas son lofts muy simpáticos. También hay grandes casonas llenas de habitaciones y espacios. Además, existen lujosos apartamentos, muy amplios, y austeras moradas camufladas en la montaña.

Lo más interesante de estas casas es cómo están decoradas: el diseño de su interior es lo más valioso, es su personalidad lo que las hace maravillosas. Hay tantos estilos y posibles combinaciones que, como sucede con las personalidades, es imposible clasificarlas en un marco riguroso y eso las hace únicas, como a mis estudiantes.

Sin embargo, en esto de ser maestro existen muchas aristas. Por ejemplo, hay casas a las que no es tan fácil entrar y es necesario timbrar más de una vez utilizando diferentes estrategias: el humor, los intereses en común, la ternura, el reflejo, etc. También existen casas que permanecen con la puerta abierta, con música a todo volumen, a las que cualquier vecino puede entrar y saludar. Y están las que permanecen con la puerta cerrada con candado y dejan la llave debajo del tapete solo para que los conocidos puedan entrar.

A decir verdad  nunca sé qué tipo de casa me voy a encontrar ni qué tendencia estética voy a descubrir, pero de dos cosas estoy seguro. La primera es que el derecho a entrar a las diferentes propiedades lo da cada dueño. Intentar entrar por la fuerza lo único que conseguirá es que refuercen las cerraduras. La segunda es que cuando a un maestro lo dejan entrar en un hogar, probablemente nunca lo echarán de esa casa si se sabe comportar.

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